jueves, 27 de noviembre de 2014

Otro Cuento Más de Otoño: EL JARDÍN DE LOS RECUERDOS ESCONDIDOS





Doblaron la esquina como venían - casi volando - y así fue como el más chico de los dos hermanos voló de su bicicleta al patinar la rueda delantera con la arena que protegía el pavimento recién hecho de la calle.
La casita estaba en la mitad de la cuadra, y era la mitad de otra casita con la que compartía el techo a dos aguas de tejas rojas.
Fernando era el mayor. Apenas había llegado a la adolescencia. Marcos era tres años menor – aun un niño – que copiaba a su hermano en todo lo que hacía como si fuese un espejo.
Solo se raspo las rodillas, y aunque quiso llorar, su hermano mayor le dijo – eres grande - al ver que estaba al borde de las lágrimas.
El último trecho lo hicieron andando con las bicicletas al lado. La de Fernando era nueva – por sus 14 años – y la de Marcos era la que Fernando había dejado por la nueva. Así es  como funcionaba ese engranaje, con la ropa, con los libros de la escuela y con las bicicletas.
Marcos siempre le decía - ¿por qué yo siempre voy detrás de ti y tengo que usar todo lo que tu dejas?-  y Fernando le contestaba  – no siempre. Cuando yo digo “mi hermano y yo”, estas tu primero.
- ¿y por qué no lo dices al revés?- le decía Marcos.
- porque tú eres más importante que yo.- Le respondía su hermano.
La puerta de la casa estaba despintada e hinchada por la humedad. Las dos vueltas de llave no bastaron para abrirla. Un par de empujones después, la puerta se abrió de golpe azotándose contra la pared de la sala.
Hacia 10 meses que se habían ido los últimos inquilinos que la habían habitado, tiempo suficiente para que la casa parezca abandonada; hasta las hormigas habían hecho sus hormigueros en los rincones pensando que ya nadie iría a vivir allí.
Fernando abrió las ventanas de par en par para ventilar el olor a encierro y a otra gente, para que se volaran los fantasmas ajenos y los momentos vividos de otros, mientras Marcos recorría cada habitación inspeccionándolo todo.
- ¿Cuál era nuestra habitación Fernando?
- aquella del fondo, ¿no te acuerdas?, le contesto su hermano – tu dormías arriba y yo abajo.
- no me acuerdo- respondió marcos frunciendo la boca y moviendo hacia un lado y al otro los ojos, pensándolo.
- ¡no puede ser!- se enojó Fernando; mientras las arañas de los marcos de las puertas trataban de defender su tejido de hilos imperceptibles al ver que habían llegado intrusos otra vez.
- ¿y que vamos a hacer Fer?- preguntó el pequeño, -¿vamos a limpiar la casa?
-no, no – le respondió Fernando, - de nada valdría limpiarla. Enseguida volvería a ensuciarse todo; las ventanas no cierran muy bien, y por debajo de las puertas entran hojas y tierra.
- entonces ¿a qué hemos venido?
- vinimos a arreglar el jardín, Marcos.
La puerta de la cocina que salía al jardín estaba atorada; Fernando abrió la ventana y salto hacia el patio. Después de muchos golpes logro abrir la puerta haciendo peligrar los vidrios protegidos por muchas capas translúcidas de tierra acumulada con los meses.
- Esta gente era muy sucia – opinó Marcos – hay tierra por todos lados.
Entonces Marcos le respondió – no hermano, es el tiempo. El tiempo va tapando y escondiendo todo, capa sobre capa, para resguardar los recuerdos. Tanto, que a veces hay que frotar fuerte para que vuelvan a aparecer claros frente a nuestros ojos.
El pequeño no hacía más que mover la boca  como si masticara cada palabra que su hermano mayor le decía. – Vayamos al patio ya- y corrió hacia afuera.
Al salir de la cocina, el patio era de baldosas grandes de cemento gris al igual que los tapiales prefabricados que cumplían la función de medianera entre terrenos vecinos.

Al final del patio – detrás de la cochera- estaba el jardín.
El otoño estaba recién llegado; el calor era intenso y el sol aun quemaba todo a su paso, en estas latitudes donde la primavera, el verano y el otoño se funden en una sola estación calurosa y donde el invierno solo es como un refresco ante tanto sofocón.
El jardín – que ya no lo era, técnicamente – era un gran yuyal descolorido. Arboles grandes y descuidados cual selva enmarañada dentro de la cual no se sabe que podemos encontrarnos.
Junto a las ruinas de la pérgola invadida por una Glicina de troncos gruesos, retorcidos y leñosos había un gran pino erguido y siempre verde.
- Mira Marcos – dijo Fernando a su hermano. - el pino que Papá planto aquella navidad, ¿te acuerdas?, ¿te acuerdas que lo llenaba de guirnaldas de lamparitas de colores?, esas que andan dando vueltas por el galpón de la casa de los abuelos; armaban la mesa aquí mismo, mira, y venían los abuelos, los tíos, nuestros primos… que jugábamos a la orquesta, usando ollas como tambores y tapas como platillos, seguramente lo recuerdas.
- sí, creo que me acuerdo – decía Marcos, aunque cambiaba el tema y decía: - a colita le hubiese gustado correr por el patio y meterse entre los yuyos.
- si no estuviera tan gordo ese perro y si se hubiese quedado quieto en el canasto de la bici podríamos haberlo traído – contesto Fernando – al menos nos dejó el espacio para traer el radiograbador.
- ¿y entonces?, ¿Qué vamos a hacer?
- bueno, vamos a cortar toda esta maleza Marcos; así anda y trae las herramientas que trajimos.
Marcos fue hacia adentro y trajo consigo la bolsa que aun colgaba de su bicicleta. Allí había unas tijeras de podar grandes y otras más chicas, además de guantes de jardinero y unos sombreros de paja para no insolarse, además de un rastrillo y una pala atados a la bicicleta de Fernando.
Así que pusieron música, y manos a la obra.
Cortaron yuyos a diestra y siniestra y a medida que avanzaba por el jardín hacia el fondo iban descubriendo y desenterrando el pasado escondido.
- Aquí hay algo duro – dijo Marcos.
Desmalezaron algo que parecían unos cimientos, o restos de placas de cementos similares a las de los tapiales.
- ¡Esta es la pileta Marcos!, ¿te acuerdas de la pileta?, seguro te acuerdas, tenemos fotos aquí con Papá y Mamá.
- pues a mí no me parece que esto sea una pileta - contesto Marcos, - veo solo una montaña de pedazos de cemento.
- bueno, ¡es que son partes de la pileta!, la había construido Papá – contestó ofuscado Fernando al ver que su hermano estaba incrédulo. – por eso están estos ligustros alrededor y aquella puertita de hierro. Por ahí se entraba.
Marcos observo la escena y no dijo nada, siguió avanzando con la cortadora de césped manual de aspas que había en el galpón; herrumbrada pero aun afilada.
El terreno llegaba hasta la mitad de la manzana. Había arboles de todo tipo muy crecidos y descuidados.
- Este es un Aromito - le mostraba Fernando a su hermano. – y este es un Ceibo. Aquel es un Jacaranda como el de la canción y aquel una Magnolia. Este es un Duraznero en flor y aquel un Laurel. Todos estos árboles dan muchas flores en primavera; a Mamá le gustan muchos las flores, por eso Papá planto estos árboles para ella cuando vinieron a vivir a aquí – Fernando se había parado sobre una pila de ladrillos que una enredadera de campanillas se había apoderado y señalaba con una rama cada especie a su hermano.
- y aquello del fondo contra el tapial ¿Qué es? - Marcos quiso acercarse pero la dimensión de los matorrales lo sobrepasaba en altura.
- son bananeros – dijo Fernando. – y hasta hay monos ahí dentro, todos los bananeros tienen monos, ¿no lo sabias?
Marcos no hacía más que abrir la boca.
- ¡y cierra esa boca que se te van a meter las langostas! rió Fernando.
En ese momento, algo se movió entre la maleza y corrió hacia ellos; los hermanos corrieron hacia la casa; Marcos gritaba. Una vez en el patio de cemento vieron como un gato inmenso, gordo y amarillo trepaba el tapial y detenía su carrera para observarlos.
Marcos lo llamó: - ¡Bigote! ¡Bigote!- pero el gato dio media vuelta y salto al patio del vecino.
- No se acuerda de nosotros – dijo Fernando – tú no te acuerdas porque eras muy pequeño; pero ese era nuestro gato Bigote.

El calor de la tarde estaba mermando y Fernando se sentó en el umbral de la puerta de calle a fumar un cigarrillo - que traía escondido en su zapatilla – como si viviera en la casa y acostumbrara a hacerlo cada día de su vida, mientras saludaba a los vecinos que pasaban. Marcos, mientras tanto, hurgaba en los rincones, y mataba hormigas a pisotones.
- ¿Por qué nos fuimos de esta casa, a vivir a lo de los abuelos? - Pregunto marcos a su hermano.
- porque… Mamá ya no quería ver la casa después de que Papá murió, además,  por aquí no había una escuela cerca para que tu fueras, es por eso… contesto Fernando.
- y ¿por qué Mamá no quería verla?
- Porque…mmm, porque es fea, por eso no quería verla.
- A mí no me parece fea - replico Marcos.
- Pues… a la gente grande una casa le parece fea cuando le trae malos recuerdos – contesto Fernando mientras apagaba el cigarrillo a medio fumar para poder seguir fumándolo más tarde.
- pero según lo que me cuentas, no me parecen recuerdos malos – dijo Marcos – entonces, ¿Mamá no va a querer que volvamos a vivir a acá?, ¿por eso le mentiste cuando salimos de casa?
- pues claro, ella no quiere que vengamos, Marcos; por eso le he robado la llave, descubrí donde la escondía, así que chito la boca – contesto Fernando.
- entonces, ¿para qué estamos limpiando el jardín? – pregunto Marcos.
- lo vamos a hacer nuestro lugar, nuestro escondite- respondió Fernando – vamos a recordar porque nos gustaba vivir aquí y me vas a ayudar a convencer a Mamá de que volvamos a esta casa.
- ¡pero yo no me acuerdo de nada Fernando!
- eso crees, pero vas a ver que de a poco vas a ir recordándolo todo, ¿acaso no te acuerdas del gato?
- Mmm, creo que si – respondió entre dientes Marcos.

Los hermanos volvieron al jardín para seguir con la tarea de desmalezar el lugar. En cada sector despejado encontraban objetos y enseres entre los yuyos secos que el sol y el tiempo habían ocultado. Las enredaderas subían y corrían por todos lados cual serpientes verdes infinitamente largas.
- Mira Marcos, aquí está el juego de jardín que usaba Mamá para tomar el Té con sus amigas. Y mira aquí, hay una rueda oxidada ¡de tu primer triciclo!
- Por aquí había dos estatuas que flanqueaban la entrada al garaje, ¿las recuerdas?, deben estar por aquí tiradas, tenemos que encontrarlas.
Cada descubrimiento era festejado cual hallazgo arqueológico. Cada metro de maleza ocultaba como ruinas olvidadas, recuerdos de familia como civilizaciones perdidas.
- Mira Marcos, de esta rama del Ceibo colgaba nuestra hamaca, la que ahora tenemos colgada en el patio de los abuelos; a ti no te gustaba hamacarte aquí porque tenías miedo de que la hamaca diera vueltas y terminaras enroscado en la rama del árbol, ¿te acuerdas marcos?
- a mi este juego no me está gustando – dijo marcos – yo no me acuerdo de nada.
- ¡ya vas a acordarte!, créeme, ya vas a acordarte.

La tarde estaba terminando y los hermanos tenían que volver su casa, bueno, a la casa de los abuelos, para que su Mamá no preguntase tanto.
Dejaron las herramientas, cerraron las ventanas y regresaron en sus bicicletas.
- Mañana volvemos, Marcos, tenemos que dejar el jardín como era antes.
En los días subsiguientes volvieron a la casa abandonada. Sacaron las ramas secas y los yuyos cortados a la calle para que se los llevara el camión de la basura. Acomodaron las macetas quebradas y caídas y regaron las plantas casi muertas que tenían.
Llevaron lonas y se acostaron al sol del otoño a comer galletas con jugo de naranjas que llevaban en sus cantimploras de explorador. Y mientras Fernando se fumaba su cigarrillo, le contaba a Marcos más historias de la casa, la gente que la visitaba, las reuniones que se organizaban y lo felices que eran todos juntos ahí.

Al final del otoño, una tarde después de la escuela, Fernando entro a la casa de los abuelos y encontró la llave de la casa arriba de la mesa de la cocina. La madre, por unas vecinas del otro barrio había descubierto el engaño, entonces, La casa se iba a alquilar nuevamente.
Allí estaba Marcos, esperando a Fernando enojado.
- ¡eres un mentiroso!, mentiroso, mentiroso – le dijo a Fernando mientras lo golpeaba en el pecho con los puños cerrados. – ¡me llevaste todos estos días a esa casa mugrienta para mentirme!, trate de convencer a Mamá de que no alquilase la casa, le dije que fuéramos a vivir otra vez a allí, le dije de los recuerdos, de las cosas que dejamos ahí y que nos estaban esperando. Ella me dijo que no había dos estatuas en la puerta del garaje, que no había una pileta, ni gato, ni monos en los bananeros, y que yo no podía acordarme de nada ¡porque aún no había nacido cuando se fueron de esa casa!
Fernando lo miro conteniendo las lágrimas - porque era grande – y le dijo: - perdón hermano, mi intención no era engañarte. Solo quería que los dos fuéramos felices como yo lo fui cuando era chico y vivía en esa casa con Mamá y Papá. Quería a Papá otra vez vivo y a Mamá juntos otra vez,  aunque fuese en recuerdos inventados. Pero ya veo hermanito, que con el pasado no se puede jugar; siempre termina ganando.

Y la casa otra vez fue abandonada a su suerte. Ocupada por vidas ajenas, de familias que no eran la nuestra. De gente sin vivencias que la ocupaba unos meses y se iba sin tristeza. Muchas manos diferentes abriendo picaportes y ventanas que no le pertenecían, siempre desconocidas.

La maleza volvió a crecer. Creció sin parar como un bosque de espinas. Las hiedras ahogaron todos los espacios. Los arboles extendieron sus ramas por todos lados tornando el jardín impenetrable. Y los recuerdos, volvieron a quedar escondidos entre Madreselvas y Aromos amarillos, hasta que alguien los vuelva a descubrir.

Cancion: PAISAJE - FRANCO SIMONE

jueves, 16 de octubre de 2014

Otro Cuento Más de Primavera: TINTA ROJA



Nunca me surgió esa necesidad - de la mayoría de los escritores- de escribir sobre asesinatos. Siempre me pareció un lugar común muy poco original. Pero muchas veces aparece -como algo inevitable- el deseo de matar algo o a alguien; y nada mejor que hacerlo mediante un escrito o un cuento. Es menos arriesgado y totalmente legal. Puede ser tan sangriento como queramos y así mismo seguir siendo permitido.
A veces, matamos sin querer: sueños, recuerdos o lo que fuimos hace tiempo. Otras veces matamos tan intencionalmente que deberían encarcelarnos solo por el hecho de pensarlo o ejecutarlo en sueños de siesta.
Matar recuerdos que nos carcomen por dentro – por otra parte- debería estar totalmente permitido.
Matar es mejor que resolver una situación complicada o dolorosa, o evitar un encuentro inesperado. Pensar que el otro ya no existe es más fácil que olvidarlo.
Entonces tuve que hacerlo. Era el momento de cerrar la ventana. Las noches de primavera suelen ser frías. Pero lo suficientemente cálidas al pensar en lo que vendrá después, con el correr de los días o con solo pensar en el invierno que paso detrás de nosotros.
Ya había flores en los jarrones de la casa. Ella las compraba cada mañana y las llevaba cuando regresaba del pueblo por la tarde. A él, le parecía que el aroma de las flores no era el mismo cuando hace frío. Los días cálidos, las flores son un respiro, huelen a fresco; en cambio en los fríos huelen a muerte y a velorio.
Lorenzo Márquez la esperaba cada tarde sentado en su sillón junto a la ventana que mira al jardín. Cada vez que escuchaba las llaves queriendo entrar en la cerradura de la puerta, tumbaba la cabeza de lado y fingía dormitar.
Marina López, entraba silenciosa y se llevaba un florero a la cocina para ponerle agua y acomodar el ramo que traía.
De esta manera, Lorenzo evitaba el incómodo momento en el que ella entraba y lo saludaba casi por obligación sin darle un beso, y se apresuraba a refrescar las flores para que no murieran después de haber pasado el día fuera del agua.
Eran dos enemigos compartiendo un techo, que solo se amigaban cuando compartían las sabanas. Y después en la mañana todo volvía a la normalidad, la normalidad de los enemigos.
Tan difícil era aceptar que todo había terminado que arrastraban ese amor que se habían tenido por el suelo -desgastado y corroído- como se arrastran las cadenas de los esclavos.
Cada mañana, en el jardín de la casa, nacían más flores en las plantas de los canteros y las macetas. La primavera avanzaba. Pero Marina prefería las flores ajenas, cultivadas por manos extrañas. Mientras en su propia casa -cuando la primavera se fundía con el verano-  los canteros parecían matorrales y Lorenzo tenía que cortar todo con una guadaña hasta dejar el jardín como un páramo desolado para que el sol del verano finalmente lo calcinara.
Hacía varios años que esto ocurría – todos en el pueblo lo sabían - pero este iba a ser el último.
Lorenzo pasaba todo el día en su escritorio escribiendo, juntando rabia y palabras. Letra por letra hundía la punta de la pluma ahogada en tinta en las hojas de su cuaderno de notas hasta que se calaban cual encaje de papel amarillentado por el tiempo; se salía de los márgenes y de los renglones, llenaba cada espacio de oraciones, verbos y sustantivos. Arrancaba las hojas y volvía a empezar.
Entonces, tuvo que hacerlo. La espero como cada tarde dormitando en el sillón junto a la ventana. Fue tras ella a la cocina y se acercó sigilosamente a su espalda. El golpe fue certero. El ruido del cristal del jarrón que estallo en el piso sonorizo el mudo momento de tensión. Eran rosas blancas las de esa tarde.
La fragancia de las flores del patio entraba a raudales por la ventana abierta. La primavera ya estaba lista para explotar en nuevos brotes y pimpollos. Por fin el aire era limpido.
Ya no dolía. No era una cruz sobre la espada. Podía respirar. El corazón latía sin sobresaltos. Ya no estaba. Ya no existía.
La sangre – como tinta roja en el suelo gris del ayer- estaba casi seca al llegar la mañana. La policía, se llevó como prueba: los restos de vidrio de un tintero roto, un portaplumas, y su pluma, manchada de tinta.


Canción:  MURIO LA FLOR - GERMAN DE LA FUENTE

domingo, 14 de septiembre de 2014

Otro Cuento Más de Verano: UN PUNTO EN EL HORIZONTE




Hay una línea azul, allá, al fondo de la vista, que se une – perpendicular - con la línea marrón de tierra del camino.
Hay un punto, en la cruz que forman el  horizonte y el camino, que es más allá, que es incierto y futuro. Más allá de los inmóviles montecitos de árboles y los alambrados. Más allá de las aguadas de los caballos y los campos sembrados de maíz. Allá, donde se acumulan las nubes. Ese punto que solo las bandadas de pájaros conocen porque es hacia donde vuelan siempre.
Hay un hombrecito en el pueblo de campo en que nací, que veo cada vez que vuelvo a visitarlo. Él va siempre en su bicicleta, pausado y tranquilo. Y recuerdo haberlo visto desde mi niñez, siempre vestido con un overol  tostado -un tanto grande- mezcla de explorador y raro experimento, pedaleando sin rumbo por el pueblo. Lo recuerdo pasando por la ventana de mi casa y saludando con un toque de gorra a mi abuela que barría la vereda bajo el sol de las mañanas de verano.
Cada vez que vuelvo a verlo, me pregunto – como antes también me lo preguntaba- cómo será su vida y si ha sido igual desde que lo conozco. Y pienso también, cuan tranquilo vive alguien que hace todos los días de su vida lo mismo, a la misma hora y en el mismo lugar físico. Me pregunto también, qué rituales celebrará - además de dar vueltas por el pueblo como un caballo de noria - mientras los demás siempre estamos buscando que nueva cosa hacer; que meta inventar y alcanzar; a qué país lejano viajar. Y querer siempre más, y avanzar, y subir, y llegar…
Según me contaron, el hombrecito nunca viajo. No sabe de mapas ni de rutas, y menos de otras costumbres e idiomas. Dicen los del pueblo que cuando alguien le pregunta por algún lugar - cercano o lejano- él le contesta que nunca ha salido del pueblo, porque “tiene las raíces muy cortas”.
Hay una historia que cuenta que el hombrecito alguna vez fue niño también y recorría el poblado en la misma bicicleta, que alguna vez fue de su abuelo y más cercanamente de su padre.
Vivía con su madre en una casa modesta pero confortable, que había comprado su padre –peso a peso- durante su vida, trabajando como obrero en la fábrica de camiones hasta que murió de alguna enfermedad de la época.
La madre, que siempre había sido ama de casa, al encontrarse sola y con un niño que criar y mantener, perdió la cordura. Era buena madre, aunque un poco seca y poco demostrativa. Tenía ataques de ira repentinos y malos tratos con quienes querían ayudarla.
El niño era tranquilo, muy casero; responsable y obediente, aunque con pocas luces para la escuela. Esto era uno de los detonantes por los cuales la madre explotaba en furia de vez en cuando y le decía que era un “bueno para nada” y lo echaba a los gritos de la casa, diciéndole que se vaya y no vuelva, igual que su padre lo había hecho.
Entonces el niño bajaba la cabeza, buscaba su bicicleta en el galponcito y salía a la calle.
Hay cuatro caminos que salen del pueblo y llevan a otros lugares: Un camino hacia el Este, que lleva al pueblo más cercano. Un camino hacia el Oeste que termina en una estación de tren casi abandonada y un gran monte de Eucaliptus. Y el camino de la virgencita – que no se si existe, ya que las veces que fui a buscarla, nunca la encontré- hacia el Sur. Y el cuarto camino, que lleva al cementerio y te lleva del pueblo también, pero con las patas hacia adelante y para siempre.
Muchas veces el niño tomaba ese camino y pasaba la tarde frente a la tumba de su padre haciendo tiempo mientras se le pasaba el berrinche a su madre.
Otras veces salía de su casa y se dirigía al camino del Este. Maldiciendo entre dientes, llegaba hasta el camino de tierra y pedaleaba sin parar hasta el puente del ferrocarril y antes de pasar por debajo, miraba hacia adelante y hacia atrás y pegaba la vuelta, porque ya era tarde y anochecía.
Las veces que tomaba el camino del Oeste y llegaba a la estación, se quedaba horas contemplando los trenes oxidados que iban hacia las montañas, pero no subía a ninguno. Los miraba marcharse -aferrado a la bicicleta- hasta que se los tragaba el horizonte. Entonces volvía a su casa, cuando despuntaba la tarde, esperando la calma de su madre ofuscada.
El camino del Sur era el más temido por el niño. Porque era largo, recto y parecía que no tenía fin. No sabía hacia donde llevaba. Solo sabía lo de la capilla de la virgencita, pero – hasta donde él lo había recorrido- no la había encontrado.
Por ese camino, la noche anterior al día de la virgen, todo el pueblo iba en procesión, caminando en la oscuridad del campo, portando velas encendidas. Cantando y rezando. Esas noches, cada año, su madre lo arrastraba con ella en el calor sofocante de Diciembre, hasta que él se soltaba de su mano y escapaba hacia el pueblo corriendo, esquivando creyentes - santos, velas ardientes, viudas oscuras y niños tan asustados como el - que iban en la corriente contraria.
Siempre recuerdo ese camino polvoriento e interminable en el extremo lejano del pueblo.
Ahora ese camino antiguo de tierra esta asfaltado, y ya no es lejano, ya que el pueblo es una ciudad que creció hasta su nacimiento. Ese camino antes incierto y futuro, ahora lleva hacia la autopista. Esa autopista que me llevo a mí y a muchos otros lejos del pueblito perdido en el medio del campo.

Hoy cuando manejaba por el camino hacia la autopista, volví a cruzar al “hombrecito de las raíces cortas”. Estaba parado, montado en su bicicleta al costado del camino, como congelado en el tiempo, mirando fijamente hacia un punto en el horizonte. Ese punto donde ahora se vislumbran muchas luces. El mismo punto hacia donde vuelan todas las bandadas de pájaros. Tan incierto y misterioso para él y tan conocido para mí.



Canción: POR ESO ME QUEDO - LHASA DE SELA

lunes, 11 de agosto de 2014

Otro Cuento Más de Invierno: UNO DE MONSTRUOS Y FANTASMAS



No hacía más que ahuyentar monstruos, mientras su madre y su abuela corrían de acá para allá abriendo las ventanas para ventilar solo diez minutos – así dicen que hay que hacerlo en invierno- al tiempo que cerraban las cortinas para que la luz del sol no le lastimara los ojos a la niña que volaba de fiebre.
Era casi una tradición, que dos veces al año – una en invierno y otra en verano- la niña se enfermara de Anginas Virulentas. Entonces, todo funcionaba como un mecanismo perfecto de reloj cuando esto sucedía:
Comenzaban las vacaciones, aparecía un día la fiebre, llegaba el médico de la familia, recetaba los antibióticos, se metía a la niña en la cama y toda la casa cambiaba su rutina en torno a ella.
Mientras tanto - ignorante de tanto movimiento- la niña trataba de esconderse de los monstruos que la acechaban cada vez que el termómetro subía a cuarenta grados. Daban golpes en las ventanas, caminaban por debajo del piso de Pinotea haciéndola crujir, corrían por los techos de chapa de zinc y se escabullían por debajo de las puertas cerradas y golpeaban desde adentro las puertas del ropero de la habitación, haciéndole estallar la cabeza de dolor.
Y allí aparecía la madre, con un cuenco de agua helada y vinagre entre las manos, para hacerle paños fríos en la frente, y así ahuyentar la fiebre y el miedo.
Mientras tanto – para cuando la tormenta febril terminara- la abuela preparaba en la cocina un caldo de verduras bien cargado para alimentar a la niña que solo podía tomar líquido, ya que sus amígdalas en llamas no le permitían pasar otro tipo de alimento.
En el comedor de la casa, subido peligrosamente a una silla, el abuelo envolvía con un paño el péndulo del reloj de pared para que no sonaran las campanadas a cada hora y aturdieran a la enferma.
Cuando llegaba el alivio del termómetro en treinta y seis grados, la madre sentada a los pies de la cama, esperaba que la niña se durmiera finalmente y la casa quedaba en silencio.
Hasta que una mañana después de varios días, la niña despertara y gritara: Abuela!!!
Y la abuela correría a abrir de par en par las ventanas de la habitación porque la niña estaría curada.

Un sonido agudo la despertó. La mujer se levantó de la cama casi tambaleándose, se calzo y se puso la bata. Atendió el portero eléctrico. Abajo, una voz le decía: Médico de guardia señora!. La mujer se abrigo y bajo por el ascensor. En la casa casi en penumbras, rondaban los monstruos de la fiebre, estaban entre las sabanas y dentro de los placares, pero los fantasmas que la cuidaban ya no estaban.

Canción:  CUENTO QUITAMIEDOS - PAULINE EN LA PLAYA

miércoles, 9 de julio de 2014

Otro Cuento de Invierno: HÉLIX



Estaba concentrado en buscar su lugar en el mundo en países lejanos. París, Londres, New York; las recorrió buscando aunque sea un rincón donde sentirse parte de esas ciudades alejadas de su país y de sus raíces. Manuel viajaba cada vez que su trabajo de periodista se lo permitía. Cada viaje era seguido de otro en esa búsqueda incesante de algo más, que lo sacuda, lo seduzca, lo embruje.
Llego al pueblito de montaña casi por casualidad, empujado por habladurías y amigos que lo habían visitado, buscando descansar de su búsqueda.
El viaje en tren era casi interminable. Las montañas – paisaje estático- nunca le habían provocado nada; su amor había sido por el mar, hasta que se aburrió de su naturaleza inmensa y engañosa, plagada de sombrillas, tragos exóticos, ojotas y bronceadores.
La primera sensación al bajar del tren fue la falta de inmensidad. Sí, eso…Sintió como que ese pequeño pueblo dormía a cobijo de montañas semejantes a las paredes de una casa.
Ahí – en esa altura- Manuel se sorprendió de la cercanía del cielo, del aire y del paisaje. El paisaje que había visto desde la ventanilla del tren - las nubes grises, la vegetación baja, espinosa y seca – no le auguraban nada sorprendente.
Al salir de la estación, preguntó por la calle donde se encontraba la casita que había alquilado para pasar esos días. Había que cruzar todo el pueblo – todo el pueblo, significaba seis o siete cuadras- para llegar. Casas bajas, arquitectura colonial y pintoresquista, panaderías, dulces y conservas, tejidos y anticuarios, eran mucho más de lo que esperaba de una pequeña villa de montaña perdida en un valle desde hacía más de cien años.
Al cruzar el centro se encontró con un camino de árboles altos ,desnudos y desprotegidos ante ese invierno que llegaba al día siguiente - troncos y ramas grises, sumados a los colores secos que había visto desde el tren- la vegetación agreste se fue transformando en un bosque frondoso a medida que avanzaba en su caminata, algo que Manuel no esperaba.
Al llegar a la cabaña se alegró de que estuviera situada dentro de ese bosque serrano. A metros de ella -bajando la mirada desde la terraza- un arroyito de aguas frescas y sonoras, los arboles altos y pelados y sus hojas en el suelo tejiendo un velo ocre-naranja.
Y ahí -en medio de ese paisaje seco e invernal- estaba Ella: La Hiedra. Siempre verde, fresca y alegre, cubriendo todo el suelo, trepando por los troncos de los arboles dormidos – protegiéndolos de su desabrigo- pegada a las construcciones y a las ramas caídas como un manto protector.
A Manuel siempre le habían gustado las hiedras. Le parecían poderosas y misteriosas, más allá de su carácter invasor. Las había visto subiendo muro en ruinas y trepando los árboles en diversas zonas de Europa y Asia, en lugares sombríos entre rocas y bosques.

     Después de acomodar sus cosas en la casa y encender la salamandra de troncos para calentarse, Manuel salió a dar un paseo de reconocimiento del terreno. El camino atravesaba el bosque. Talas, Algarrobos y Molles lo poblaban. Romerillos y Chilcas y el misterio del invierno rondando por doquier.
El sol se había escondido tras las nubes. Manuel fue descubriendo a su paso casas y casonas, construcciones abandonadas y mansiones de esplendor en los años 20, que habían perdido con el paso del tiempo, su fulgor, sus fiestas, su lustre, y su alocada vida de lujos y despilfarro. Las paredes quebradas y roídas por el paso del tiempo; las tejas rotas y verdes de musgo; los portones y rejas envejecidos y herrumbrados por el óxido del tiempo perdido y del que nunca se detuvo; y la hiedra. La hiedra invadiéndolo todo, cubriendo con su telaraña húmeda y verde secreto, resguardando recuerdos y tapando pecados. Era como haber encontrado el lugar donde Dios creo el Paraíso, donde Eva halló la manzana.
Subió por la lomita y apareció allí abajo, el valle. El aroma a lavanda, tomillos y carqueja perfumaban el viento que enredaba su pelo y arañaba su cara y otra vez esa sensación de protección que había sentido al principio. Un paisaje a escala humana que no creaba rivalidad. No era la poderosa naturaleza contra el hombre insignificante, sino una hermandad.
La noche antes de irse salió a la terraza y contemplo la oscuridad del bosque, negro y silencioso. Como abrir los ojos y encontrarse con nada. Un paisaje sin imágenes, líneas ni colores, que descansa su belleza para brindarla solamente con la luz del sol. En medio de esa oscuridad no se sintió solo –por el contario- podía captar la presencia de algo o alguien volando a su alrededor, como pájaros oscuros o espíritus protectores del bosque.
En la mañana juntó sus cosas y preparo la partida. El tren salía a las once de la mañana.
Antes de irse, bajo al bosquecillo a contemplar el arroyo. Se agachó, arranco una rama de Hiedra y la metió en su bolso. Un Rey del bosque y una Reinamora lo miraban desde una rama cercana, haciendo que Manuel se sintiera como un ladrón atrapado en pleno hecho.
La partida fue triste, Manuel sintió un gran vacío. Cuando el tren dejo atrás las montañas y el valle, lloró.

Su departamento en la ciudad lo había esperado con su olor a moho y oscuridad citadina. Ahuyentó a las palomas y abrió la ventana, nada había cambiado: la vecina peleaba con su marido, los niños lloraban colgados de la reja del balcón y el perro marrón ladraba sin razón acompasadamente aburrido.
Dejo sus cosas y se dirigió a su trabajo en la redacción del diario. La hiedra dormía en un bolsillo del equipaje.
Cuando regreso, abrió la puerta apurado y se dirigió directo al bolso; durante la tarde se había acordado de su compañera de viaje encerrada en la oscuridad del bolsillo. La sacó y la puso en un frasco con agua para que reviviera. La hiedra continuaba fresca como si nada hubiese ocurrido, verde y fuerte. Puso el frasco en el alfeizar de la ventana, cerró los ojos y recordó el bosque.
Cuando su madre llego unos días después a visitarlo le preguntó que iba a hacer con ese “yuyo” que tenía en la ventana, y le dijo que la plantara en una maceta con tierra, que ahí no iba a vivir mucho tiempo donde la tenía.
Manuel ya había tenido varias plantas en macetas, pero habían muerto con tan poca luz y tanto hollín que volaba. Así que por ahí andaban las macetas con la tierra dura y agrietada, esperando una nueva huésped o víctima. Manuel removió la tierra –aún estaba tierna en la parte inferior- hizo un hueco y planto la rama de hiedra; la regó y suspiró.
Los días pasaban rápido cuando había mucha actividad en el diario. Pero cuando no pasaba nada en el país, había que inventar noticias. Era en esos momentos cuando Manuel esbozaba líneas argumentales para los cuentos que alguna vez publicaría si es que el director del diario se lo permitiera.
Tanto tiempo sentado a la máquina de escribir le estaba arruinando la espalda. Escribía y se restregaba el cuello. Escribía y enderezaba la columna en la silla.
Cada tarde al regresar del trabajo, Manuel iba a la ventana, regaba la hiedra y la contemplaba. Su color oscuro, sus hojas estrelladas, le recordaban aquel lugar, aquel viaje casi astral que había hecho. Recordaba el bosque y el silencio y esa magia que lo envolvía todo. Pero la hiedra no crecía…ni se secaba tampoco.
El país estaba complicado. Muchas corridas hacia lugares donde sucedían las noticias del día siguiente y el posterior. Más que un buen trabajo estaba tornándose en un problema.
Día tras día soñaba con el fin de semana que tuviera libre para poder volver a viajar a ese pueblito que lo había embrujado. Pero el país estaba en llamas y había que montar guardia en los lugares candentes para registrar los hechos.
Los dolores de espalda de Manuel eran cada vez más fuertes. Y la hiedra en la ventana no crecía…no sacaba ningún brote, ni se moría tampoco.
Muchas veces se quedaba dormido en el sillón giratorio del escritorio. Soñaba con montañas y con esas casas misteriosas que lo habían atrapado. Cuando se despertaba, pensaba en la hiedra que lo cubría todo y que trepaba a los árboles, y entonces hallaba paz.
La noticia que enfrió los ánimos fue la de los dos grados bajo cero que marcó el termómetro una mañana. Ya no había abrigo que bastara y las estufas eléctricas del departamento estaban a punto de hacer saltar todos los tapones, mientras la hiedra permanecía inmutable en la ventana. Manuel la entro en la cocina, la regó y la dejo al calor del interior de su casa.
Cada vez le costaba más estar sentado o de pie. El dolor en la columna vertebral era terrible; lo recorría desde el coxis hasta el atlas. Tomaba cuatro a cinco analgésicos por día. Y la hiedra en la cocina que no crecía…ni daba signos de que iba a morir tampoco.
A los dolores de espalda se sumaron fuertes puntadas y dolores de cabeza. Entonces Manuel finalmente visitó al médico. Le recetaron radiografías varias y una artillería completa de análisis de todo tipo. Y la hiedra inmutable, no crecía…
Le diagnosticaron contracturas, luego reuma y artritis y posteriormente “Espondilitis Anquilosante o Anquilopoyé. Le recetaron Sulfasalacina y metotrexato.
Manuel sufría de dolores en las extremidades y fiebre a diario. Cuando no pudo más ir a su trabajo, pasaba los días sentado junto a la ventana de la cocina contemplando su hiedra, que egoístamente, no le brindaba siquiera un brote nuevo…o atisbo de muerte.
A lo lejos recordaba aquel viaje, aquel pueblo, y aquel bosque que lo esperaba con su humedad oscura y cautivante.
Durante los días que siguieron, lo venció la fatiga y comenzó a perder movilidad en los brazos. A veces la mañana lo encontraba dormido en la silla de la cocina, por no haber podido soportar el dolor acostado en su cama. Se imaginaba caminando entre árboles, rodeado de pájaros, subiendo cuestas y respirando el aire del valle, para mitigar el dolor que recorría su cuerpo y se enredaba en sus brazos.
En noches delirantes de fiebre escuchaba las voces secretas y los pájaros habladores llamándolo por su nombre desde la espesura del bosque serrano y despertaba bañado en sudor con la sensación de estar en el suelo cubierto de hojas secas ámbar-naranja que lo asfixiaban.

Los médicos finalmente decidieron que la operación era inminente.
Esa mañana -finalmente también- cuando la ambulancia llego a buscar a Manuel para llevarlo al hospital, la hiedra comenzó rápidamente a marchitarse, sin haber extendido sus brazos por la ventana, sin haber cubierto de verde oscuro misterioso la oscuridad negra del departamento Porteño.


El informe médico de los cirujanos que practicaron la operación decía-

Esta mañana, en el Hospital de Buenos Aires, se le ha practicado una cirugía al paciente Manuel Mujica de 30 años. Procediendo a realizar varias incisiones a lo largo de la columna vertebral, al detectar una anomalía inexplicable. Finalmente hemos descubierto el total de la columna vertebral, encontrando una formación vegetal con características de Hereda Hélix –llamada vulgarmente Hiedra- naciente en el Coxis, invadiendo los agujeros sacros, trepando por las vértebras Lumbares hasta las Dorsales, enredándose en las Cervicales hasta el Atlas. Ramificándose – literalmente- hacia ambas extremidades superiores.

Y allí estaba Ella: La Hiedra, invadiéndolo todo, cubriendo con su manto húmedo y misterioso la estructura de Manuel, fuerte y poderosa, trepando por sus huesos y enamorando su alma. Resguardando secretos, tapando pecados y protegiéndolo.


Canción: ABRO LA VENTANA - LHASA DE SELA


martes, 8 de julio de 2014

miércoles, 25 de junio de 2014

Otro Cuento de Verano: EL GRAN BANQUETE


 


 El sol abrazador de las tres y media de la tarde, calentaba los adoquines de la calle angosta que llegaba hasta el malecón silenciosa, como un río a su desembocadura en el mar.
   La mesa – tan larga como la calle- estaba casi desolada. Los manteles blancos se volaban con el viento cálido del verano, o arrastraban por el suelo; copas de vino derramadas; platos sucios y un festín de moscas verdes.
   Las puertas de las casas estaban abiertas de par en par. Los comensales esparcidos por todos lados; reclinados sobre la mesa, en las sillas y en el suelo. Y muchos otros diseminados por las callejuelas angostas.
   Las chicharras gritaban como locas en el sopor de la siesta de la villa marina.

   Hacía pocos meses que la empresa de banquetes había llegado al pueblo como llega un circo, con sus camioncitos repletos de sillas plegables, mesas y mantelería. Cada camión transportaba guirnaldas de luces y banderines de colores. Ordenadamente: copas, platos y cubiertos. Así mismo otro traía cocinas portátiles a gas de garrafa, ollas y utensilios.
   Ema Rabatti era la propietaria de la empresa, que viajaba por los pueblos costeros armando banquetes y cocinando para fiestas de casamiento, cumpleaños y demás eventos sociales.
   En el tiempo que llevaba en la villa solo había organizado dos fiestas: el cumpleaños del intendente del pueblo y los 15 años de la hija del Panadero. Así que tal como un circo al que ya no le quedaban habitantes por divertir, “la Riquísima”-que así se llamaba la empresa- tenía planeado abandonar la villa y seguir viaje por las rutas del país y así cruzar el continente llevando sus delicias ambulantes y luces de colores.

   Esa mañana de miércoles, el camioncito de la propaladora del pueblo, anunciaba en sus altoparlantes, que con motivo de la partida de “La Riquísima”, la empresa invitaba a toda la villa a un “Gran Banquete” el mediodía del sábado siguiente.
   La noticia voló con el aire cálido del mar calmo de febrero, surcó el cielo diáfano y se metió entre callejones y callejuelas.
   Todo el pueblo estaba entusiasmado con el evento. En esos días, los almaceneros de ropa y sombreros vendieron más que en las navidades. Los habitantes de la villa querían estar vestidos acordes a la gran ocasión.

   El viernes a la tarde, Ema comenzó la organización de la fiesta. Buscó lugares del pueblo donde hacer la reunión y finalmente decidió elegir una calle del pueblo en lugar de un salón.
   Para armar la gran mesa, tuvieron que asegurar las patas de cada una para salvar los agujeros entre los adoquines de piedra. Selecciono manteles blancos hasta el piso que tuvo que clavar a las mesas para que no se volaran. Colgó guirnaldas y banderines.
   La visión era imponente: 100 mesas alineadas bajando hacia el mar; un camino blanco inmaculado que se unía al fondo, con el azul turquesa del cielo y el mar casi mimetizados.

Ema recorrió todos los mercados y compro todos los ingredientes para preparar la comilona. Mucho le regalaron, colaborando con el evento. Compro tomates redondos, albahaca y queso de cabra para los platos de entrada; pescados, olivas, alcauciles; higos y queso mascarpone. El dueño del viñedo dono los vinos; Malbec, Cabernet sauvignon y Sauvignon blanc. Puso la mejor vajilla y decoro con flores a lo largo de toda la mesa.
   Ema Rabatti era obsesiva y cuidaba cada detalle de sus eventos: alineaba las mesas torcidas, repasaba con las manos los manteles arrugados; estaba atenta a la fajina de las copas y los cubiertos. Destapaba ollas y probaba las salsas; elegía los pescados más grandes y descartaba los que tenían mal aspecto. Salaba ella misma las preparaciones y luego no dejaba que ninguno de sus empleados volviera a meter una cuchara o probara la comida.

   Estaba amaneciendo el sábado. Habían trabajado toda la noche. Mientras el sol asomaba en el horizonte, los manteles blancos fulguraban en la mañana. “El Gran Banquete” estaba listo.
   A mitad de mañana comenzaron a llegar los invitados. Iban bajando por las callecitas, como hormigas; apareciendo desde los callejones. Caminando, en carro o en coche.  
   Los músicos se dispusieron a amenizar la jornada con valsecitos y canciones típicas, mientras se recibía a la gente con aperitivos y pequeñas delicias.
   Ema, sonriente e inmaculada, llevaba un vestido blanco de flores rojas que se volaban con el viento caliente de las once de la mañana; un gran sombrero de paja la resguardaba del sol punzante del verano aquel.
   A las doce en punto se sirvió el almuerzo. Hubo un gran aplauso cuando los mozos en fila llegaron hasta la mesa llevando los platos con los más exquisitos manjares. Cuando se sirvió el vino, Ema se dirigió a la concurrencia y agradeció a toda la villa la presencia y aprovecho para despedirse, prometiendo volver muy pronto – o nunca- si es que el éxito de la gira la llevaba muy lejos o la traía de regreso abatida.

   Los comensales degustaron cada plato con gran placer. Cada bandeja era recibida en la mesa con un aplauso general. Comieron hasta reventar las costuras; bailaron al son de la orquesta y volvieron a comer. Para el momento de los postres, Ema estaba exhausta y los mozos transpirados a más no poder bajo el sol incandescente de la tarde que llegaba.
   Al final de los dulces, la gente comenzó a calmarse, volvieron a sus asientos. Así -como un gran pájaro que sobrevoló la mesa- la modorra de la digestión y la hora de la siesta los envolvió. Empezaron de a uno a quedarse repentinamente dormidos en las mesas, en sus sillas, en el suelo; caían como moscas a la calle. Era la más grande siesta comunitaria vista después de un banquete. 

   Y la más larga, por cierto…
   Tan larga, que recién cuando los primeros rayos de sol de la mañana siguiente comenzaban a caldear los cuerpos de toda la villa, los comensales fueron despertándose del letargo en el que habían caído –cual bellas durmientes- como víctimas del maleficio de una bruja.

   Los camiones de “La Riquísima” ya se habían marchado, con sus carpas, sus cocinas portátiles, sus ollas y sus vajillas. Solo quedaba la gran mesa donde la gente había dormido toda la tarde y la noche anterior. Algunos manteles arrastrados por el piso, junto a alguno que otro cubierto o utensilios que no habían alcanzado a llevarse.
     Las puertas de las casas de todo el pueblo estaban abiertas de par en par, cuando los habitantes volvieron y vieron azorados como habían desaparecido todas sus pertenencias.

Canción: SABOR A MI - LILA DOWNS