miércoles, 25 de junio de 2014

Otro Cuento de Verano: EL GRAN BANQUETE


 


 El sol abrazador de las tres y media de la tarde, calentaba los adoquines de la calle angosta que llegaba hasta el malecón silenciosa, como un río a su desembocadura en el mar.
   La mesa – tan larga como la calle- estaba casi desolada. Los manteles blancos se volaban con el viento cálido del verano, o arrastraban por el suelo; copas de vino derramadas; platos sucios y un festín de moscas verdes.
   Las puertas de las casas estaban abiertas de par en par. Los comensales esparcidos por todos lados; reclinados sobre la mesa, en las sillas y en el suelo. Y muchos otros diseminados por las callejuelas angostas.
   Las chicharras gritaban como locas en el sopor de la siesta de la villa marina.

   Hacía pocos meses que la empresa de banquetes había llegado al pueblo como llega un circo, con sus camioncitos repletos de sillas plegables, mesas y mantelería. Cada camión transportaba guirnaldas de luces y banderines de colores. Ordenadamente: copas, platos y cubiertos. Así mismo otro traía cocinas portátiles a gas de garrafa, ollas y utensilios.
   Ema Rabatti era la propietaria de la empresa, que viajaba por los pueblos costeros armando banquetes y cocinando para fiestas de casamiento, cumpleaños y demás eventos sociales.
   En el tiempo que llevaba en la villa solo había organizado dos fiestas: el cumpleaños del intendente del pueblo y los 15 años de la hija del Panadero. Así que tal como un circo al que ya no le quedaban habitantes por divertir, “la Riquísima”-que así se llamaba la empresa- tenía planeado abandonar la villa y seguir viaje por las rutas del país y así cruzar el continente llevando sus delicias ambulantes y luces de colores.

   Esa mañana de miércoles, el camioncito de la propaladora del pueblo, anunciaba en sus altoparlantes, que con motivo de la partida de “La Riquísima”, la empresa invitaba a toda la villa a un “Gran Banquete” el mediodía del sábado siguiente.
   La noticia voló con el aire cálido del mar calmo de febrero, surcó el cielo diáfano y se metió entre callejones y callejuelas.
   Todo el pueblo estaba entusiasmado con el evento. En esos días, los almaceneros de ropa y sombreros vendieron más que en las navidades. Los habitantes de la villa querían estar vestidos acordes a la gran ocasión.

   El viernes a la tarde, Ema comenzó la organización de la fiesta. Buscó lugares del pueblo donde hacer la reunión y finalmente decidió elegir una calle del pueblo en lugar de un salón.
   Para armar la gran mesa, tuvieron que asegurar las patas de cada una para salvar los agujeros entre los adoquines de piedra. Selecciono manteles blancos hasta el piso que tuvo que clavar a las mesas para que no se volaran. Colgó guirnaldas y banderines.
   La visión era imponente: 100 mesas alineadas bajando hacia el mar; un camino blanco inmaculado que se unía al fondo, con el azul turquesa del cielo y el mar casi mimetizados.

Ema recorrió todos los mercados y compro todos los ingredientes para preparar la comilona. Mucho le regalaron, colaborando con el evento. Compro tomates redondos, albahaca y queso de cabra para los platos de entrada; pescados, olivas, alcauciles; higos y queso mascarpone. El dueño del viñedo dono los vinos; Malbec, Cabernet sauvignon y Sauvignon blanc. Puso la mejor vajilla y decoro con flores a lo largo de toda la mesa.
   Ema Rabatti era obsesiva y cuidaba cada detalle de sus eventos: alineaba las mesas torcidas, repasaba con las manos los manteles arrugados; estaba atenta a la fajina de las copas y los cubiertos. Destapaba ollas y probaba las salsas; elegía los pescados más grandes y descartaba los que tenían mal aspecto. Salaba ella misma las preparaciones y luego no dejaba que ninguno de sus empleados volviera a meter una cuchara o probara la comida.

   Estaba amaneciendo el sábado. Habían trabajado toda la noche. Mientras el sol asomaba en el horizonte, los manteles blancos fulguraban en la mañana. “El Gran Banquete” estaba listo.
   A mitad de mañana comenzaron a llegar los invitados. Iban bajando por las callecitas, como hormigas; apareciendo desde los callejones. Caminando, en carro o en coche.  
   Los músicos se dispusieron a amenizar la jornada con valsecitos y canciones típicas, mientras se recibía a la gente con aperitivos y pequeñas delicias.
   Ema, sonriente e inmaculada, llevaba un vestido blanco de flores rojas que se volaban con el viento caliente de las once de la mañana; un gran sombrero de paja la resguardaba del sol punzante del verano aquel.
   A las doce en punto se sirvió el almuerzo. Hubo un gran aplauso cuando los mozos en fila llegaron hasta la mesa llevando los platos con los más exquisitos manjares. Cuando se sirvió el vino, Ema se dirigió a la concurrencia y agradeció a toda la villa la presencia y aprovecho para despedirse, prometiendo volver muy pronto – o nunca- si es que el éxito de la gira la llevaba muy lejos o la traía de regreso abatida.

   Los comensales degustaron cada plato con gran placer. Cada bandeja era recibida en la mesa con un aplauso general. Comieron hasta reventar las costuras; bailaron al son de la orquesta y volvieron a comer. Para el momento de los postres, Ema estaba exhausta y los mozos transpirados a más no poder bajo el sol incandescente de la tarde que llegaba.
   Al final de los dulces, la gente comenzó a calmarse, volvieron a sus asientos. Así -como un gran pájaro que sobrevoló la mesa- la modorra de la digestión y la hora de la siesta los envolvió. Empezaron de a uno a quedarse repentinamente dormidos en las mesas, en sus sillas, en el suelo; caían como moscas a la calle. Era la más grande siesta comunitaria vista después de un banquete. 

   Y la más larga, por cierto…
   Tan larga, que recién cuando los primeros rayos de sol de la mañana siguiente comenzaban a caldear los cuerpos de toda la villa, los comensales fueron despertándose del letargo en el que habían caído –cual bellas durmientes- como víctimas del maleficio de una bruja.

   Los camiones de “La Riquísima” ya se habían marchado, con sus carpas, sus cocinas portátiles, sus ollas y sus vajillas. Solo quedaba la gran mesa donde la gente había dormido toda la tarde y la noche anterior. Algunos manteles arrastrados por el piso, junto a alguno que otro cubierto o utensilios que no habían alcanzado a llevarse.
     Las puertas de las casas de todo el pueblo estaban abiertas de par en par, cuando los habitantes volvieron y vieron azorados como habían desaparecido todas sus pertenencias.

Canción: SABOR A MI - LILA DOWNS

No hay comentarios: