Doblaron la esquina como venían - casi volando - y
así fue como el más chico de los dos hermanos voló de su bicicleta al patinar
la rueda delantera con la arena que protegía el pavimento recién hecho de la
calle.
La casita estaba en la mitad de la cuadra, y era la
mitad de otra casita con la que compartía el techo a dos aguas de tejas rojas.
Fernando era el mayor. Apenas había llegado a la
adolescencia. Marcos era tres años menor – aun un niño – que copiaba a su
hermano en todo lo que hacía como si fuese un espejo.
Solo se raspo las rodillas, y aunque quiso llorar,
su hermano mayor le dijo – eres grande - al ver que estaba al borde de las
lágrimas.
El último trecho lo hicieron andando con las
bicicletas al lado. La de Fernando era nueva – por sus 14 años – y la de Marcos
era la que Fernando había dejado por la nueva. Así es como funcionaba ese engranaje, con la ropa,
con los libros de la escuela y con las bicicletas.
Marcos siempre le decía - ¿por qué yo siempre voy
detrás de ti y tengo que usar todo lo que tu dejas?- y Fernando le contestaba – no siempre. Cuando yo digo “mi hermano y
yo”, estas tu primero.
- ¿y por qué no lo dices al revés?- le decía Marcos.
- porque tú eres más importante que yo.- Le respondía su hermano.
La puerta de la casa estaba despintada e hinchada
por la humedad. Las dos vueltas de llave no bastaron para abrirla. Un par de
empujones después, la puerta se abrió de golpe azotándose contra la pared de la
sala.
Hacia 10 meses que se habían ido los últimos
inquilinos que la habían habitado, tiempo suficiente para que la casa parezca
abandonada; hasta las hormigas habían hecho sus hormigueros en los rincones
pensando que ya nadie iría a vivir allí.
Fernando abrió las ventanas de par en par para
ventilar el olor a encierro y a otra gente, para que se volaran los fantasmas
ajenos y los momentos vividos de otros, mientras Marcos recorría cada
habitación inspeccionándolo todo.
- ¿Cuál era nuestra habitación Fernando?
- aquella del fondo, ¿no te acuerdas?, le contesto
su hermano – tu dormías arriba y yo abajo.
- no me acuerdo- respondió marcos frunciendo la
boca y moviendo hacia un lado y al otro los ojos, pensándolo.
- ¡no puede ser!- se enojó Fernando; mientras las
arañas de los marcos de las puertas trataban de defender su tejido de hilos imperceptibles
al ver que habían llegado intrusos otra vez.
- ¿y que vamos a hacer Fer?- preguntó el pequeño,
-¿vamos a limpiar la casa?
-no, no – le respondió Fernando, - de nada valdría
limpiarla. Enseguida volvería a ensuciarse todo; las ventanas no cierran muy
bien, y por debajo de las puertas entran hojas y tierra.
- entonces ¿a qué hemos venido?
- vinimos a arreglar el jardín, Marcos.
La puerta de la cocina que salía al jardín estaba
atorada; Fernando abrió la ventana y salto hacia el patio. Después de muchos
golpes logro abrir la puerta haciendo peligrar los vidrios protegidos por
muchas capas translúcidas de tierra acumulada con los meses.
- Esta gente era muy sucia – opinó Marcos – hay
tierra por todos lados.
Entonces Marcos le respondió – no hermano, es el
tiempo. El tiempo va tapando y escondiendo todo, capa sobre capa, para
resguardar los recuerdos. Tanto, que a veces hay que frotar fuerte para que
vuelvan a aparecer claros frente a nuestros ojos.
El pequeño no hacía más que mover la boca como si masticara cada palabra que su hermano
mayor le decía. – Vayamos al patio ya- y corrió hacia afuera.
Al salir de la cocina, el patio era de baldosas
grandes de cemento gris al igual que los tapiales prefabricados que cumplían la
función de medianera entre terrenos vecinos.
Al final del patio – detrás de la cochera- estaba
el jardín.
El otoño estaba recién llegado; el calor era
intenso y el sol aun quemaba todo a su paso, en estas latitudes donde la
primavera, el verano y el otoño se funden en una sola estación calurosa y donde
el invierno solo es como un refresco ante tanto sofocón.
El jardín – que ya no lo era, técnicamente – era un
gran yuyal descolorido. Arboles grandes y descuidados cual selva enmarañada
dentro de la cual no se sabe que podemos encontrarnos.
Junto a las ruinas de la pérgola invadida por una
Glicina de troncos gruesos, retorcidos y leñosos había un gran pino erguido y
siempre verde.
- Mira Marcos – dijo Fernando a su hermano. - el
pino que Papá planto aquella navidad, ¿te acuerdas?, ¿te acuerdas que lo
llenaba de guirnaldas de lamparitas de colores?, esas que andan dando vueltas
por el galpón de la casa de los abuelos; armaban la mesa aquí mismo, mira, y
venían los abuelos, los tíos, nuestros primos… que jugábamos a la orquesta,
usando ollas como tambores y tapas como platillos, seguramente lo recuerdas.
- sí, creo que me acuerdo – decía Marcos, aunque
cambiaba el tema y decía: - a colita le hubiese gustado correr por el patio y
meterse entre los yuyos.
- si no estuviera tan gordo ese perro y si se
hubiese quedado quieto en el canasto de la bici podríamos haberlo traído –
contesto Fernando – al menos nos dejó el espacio para traer el radiograbador.
- ¿y entonces?, ¿Qué vamos a hacer?
- bueno, vamos a cortar toda esta maleza Marcos;
así anda y trae las herramientas que trajimos.
Marcos fue hacia adentro y trajo consigo la bolsa
que aun colgaba de su bicicleta. Allí había unas tijeras de podar grandes y
otras más chicas, además de guantes de jardinero y unos sombreros de paja para
no insolarse, además de un rastrillo y una pala atados a la bicicleta de
Fernando.
Así que pusieron música, y manos a la obra.
Cortaron yuyos a diestra y siniestra y a medida que
avanzaba por el jardín hacia el fondo iban descubriendo y desenterrando el
pasado escondido.
- Aquí hay algo duro – dijo Marcos.
Desmalezaron algo que parecían unos cimientos, o
restos de placas de cementos similares a las de los tapiales.
- ¡Esta es la pileta Marcos!, ¿te acuerdas de la
pileta?, seguro te acuerdas, tenemos fotos aquí con Papá y Mamá.
- pues a mí no me parece que esto sea una pileta -
contesto Marcos, - veo solo una montaña de pedazos de cemento.
- bueno, ¡es que son partes de la pileta!, la había
construido Papá – contestó ofuscado Fernando al ver que su hermano estaba incrédulo.
– por eso están estos ligustros alrededor y aquella puertita de hierro. Por ahí
se entraba.
Marcos observo la escena y no dijo nada, siguió
avanzando con la cortadora de césped manual de aspas que había en el galpón;
herrumbrada pero aun afilada.
El terreno llegaba hasta la mitad de la manzana.
Había arboles de todo tipo muy crecidos y descuidados.
- Este es un Aromito - le mostraba Fernando a su
hermano. – y este es un Ceibo. Aquel es un Jacaranda como el de la canción y
aquel una Magnolia. Este es un Duraznero en flor y aquel un Laurel. Todos estos
árboles dan muchas flores en primavera; a Mamá le gustan muchos las flores, por
eso Papá planto estos árboles para ella cuando vinieron a vivir a aquí –
Fernando se había parado sobre una pila de ladrillos que una enredadera de
campanillas se había apoderado y señalaba con una rama cada especie a su
hermano.
- y aquello del fondo contra el tapial ¿Qué es? - Marcos
quiso acercarse pero la dimensión de los matorrales lo sobrepasaba en altura.
- son bananeros – dijo Fernando. – y hasta hay
monos ahí dentro, todos los bananeros tienen monos, ¿no lo sabias?
Marcos no hacía más que abrir la boca.
- ¡y cierra esa boca que se te van a meter las
langostas! rió Fernando.
En ese momento, algo se movió entre la maleza y
corrió hacia ellos; los hermanos corrieron hacia la casa; Marcos gritaba. Una
vez en el patio de cemento vieron como un gato inmenso, gordo y amarillo
trepaba el tapial y detenía su carrera para observarlos.
Marcos lo llamó: - ¡Bigote! ¡Bigote!- pero el gato
dio media vuelta y salto al patio del vecino.
- No se acuerda de nosotros – dijo Fernando – tú no
te acuerdas porque eras muy pequeño; pero ese era nuestro gato Bigote.
El calor de la tarde estaba mermando y Fernando se
sentó en el umbral de la puerta de calle a fumar un cigarrillo - que traía
escondido en su zapatilla – como si viviera en la casa y acostumbrara a hacerlo
cada día de su vida, mientras saludaba a los vecinos que pasaban. Marcos,
mientras tanto, hurgaba en los rincones, y mataba hormigas a pisotones.
- ¿Por qué nos fuimos de esta casa, a vivir a lo de
los abuelos? - Pregunto marcos a su hermano.
- porque… Mamá ya no quería ver la casa después de
que Papá murió, además, por aquí no
había una escuela cerca para que tu fueras, es por eso… contesto Fernando.
- y ¿por qué Mamá no quería verla?
- Porque…mmm, porque es fea, por eso no quería
verla.
- A mí no me parece fea - replico Marcos.
- Pues… a la gente grande una casa le parece fea
cuando le trae malos recuerdos – contesto Fernando mientras apagaba el
cigarrillo a medio fumar para poder seguir fumándolo más tarde.
- pero según lo que me cuentas, no me parecen
recuerdos malos – dijo Marcos – entonces, ¿Mamá no va a querer que volvamos a
vivir a acá?, ¿por eso le mentiste cuando salimos de casa?
- pues claro, ella no quiere que vengamos, Marcos; por
eso le he robado la llave, descubrí donde la escondía, así que chito la boca –
contesto Fernando.
- entonces, ¿para qué estamos limpiando el jardín?
– pregunto Marcos.
- lo vamos a hacer nuestro lugar, nuestro
escondite- respondió Fernando – vamos a recordar porque nos gustaba vivir aquí
y me vas a ayudar a convencer a Mamá de que volvamos a esta casa.
- ¡pero yo no me acuerdo de nada Fernando!
- eso crees, pero vas a ver que de a poco vas a ir
recordándolo todo, ¿acaso no te acuerdas del gato?
- Mmm, creo que si – respondió entre dientes
Marcos.
Los hermanos volvieron al jardín para seguir con la
tarea de desmalezar el lugar. En cada sector despejado encontraban objetos y
enseres entre los yuyos secos que el sol y el tiempo habían ocultado. Las
enredaderas subían y corrían por todos lados cual serpientes verdes
infinitamente largas.
- Mira Marcos, aquí está el juego de jardín que
usaba Mamá para tomar el Té con sus amigas. Y mira aquí, hay una rueda oxidada
¡de tu primer triciclo!
- Por aquí había dos estatuas que flanqueaban la
entrada al garaje, ¿las recuerdas?, deben estar por aquí tiradas, tenemos que
encontrarlas.
Cada descubrimiento era festejado cual hallazgo
arqueológico. Cada metro de maleza ocultaba como ruinas olvidadas, recuerdos de
familia como civilizaciones perdidas.
- Mira Marcos, de esta rama del Ceibo colgaba
nuestra hamaca, la que ahora tenemos colgada en el patio de los abuelos; a ti
no te gustaba hamacarte aquí porque tenías miedo de que la hamaca diera vueltas
y terminaras enroscado en la rama del árbol, ¿te acuerdas marcos?
- a mi este juego no me está gustando – dijo marcos
– yo no me acuerdo de nada.
- ¡ya vas a acordarte!, créeme, ya vas a acordarte.
La tarde estaba terminando y los hermanos tenían
que volver su casa, bueno, a la casa de los abuelos, para que su Mamá no
preguntase tanto.
Dejaron las herramientas, cerraron las ventanas y
regresaron en sus bicicletas.
- Mañana volvemos, Marcos, tenemos que dejar el
jardín como era antes.
En los días subsiguientes volvieron a la casa
abandonada. Sacaron las ramas secas y los yuyos cortados a la calle para que se
los llevara el camión de la basura. Acomodaron las macetas quebradas y caídas y
regaron las plantas casi muertas que tenían.
Llevaron lonas y se acostaron al sol del otoño a
comer galletas con jugo de naranjas que llevaban en sus cantimploras de
explorador. Y mientras Fernando se fumaba su cigarrillo, le contaba a Marcos
más historias de la casa, la gente que la visitaba, las reuniones que se
organizaban y lo felices que eran todos juntos ahí.
Al final del otoño, una tarde después de la
escuela, Fernando entro a la casa de los abuelos y encontró la llave de la casa
arriba de la mesa de la cocina. La madre, por unas vecinas del otro barrio
había descubierto el engaño, entonces, La casa se iba a alquilar nuevamente.
Allí estaba Marcos, esperando a Fernando enojado.
- ¡eres un mentiroso!, mentiroso, mentiroso – le
dijo a Fernando mientras lo golpeaba en el pecho con los puños cerrados. – ¡me
llevaste todos estos días a esa casa mugrienta para mentirme!, trate de
convencer a Mamá de que no alquilase la casa, le dije que fuéramos a vivir otra
vez a allí, le dije de los recuerdos, de las cosas que dejamos ahí y que nos
estaban esperando. Ella me dijo que no había dos estatuas en la puerta del
garaje, que no había una pileta, ni gato, ni monos en los bananeros, y que yo
no podía acordarme de nada ¡porque aún no había nacido cuando se fueron de esa
casa!
Fernando lo miro conteniendo las lágrimas - porque
era grande – y le dijo: - perdón hermano, mi intención no era engañarte. Solo
quería que los dos fuéramos felices como yo lo fui cuando era chico y vivía en
esa casa con Mamá y Papá. Quería a Papá otra vez vivo y a Mamá juntos otra
vez, aunque fuese en recuerdos
inventados. Pero ya veo hermanito, que con el pasado no se puede jugar; siempre
termina ganando.
Y la casa otra vez fue abandonada a su suerte.
Ocupada por vidas ajenas, de familias que no eran la nuestra. De gente sin
vivencias que la ocupaba unos meses y se iba sin tristeza. Muchas manos
diferentes abriendo picaportes y ventanas que no le pertenecían, siempre
desconocidas.
La maleza volvió a crecer. Creció sin parar como un
bosque de espinas. Las hiedras ahogaron todos los espacios. Los arboles
extendieron sus ramas por todos lados tornando el jardín impenetrable. Y los
recuerdos, volvieron a quedar escondidos entre Madreselvas y Aromos amarillos,
hasta que alguien los vuelva a descubrir.
Cancion: PAISAJE - FRANCO SIMONE
Cancion: PAISAJE - FRANCO SIMONE

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