Nunca me surgió esa necesidad - de la mayoría de los escritores- de
escribir sobre asesinatos. Siempre me pareció un lugar común muy poco original.
Pero muchas veces aparece -como algo inevitable- el deseo de matar algo o a
alguien; y nada mejor que hacerlo mediante un escrito o un cuento. Es menos
arriesgado y totalmente legal. Puede ser tan sangriento como queramos y así
mismo seguir siendo permitido.
A veces, matamos sin querer: sueños, recuerdos o lo que fuimos hace
tiempo. Otras veces matamos tan intencionalmente que deberían encarcelarnos
solo por el hecho de pensarlo o ejecutarlo en sueños de siesta.
Matar recuerdos que nos carcomen por dentro – por otra parte- debería estar
totalmente permitido.
Matar es mejor que resolver una situación complicada o dolorosa, o evitar
un encuentro inesperado. Pensar que el otro ya no existe es más fácil que
olvidarlo.
Entonces tuve que hacerlo. Era el momento de cerrar la ventana. Las noches
de primavera suelen ser frías. Pero lo suficientemente cálidas al pensar en lo
que vendrá después, con el correr de los días o con solo pensar en el invierno
que paso detrás de nosotros.
Ya había flores en los jarrones de la casa. Ella las compraba cada
mañana y las llevaba cuando regresaba del pueblo por la tarde. A él, le parecía
que el aroma de las flores no era el mismo cuando hace frío. Los días cálidos,
las flores son un respiro, huelen a fresco; en cambio en los fríos huelen a
muerte y a velorio.
Lorenzo Márquez la esperaba cada tarde sentado en su sillón junto a la
ventana que mira al jardín. Cada vez que escuchaba las llaves queriendo entrar en
la cerradura de la puerta, tumbaba la cabeza de lado y fingía dormitar.
Marina López, entraba silenciosa y se llevaba un florero a la cocina
para ponerle agua y acomodar el ramo que traía.
De esta manera, Lorenzo evitaba el incómodo momento en el que ella entraba
y lo saludaba casi por obligación sin darle un beso, y se apresuraba a
refrescar las flores para que no murieran después de haber pasado el día fuera
del agua.
Eran dos enemigos compartiendo un techo, que solo se amigaban cuando compartían
las sabanas. Y después en la mañana todo volvía a la normalidad, la normalidad
de los enemigos.
Tan difícil era aceptar que todo había terminado que arrastraban ese
amor que se habían tenido por el suelo -desgastado y corroído- como se
arrastran las cadenas de los esclavos.
Cada mañana, en el jardín de la casa, nacían más flores en las plantas
de los canteros y las macetas. La primavera avanzaba. Pero Marina prefería las
flores ajenas, cultivadas por manos extrañas. Mientras en su propia casa -cuando
la primavera se fundía con el verano- los canteros parecían matorrales y Lorenzo tenía
que cortar todo con una guadaña hasta dejar el jardín como un páramo desolado
para que el sol del verano finalmente lo calcinara.
Hacía varios años que esto ocurría – todos en el pueblo lo sabían - pero
este iba a ser el último.
Lorenzo pasaba todo el día en su escritorio escribiendo, juntando rabia
y palabras. Letra por letra hundía la punta de la pluma ahogada en tinta en las
hojas de su cuaderno de notas hasta que se calaban cual encaje de papel
amarillentado por el tiempo; se salía de los márgenes y de los renglones,
llenaba cada espacio de oraciones, verbos y sustantivos. Arrancaba las hojas y
volvía a empezar.
Entonces, tuvo que hacerlo. La espero como cada tarde dormitando en el sillón
junto a la ventana. Fue tras ella a la cocina y se acercó sigilosamente a su
espalda. El golpe fue certero. El ruido del cristal del jarrón que estallo en
el piso sonorizo el mudo momento de tensión. Eran rosas blancas las de esa
tarde.
La fragancia de las flores del patio entraba a raudales por la ventana
abierta. La primavera ya estaba lista para explotar en nuevos brotes y
pimpollos. Por fin el aire era limpido.
Ya no dolía. No era una cruz sobre la espada. Podía respirar. El corazón
latía sin sobresaltos. Ya no estaba. Ya no existía.
La sangre – como tinta roja en el suelo gris del ayer- estaba casi seca al
llegar la mañana. La policía, se llevó como prueba: los restos de vidrio de un
tintero roto, un portaplumas, y su pluma, manchada de tinta.
Canción: MURIO LA FLOR - GERMAN DE LA FUENTE

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