miércoles, 9 de julio de 2014

Otro Cuento de Invierno: HÉLIX



Estaba concentrado en buscar su lugar en el mundo en países lejanos. París, Londres, New York; las recorrió buscando aunque sea un rincón donde sentirse parte de esas ciudades alejadas de su país y de sus raíces. Manuel viajaba cada vez que su trabajo de periodista se lo permitía. Cada viaje era seguido de otro en esa búsqueda incesante de algo más, que lo sacuda, lo seduzca, lo embruje.
Llego al pueblito de montaña casi por casualidad, empujado por habladurías y amigos que lo habían visitado, buscando descansar de su búsqueda.
El viaje en tren era casi interminable. Las montañas – paisaje estático- nunca le habían provocado nada; su amor había sido por el mar, hasta que se aburrió de su naturaleza inmensa y engañosa, plagada de sombrillas, tragos exóticos, ojotas y bronceadores.
La primera sensación al bajar del tren fue la falta de inmensidad. Sí, eso…Sintió como que ese pequeño pueblo dormía a cobijo de montañas semejantes a las paredes de una casa.
Ahí – en esa altura- Manuel se sorprendió de la cercanía del cielo, del aire y del paisaje. El paisaje que había visto desde la ventanilla del tren - las nubes grises, la vegetación baja, espinosa y seca – no le auguraban nada sorprendente.
Al salir de la estación, preguntó por la calle donde se encontraba la casita que había alquilado para pasar esos días. Había que cruzar todo el pueblo – todo el pueblo, significaba seis o siete cuadras- para llegar. Casas bajas, arquitectura colonial y pintoresquista, panaderías, dulces y conservas, tejidos y anticuarios, eran mucho más de lo que esperaba de una pequeña villa de montaña perdida en un valle desde hacía más de cien años.
Al cruzar el centro se encontró con un camino de árboles altos ,desnudos y desprotegidos ante ese invierno que llegaba al día siguiente - troncos y ramas grises, sumados a los colores secos que había visto desde el tren- la vegetación agreste se fue transformando en un bosque frondoso a medida que avanzaba en su caminata, algo que Manuel no esperaba.
Al llegar a la cabaña se alegró de que estuviera situada dentro de ese bosque serrano. A metros de ella -bajando la mirada desde la terraza- un arroyito de aguas frescas y sonoras, los arboles altos y pelados y sus hojas en el suelo tejiendo un velo ocre-naranja.
Y ahí -en medio de ese paisaje seco e invernal- estaba Ella: La Hiedra. Siempre verde, fresca y alegre, cubriendo todo el suelo, trepando por los troncos de los arboles dormidos – protegiéndolos de su desabrigo- pegada a las construcciones y a las ramas caídas como un manto protector.
A Manuel siempre le habían gustado las hiedras. Le parecían poderosas y misteriosas, más allá de su carácter invasor. Las había visto subiendo muro en ruinas y trepando los árboles en diversas zonas de Europa y Asia, en lugares sombríos entre rocas y bosques.

     Después de acomodar sus cosas en la casa y encender la salamandra de troncos para calentarse, Manuel salió a dar un paseo de reconocimiento del terreno. El camino atravesaba el bosque. Talas, Algarrobos y Molles lo poblaban. Romerillos y Chilcas y el misterio del invierno rondando por doquier.
El sol se había escondido tras las nubes. Manuel fue descubriendo a su paso casas y casonas, construcciones abandonadas y mansiones de esplendor en los años 20, que habían perdido con el paso del tiempo, su fulgor, sus fiestas, su lustre, y su alocada vida de lujos y despilfarro. Las paredes quebradas y roídas por el paso del tiempo; las tejas rotas y verdes de musgo; los portones y rejas envejecidos y herrumbrados por el óxido del tiempo perdido y del que nunca se detuvo; y la hiedra. La hiedra invadiéndolo todo, cubriendo con su telaraña húmeda y verde secreto, resguardando recuerdos y tapando pecados. Era como haber encontrado el lugar donde Dios creo el Paraíso, donde Eva halló la manzana.
Subió por la lomita y apareció allí abajo, el valle. El aroma a lavanda, tomillos y carqueja perfumaban el viento que enredaba su pelo y arañaba su cara y otra vez esa sensación de protección que había sentido al principio. Un paisaje a escala humana que no creaba rivalidad. No era la poderosa naturaleza contra el hombre insignificante, sino una hermandad.
La noche antes de irse salió a la terraza y contemplo la oscuridad del bosque, negro y silencioso. Como abrir los ojos y encontrarse con nada. Un paisaje sin imágenes, líneas ni colores, que descansa su belleza para brindarla solamente con la luz del sol. En medio de esa oscuridad no se sintió solo –por el contario- podía captar la presencia de algo o alguien volando a su alrededor, como pájaros oscuros o espíritus protectores del bosque.
En la mañana juntó sus cosas y preparo la partida. El tren salía a las once de la mañana.
Antes de irse, bajo al bosquecillo a contemplar el arroyo. Se agachó, arranco una rama de Hiedra y la metió en su bolso. Un Rey del bosque y una Reinamora lo miraban desde una rama cercana, haciendo que Manuel se sintiera como un ladrón atrapado en pleno hecho.
La partida fue triste, Manuel sintió un gran vacío. Cuando el tren dejo atrás las montañas y el valle, lloró.

Su departamento en la ciudad lo había esperado con su olor a moho y oscuridad citadina. Ahuyentó a las palomas y abrió la ventana, nada había cambiado: la vecina peleaba con su marido, los niños lloraban colgados de la reja del balcón y el perro marrón ladraba sin razón acompasadamente aburrido.
Dejo sus cosas y se dirigió a su trabajo en la redacción del diario. La hiedra dormía en un bolsillo del equipaje.
Cuando regreso, abrió la puerta apurado y se dirigió directo al bolso; durante la tarde se había acordado de su compañera de viaje encerrada en la oscuridad del bolsillo. La sacó y la puso en un frasco con agua para que reviviera. La hiedra continuaba fresca como si nada hubiese ocurrido, verde y fuerte. Puso el frasco en el alfeizar de la ventana, cerró los ojos y recordó el bosque.
Cuando su madre llego unos días después a visitarlo le preguntó que iba a hacer con ese “yuyo” que tenía en la ventana, y le dijo que la plantara en una maceta con tierra, que ahí no iba a vivir mucho tiempo donde la tenía.
Manuel ya había tenido varias plantas en macetas, pero habían muerto con tan poca luz y tanto hollín que volaba. Así que por ahí andaban las macetas con la tierra dura y agrietada, esperando una nueva huésped o víctima. Manuel removió la tierra –aún estaba tierna en la parte inferior- hizo un hueco y planto la rama de hiedra; la regó y suspiró.
Los días pasaban rápido cuando había mucha actividad en el diario. Pero cuando no pasaba nada en el país, había que inventar noticias. Era en esos momentos cuando Manuel esbozaba líneas argumentales para los cuentos que alguna vez publicaría si es que el director del diario se lo permitiera.
Tanto tiempo sentado a la máquina de escribir le estaba arruinando la espalda. Escribía y se restregaba el cuello. Escribía y enderezaba la columna en la silla.
Cada tarde al regresar del trabajo, Manuel iba a la ventana, regaba la hiedra y la contemplaba. Su color oscuro, sus hojas estrelladas, le recordaban aquel lugar, aquel viaje casi astral que había hecho. Recordaba el bosque y el silencio y esa magia que lo envolvía todo. Pero la hiedra no crecía…ni se secaba tampoco.
El país estaba complicado. Muchas corridas hacia lugares donde sucedían las noticias del día siguiente y el posterior. Más que un buen trabajo estaba tornándose en un problema.
Día tras día soñaba con el fin de semana que tuviera libre para poder volver a viajar a ese pueblito que lo había embrujado. Pero el país estaba en llamas y había que montar guardia en los lugares candentes para registrar los hechos.
Los dolores de espalda de Manuel eran cada vez más fuertes. Y la hiedra en la ventana no crecía…no sacaba ningún brote, ni se moría tampoco.
Muchas veces se quedaba dormido en el sillón giratorio del escritorio. Soñaba con montañas y con esas casas misteriosas que lo habían atrapado. Cuando se despertaba, pensaba en la hiedra que lo cubría todo y que trepaba a los árboles, y entonces hallaba paz.
La noticia que enfrió los ánimos fue la de los dos grados bajo cero que marcó el termómetro una mañana. Ya no había abrigo que bastara y las estufas eléctricas del departamento estaban a punto de hacer saltar todos los tapones, mientras la hiedra permanecía inmutable en la ventana. Manuel la entro en la cocina, la regó y la dejo al calor del interior de su casa.
Cada vez le costaba más estar sentado o de pie. El dolor en la columna vertebral era terrible; lo recorría desde el coxis hasta el atlas. Tomaba cuatro a cinco analgésicos por día. Y la hiedra en la cocina que no crecía…ni daba signos de que iba a morir tampoco.
A los dolores de espalda se sumaron fuertes puntadas y dolores de cabeza. Entonces Manuel finalmente visitó al médico. Le recetaron radiografías varias y una artillería completa de análisis de todo tipo. Y la hiedra inmutable, no crecía…
Le diagnosticaron contracturas, luego reuma y artritis y posteriormente “Espondilitis Anquilosante o Anquilopoyé. Le recetaron Sulfasalacina y metotrexato.
Manuel sufría de dolores en las extremidades y fiebre a diario. Cuando no pudo más ir a su trabajo, pasaba los días sentado junto a la ventana de la cocina contemplando su hiedra, que egoístamente, no le brindaba siquiera un brote nuevo…o atisbo de muerte.
A lo lejos recordaba aquel viaje, aquel pueblo, y aquel bosque que lo esperaba con su humedad oscura y cautivante.
Durante los días que siguieron, lo venció la fatiga y comenzó a perder movilidad en los brazos. A veces la mañana lo encontraba dormido en la silla de la cocina, por no haber podido soportar el dolor acostado en su cama. Se imaginaba caminando entre árboles, rodeado de pájaros, subiendo cuestas y respirando el aire del valle, para mitigar el dolor que recorría su cuerpo y se enredaba en sus brazos.
En noches delirantes de fiebre escuchaba las voces secretas y los pájaros habladores llamándolo por su nombre desde la espesura del bosque serrano y despertaba bañado en sudor con la sensación de estar en el suelo cubierto de hojas secas ámbar-naranja que lo asfixiaban.

Los médicos finalmente decidieron que la operación era inminente.
Esa mañana -finalmente también- cuando la ambulancia llego a buscar a Manuel para llevarlo al hospital, la hiedra comenzó rápidamente a marchitarse, sin haber extendido sus brazos por la ventana, sin haber cubierto de verde oscuro misterioso la oscuridad negra del departamento Porteño.


El informe médico de los cirujanos que practicaron la operación decía-

Esta mañana, en el Hospital de Buenos Aires, se le ha practicado una cirugía al paciente Manuel Mujica de 30 años. Procediendo a realizar varias incisiones a lo largo de la columna vertebral, al detectar una anomalía inexplicable. Finalmente hemos descubierto el total de la columna vertebral, encontrando una formación vegetal con características de Hereda Hélix –llamada vulgarmente Hiedra- naciente en el Coxis, invadiendo los agujeros sacros, trepando por las vértebras Lumbares hasta las Dorsales, enredándose en las Cervicales hasta el Atlas. Ramificándose – literalmente- hacia ambas extremidades superiores.

Y allí estaba Ella: La Hiedra, invadiéndolo todo, cubriendo con su manto húmedo y misterioso la estructura de Manuel, fuerte y poderosa, trepando por sus huesos y enamorando su alma. Resguardando secretos, tapando pecados y protegiéndolo.


Canción: ABRO LA VENTANA - LHASA DE SELA


1 comentario:

Unknown dijo...

muy original como siempre, porque me da la impresión siempre que en tus cuentos se mezclan la realidad con la ficción????
felicitaciones hijo!!!!!!!!!!!!!!!