Estaba concentrado en buscar su lugar en el mundo
en países lejanos. París, Londres, New York; las recorrió buscando aunque sea
un rincón donde sentirse parte de esas ciudades alejadas de su país y de sus
raíces. Manuel viajaba cada vez que su trabajo de periodista se lo permitía.
Cada viaje era seguido de otro en esa búsqueda incesante de algo más, que lo
sacuda, lo seduzca, lo embruje.
Llego al pueblito de montaña casi por casualidad,
empujado por habladurías y amigos que lo habían visitado, buscando descansar de
su búsqueda.
El viaje en tren era casi interminable. Las
montañas – paisaje estático- nunca le habían provocado nada; su amor había sido
por el mar, hasta que se aburrió de su naturaleza inmensa y engañosa, plagada
de sombrillas, tragos exóticos, ojotas y bronceadores.
La primera sensación al bajar del tren fue la falta
de inmensidad. Sí, eso…Sintió como que ese pequeño pueblo dormía a cobijo de
montañas semejantes a las paredes de una casa.
Ahí – en esa altura- Manuel se sorprendió de la
cercanía del cielo, del aire y del paisaje. El paisaje que había visto desde la
ventanilla del tren - las nubes grises, la vegetación baja, espinosa y seca –
no le auguraban nada sorprendente.
Al salir de la estación, preguntó por la calle
donde se encontraba la casita que había alquilado para pasar esos días. Había
que cruzar todo el pueblo – todo el pueblo, significaba seis o siete cuadras-
para llegar. Casas bajas, arquitectura colonial y pintoresquista, panaderías,
dulces y conservas, tejidos y anticuarios, eran mucho más de lo que esperaba de
una pequeña villa de montaña perdida en un valle desde hacía más de cien años.
Al cruzar el centro se encontró con un camino de
árboles altos ,desnudos y desprotegidos ante ese invierno que llegaba al día
siguiente - troncos y ramas grises, sumados a los colores secos que había visto
desde el tren- la vegetación agreste se fue transformando en un bosque frondoso
a medida que avanzaba en su caminata, algo que Manuel no esperaba.
Al llegar a la cabaña se alegró de que estuviera
situada dentro de ese bosque serrano. A metros de ella -bajando la mirada desde
la terraza- un arroyito de aguas frescas y sonoras, los arboles altos y pelados
y sus hojas en el suelo tejiendo un velo ocre-naranja.
Y ahí -en medio de ese paisaje seco e invernal- estaba Ella: La Hiedra. Siempre verde, fresca y alegre, cubriendo todo el suelo,
trepando por los troncos de los arboles dormidos – protegiéndolos de su desabrigo-
pegada a las construcciones y a las ramas caídas como un manto protector.
A Manuel siempre le habían gustado las hiedras. Le
parecían poderosas y misteriosas, más allá de su carácter invasor. Las había
visto subiendo muro en ruinas y trepando los árboles en diversas zonas de
Europa y Asia, en lugares sombríos entre rocas y bosques.
Después de acomodar sus cosas en la casa y
encender la salamandra de troncos para calentarse, Manuel salió a dar un paseo
de reconocimiento del terreno. El camino atravesaba el bosque. Talas,
Algarrobos y Molles lo poblaban. Romerillos y Chilcas y el misterio del
invierno rondando por doquier.
El sol se había escondido tras las nubes. Manuel fue
descubriendo a su paso casas y casonas, construcciones abandonadas y mansiones
de esplendor en los años 20, que habían perdido con el paso del tiempo, su
fulgor, sus fiestas, su lustre, y su alocada vida de lujos y despilfarro. Las
paredes quebradas y roídas por el paso del tiempo; las tejas rotas y verdes de
musgo; los portones y rejas envejecidos y herrumbrados por el óxido del tiempo
perdido y del que nunca se detuvo; y la hiedra. La hiedra invadiéndolo todo,
cubriendo con su telaraña húmeda y verde secreto, resguardando recuerdos y
tapando pecados. Era como haber encontrado el lugar donde Dios creo el Paraíso,
donde Eva halló la manzana.
Subió por la lomita y apareció allí abajo, el
valle. El aroma a lavanda, tomillos y carqueja perfumaban el viento que
enredaba su pelo y arañaba su cara y otra vez esa sensación de protección que
había sentido al principio. Un paisaje a escala humana que no creaba rivalidad.
No era la poderosa naturaleza contra el hombre insignificante, sino una
hermandad.
La noche antes de irse salió a la terraza y
contemplo la oscuridad del bosque, negro y silencioso. Como abrir los ojos y
encontrarse con nada. Un paisaje sin imágenes, líneas ni colores, que descansa
su belleza para brindarla solamente con la luz del sol. En medio de esa
oscuridad no se sintió solo –por el contario- podía captar la presencia de algo
o alguien volando a su alrededor, como pájaros oscuros o espíritus protectores
del bosque.
En la mañana juntó sus cosas y preparo la partida.
El tren salía a las once de la mañana.
Antes de irse, bajo al bosquecillo a contemplar el
arroyo. Se agachó, arranco una rama de Hiedra y la metió en su bolso. Un Rey
del bosque y una Reinamora lo miraban desde una rama cercana, haciendo que
Manuel se sintiera como un ladrón atrapado en pleno hecho.
La partida fue triste, Manuel sintió un gran vacío.
Cuando el tren dejo atrás las montañas y el valle, lloró.
Su departamento en la ciudad lo había esperado con
su olor a moho y oscuridad citadina. Ahuyentó a las palomas y abrió la ventana,
nada había cambiado: la vecina peleaba con su marido, los niños lloraban
colgados de la reja del balcón y el perro marrón ladraba sin razón
acompasadamente aburrido.
Dejo sus cosas y se dirigió a su trabajo en la
redacción del diario. La hiedra dormía en un bolsillo del equipaje.
Cuando regreso, abrió la puerta apurado y se dirigió
directo al bolso; durante la tarde se había acordado de su compañera de viaje
encerrada en la oscuridad del bolsillo. La sacó y la puso en un frasco con agua
para que reviviera. La hiedra continuaba fresca como si nada hubiese ocurrido,
verde y fuerte. Puso el frasco en el alfeizar de la ventana, cerró los ojos y
recordó el bosque.
Cuando su madre llego unos días después a visitarlo
le preguntó que iba a hacer con ese “yuyo” que tenía en la ventana, y le dijo
que la plantara en una maceta con tierra, que ahí no iba a vivir mucho tiempo
donde la tenía.
Manuel ya había tenido varias plantas en macetas,
pero habían muerto con tan poca luz y tanto hollín que volaba. Así que por ahí andaban
las macetas con la tierra dura y agrietada, esperando una nueva huésped o víctima.
Manuel removió la tierra –aún estaba tierna en la parte inferior- hizo un hueco
y planto la rama de hiedra; la regó y suspiró.
Los días pasaban rápido cuando había mucha
actividad en el diario. Pero cuando no pasaba nada en el país, había que
inventar noticias. Era en esos momentos cuando Manuel esbozaba líneas argumentales
para los cuentos que alguna vez publicaría si es que el director del diario se
lo permitiera.
Tanto tiempo sentado a la máquina de escribir le
estaba arruinando la espalda. Escribía y se restregaba el cuello. Escribía y
enderezaba la columna en la silla.
Cada tarde al regresar del trabajo, Manuel iba a la
ventana, regaba la hiedra y la contemplaba. Su color oscuro, sus hojas
estrelladas, le recordaban aquel lugar, aquel viaje casi astral que había hecho.
Recordaba el bosque y el silencio y esa magia que lo envolvía todo. Pero la
hiedra no crecía…ni se secaba tampoco.
El país estaba complicado. Muchas corridas hacia
lugares donde sucedían las noticias del día siguiente y el posterior. Más que
un buen trabajo estaba tornándose en un problema.
Día tras día soñaba con el fin de semana que
tuviera libre para poder volver a viajar a ese pueblito que lo había embrujado.
Pero el país estaba en llamas y había que montar guardia en los lugares
candentes para registrar los hechos.
Los dolores de espalda de Manuel eran cada vez más
fuertes. Y la hiedra en la ventana no crecía…no sacaba ningún brote, ni se moría
tampoco.
Muchas veces se quedaba dormido en el sillón giratorio
del escritorio. Soñaba con montañas y con esas casas misteriosas que lo habían atrapado.
Cuando se despertaba, pensaba en la hiedra que lo cubría todo y que trepaba a
los árboles, y entonces hallaba paz.
La noticia que enfrió los ánimos fue la de los dos
grados bajo cero que marcó el termómetro una mañana. Ya no había abrigo que
bastara y las estufas eléctricas del departamento estaban a punto de hacer saltar
todos los tapones, mientras la hiedra permanecía inmutable en la ventana. Manuel
la entro en la cocina, la regó y la dejo al calor del interior de su casa.
Cada vez le costaba más estar sentado o de pie. El dolor
en la columna vertebral era terrible; lo recorría desde el coxis hasta el
atlas. Tomaba cuatro a cinco analgésicos por día. Y la hiedra en la cocina que
no crecía…ni daba signos de que iba a morir tampoco.
A los dolores de espalda se sumaron fuertes
puntadas y dolores de cabeza. Entonces Manuel finalmente visitó al médico. Le recetaron
radiografías varias y una artillería completa de análisis de todo tipo. Y la
hiedra inmutable, no crecía…
Le diagnosticaron contracturas, luego reuma y artritis
y posteriormente “Espondilitis Anquilosante o Anquilopoyé. Le recetaron
Sulfasalacina y metotrexato.
Manuel sufría de dolores en las extremidades y
fiebre a diario. Cuando no pudo más ir a su trabajo, pasaba los días sentado
junto a la ventana de la cocina contemplando su hiedra, que egoístamente, no le
brindaba siquiera un brote nuevo…o atisbo de muerte.
A lo lejos recordaba aquel viaje, aquel pueblo, y
aquel bosque que lo esperaba con su humedad oscura y cautivante.
Durante los días que siguieron, lo venció la fatiga
y comenzó a perder movilidad en los brazos. A veces la mañana lo encontraba
dormido en la silla de la cocina, por no haber podido soportar el dolor
acostado en su cama. Se imaginaba caminando entre árboles, rodeado de pájaros,
subiendo cuestas y respirando el aire del valle, para mitigar el dolor que recorría
su cuerpo y se enredaba en sus brazos.
En noches delirantes de fiebre escuchaba las voces
secretas y los pájaros habladores llamándolo por su nombre desde la espesura
del bosque serrano y despertaba bañado en sudor con la sensación de estar en el
suelo cubierto de hojas secas ámbar-naranja que lo asfixiaban.
Los médicos finalmente decidieron que la operación era
inminente.
Esa mañana -finalmente también- cuando la
ambulancia llego a buscar a Manuel para llevarlo al hospital, la hiedra comenzó
rápidamente a marchitarse, sin haber extendido sus brazos por la ventana, sin
haber cubierto de verde oscuro misterioso la oscuridad negra del departamento
Porteño.
El informe médico de los cirujanos que practicaron
la operación decía-
Esta mañana, en el Hospital de Buenos Aires, se le
ha practicado una cirugía al paciente Manuel Mujica de 30 años. Procediendo a
realizar varias incisiones a lo largo de la columna vertebral, al detectar una anomalía
inexplicable. Finalmente hemos descubierto el total de la columna vertebral,
encontrando una formación vegetal con características de Hereda Hélix –llamada vulgarmente
Hiedra- naciente en el Coxis, invadiendo los agujeros sacros, trepando por las vértebras
Lumbares hasta las Dorsales, enredándose en las Cervicales hasta el Atlas. Ramificándose
– literalmente- hacia ambas extremidades superiores.
Y allí estaba Ella: La Hiedra, invadiéndolo todo,
cubriendo con su manto húmedo y misterioso la estructura de Manuel, fuerte y
poderosa, trepando por sus huesos y enamorando su alma. Resguardando secretos,
tapando pecados y protegiéndolo.
Canción: ABRO LA VENTANA - LHASA DE SELA

1 comentario:
muy original como siempre, porque me da la impresión siempre que en tus cuentos se mezclan la realidad con la ficción????
felicitaciones hijo!!!!!!!!!!!!!!!
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