No hacía más que
ahuyentar monstruos, mientras su madre y su abuela corrían de acá para allá
abriendo las ventanas para ventilar solo diez minutos – así dicen que hay que
hacerlo en invierno- al tiempo que cerraban las cortinas para que la luz del
sol no le lastimara los ojos a la niña que volaba de fiebre.
Era casi una tradición,
que dos veces al año – una en invierno y otra en verano- la niña se enfermara
de Anginas Virulentas. Entonces, todo funcionaba como un mecanismo perfecto de
reloj cuando esto sucedía:
Comenzaban las
vacaciones, aparecía un día la fiebre, llegaba el médico de la familia,
recetaba los antibióticos, se metía a la niña en la cama y toda la casa
cambiaba su rutina en torno a ella.
Mientras tanto -
ignorante de tanto movimiento- la niña trataba de esconderse de los monstruos
que la acechaban cada vez que el termómetro subía a cuarenta grados. Daban golpes
en las ventanas, caminaban por debajo del piso de Pinotea haciéndola crujir, corrían
por los techos de chapa de zinc y se escabullían por debajo de las puertas
cerradas y golpeaban desde adentro las puertas del ropero de la habitación, haciéndole
estallar la cabeza de dolor.
Y allí aparecía la madre,
con un cuenco de agua helada y vinagre entre las manos, para hacerle paños fríos
en la frente, y así ahuyentar la fiebre y el miedo.
Mientras tanto – para cuando
la tormenta febril terminara- la abuela preparaba en la cocina un caldo de
verduras bien cargado para alimentar a la niña que solo podía tomar líquido, ya
que sus amígdalas en llamas no le permitían pasar otro tipo de alimento.
En el comedor de la
casa, subido peligrosamente a una silla, el abuelo envolvía con un paño el péndulo
del reloj de pared para que no sonaran las campanadas a cada hora y aturdieran
a la enferma.
Cuando llegaba el alivio
del termómetro en treinta y seis grados, la madre sentada a los pies de la
cama, esperaba que la niña se durmiera finalmente y la casa quedaba en
silencio.
Hasta que una mañana después
de varios días, la niña despertara y gritara: Abuela!!!
Y la abuela correría a
abrir de par en par las ventanas de la habitación porque la niña estaría curada.
Un sonido agudo la despertó.
La mujer se levantó de la cama casi tambaleándose, se calzo y se puso la bata. Atendió
el portero eléctrico. Abajo, una voz le decía: Médico de guardia señora!. La mujer
se abrigo y bajo por el ascensor. En la casa casi en penumbras, rondaban los
monstruos de la fiebre, estaban entre las sabanas y dentro de los placares, pero
los fantasmas que la cuidaban ya no estaban.
Canción: CUENTO QUITAMIEDOS - PAULINE EN LA PLAYA

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