domingo, 14 de septiembre de 2014

Otro Cuento Más de Verano: UN PUNTO EN EL HORIZONTE




Hay una línea azul, allá, al fondo de la vista, que se une – perpendicular - con la línea marrón de tierra del camino.
Hay un punto, en la cruz que forman el  horizonte y el camino, que es más allá, que es incierto y futuro. Más allá de los inmóviles montecitos de árboles y los alambrados. Más allá de las aguadas de los caballos y los campos sembrados de maíz. Allá, donde se acumulan las nubes. Ese punto que solo las bandadas de pájaros conocen porque es hacia donde vuelan siempre.
Hay un hombrecito en el pueblo de campo en que nací, que veo cada vez que vuelvo a visitarlo. Él va siempre en su bicicleta, pausado y tranquilo. Y recuerdo haberlo visto desde mi niñez, siempre vestido con un overol  tostado -un tanto grande- mezcla de explorador y raro experimento, pedaleando sin rumbo por el pueblo. Lo recuerdo pasando por la ventana de mi casa y saludando con un toque de gorra a mi abuela que barría la vereda bajo el sol de las mañanas de verano.
Cada vez que vuelvo a verlo, me pregunto – como antes también me lo preguntaba- cómo será su vida y si ha sido igual desde que lo conozco. Y pienso también, cuan tranquilo vive alguien que hace todos los días de su vida lo mismo, a la misma hora y en el mismo lugar físico. Me pregunto también, qué rituales celebrará - además de dar vueltas por el pueblo como un caballo de noria - mientras los demás siempre estamos buscando que nueva cosa hacer; que meta inventar y alcanzar; a qué país lejano viajar. Y querer siempre más, y avanzar, y subir, y llegar…
Según me contaron, el hombrecito nunca viajo. No sabe de mapas ni de rutas, y menos de otras costumbres e idiomas. Dicen los del pueblo que cuando alguien le pregunta por algún lugar - cercano o lejano- él le contesta que nunca ha salido del pueblo, porque “tiene las raíces muy cortas”.
Hay una historia que cuenta que el hombrecito alguna vez fue niño también y recorría el poblado en la misma bicicleta, que alguna vez fue de su abuelo y más cercanamente de su padre.
Vivía con su madre en una casa modesta pero confortable, que había comprado su padre –peso a peso- durante su vida, trabajando como obrero en la fábrica de camiones hasta que murió de alguna enfermedad de la época.
La madre, que siempre había sido ama de casa, al encontrarse sola y con un niño que criar y mantener, perdió la cordura. Era buena madre, aunque un poco seca y poco demostrativa. Tenía ataques de ira repentinos y malos tratos con quienes querían ayudarla.
El niño era tranquilo, muy casero; responsable y obediente, aunque con pocas luces para la escuela. Esto era uno de los detonantes por los cuales la madre explotaba en furia de vez en cuando y le decía que era un “bueno para nada” y lo echaba a los gritos de la casa, diciéndole que se vaya y no vuelva, igual que su padre lo había hecho.
Entonces el niño bajaba la cabeza, buscaba su bicicleta en el galponcito y salía a la calle.
Hay cuatro caminos que salen del pueblo y llevan a otros lugares: Un camino hacia el Este, que lleva al pueblo más cercano. Un camino hacia el Oeste que termina en una estación de tren casi abandonada y un gran monte de Eucaliptus. Y el camino de la virgencita – que no se si existe, ya que las veces que fui a buscarla, nunca la encontré- hacia el Sur. Y el cuarto camino, que lleva al cementerio y te lleva del pueblo también, pero con las patas hacia adelante y para siempre.
Muchas veces el niño tomaba ese camino y pasaba la tarde frente a la tumba de su padre haciendo tiempo mientras se le pasaba el berrinche a su madre.
Otras veces salía de su casa y se dirigía al camino del Este. Maldiciendo entre dientes, llegaba hasta el camino de tierra y pedaleaba sin parar hasta el puente del ferrocarril y antes de pasar por debajo, miraba hacia adelante y hacia atrás y pegaba la vuelta, porque ya era tarde y anochecía.
Las veces que tomaba el camino del Oeste y llegaba a la estación, se quedaba horas contemplando los trenes oxidados que iban hacia las montañas, pero no subía a ninguno. Los miraba marcharse -aferrado a la bicicleta- hasta que se los tragaba el horizonte. Entonces volvía a su casa, cuando despuntaba la tarde, esperando la calma de su madre ofuscada.
El camino del Sur era el más temido por el niño. Porque era largo, recto y parecía que no tenía fin. No sabía hacia donde llevaba. Solo sabía lo de la capilla de la virgencita, pero – hasta donde él lo había recorrido- no la había encontrado.
Por ese camino, la noche anterior al día de la virgen, todo el pueblo iba en procesión, caminando en la oscuridad del campo, portando velas encendidas. Cantando y rezando. Esas noches, cada año, su madre lo arrastraba con ella en el calor sofocante de Diciembre, hasta que él se soltaba de su mano y escapaba hacia el pueblo corriendo, esquivando creyentes - santos, velas ardientes, viudas oscuras y niños tan asustados como el - que iban en la corriente contraria.
Siempre recuerdo ese camino polvoriento e interminable en el extremo lejano del pueblo.
Ahora ese camino antiguo de tierra esta asfaltado, y ya no es lejano, ya que el pueblo es una ciudad que creció hasta su nacimiento. Ese camino antes incierto y futuro, ahora lleva hacia la autopista. Esa autopista que me llevo a mí y a muchos otros lejos del pueblito perdido en el medio del campo.

Hoy cuando manejaba por el camino hacia la autopista, volví a cruzar al “hombrecito de las raíces cortas”. Estaba parado, montado en su bicicleta al costado del camino, como congelado en el tiempo, mirando fijamente hacia un punto en el horizonte. Ese punto donde ahora se vislumbran muchas luces. El mismo punto hacia donde vuelan todas las bandadas de pájaros. Tan incierto y misterioso para él y tan conocido para mí.



Canción: POR ESO ME QUEDO - LHASA DE SELA

2 comentarios:

Aleja dijo...

Siempre tan lindo... tan reales... tan vividos.

sebas dijo...

Que lindo!! Felicitaciones!!