Hay una línea azul, allá, al fondo de la vista, que
se une – perpendicular - con la línea marrón de tierra del camino.
Hay un punto, en la cruz que forman el horizonte y el camino, que es más allá, que
es incierto y futuro. Más allá de los inmóviles montecitos de árboles y los
alambrados. Más allá de las aguadas de los caballos y los campos sembrados de
maíz. Allá, donde se acumulan las nubes. Ese punto que solo las bandadas de
pájaros conocen porque es hacia donde vuelan siempre.
Hay un hombrecito en el pueblo de campo en que
nací, que veo cada vez que vuelvo a visitarlo. Él va siempre en su bicicleta,
pausado y tranquilo. Y recuerdo haberlo visto desde mi niñez, siempre vestido
con un overol tostado -un tanto grande- mezcla de explorador y raro experimento, pedaleando
sin rumbo por el pueblo. Lo recuerdo pasando por la ventana de mi casa y
saludando con un toque de gorra a mi abuela que barría la vereda bajo el sol de
las mañanas de verano.
Cada vez que vuelvo a verlo, me pregunto – como antes
también me lo preguntaba- cómo será su vida y si ha sido igual desde que lo
conozco. Y pienso también, cuan tranquilo vive alguien que hace todos los días
de su vida lo mismo, a la misma hora y en el mismo lugar físico. Me pregunto también,
qué rituales celebrará - además de dar vueltas por el pueblo como un caballo de
noria - mientras los demás siempre estamos buscando que nueva cosa hacer; que
meta inventar y alcanzar; a qué país lejano viajar. Y querer siempre más, y avanzar,
y subir, y llegar…
Según me contaron, el hombrecito nunca viajo. No sabe
de mapas ni de rutas, y menos de otras costumbres e idiomas. Dicen los del
pueblo que cuando alguien le pregunta por algún lugar - cercano o lejano- él le
contesta que nunca ha salido del pueblo, porque “tiene las raíces muy cortas”.
Hay una historia que cuenta que el hombrecito
alguna vez fue niño también y recorría el poblado en la misma bicicleta, que
alguna vez fue de su abuelo y más cercanamente de su padre.
Vivía con su madre en una casa modesta pero
confortable, que había comprado su padre –peso a peso- durante su vida, trabajando
como obrero en la fábrica de camiones hasta que murió de alguna enfermedad de
la época.
La madre, que siempre había sido ama de casa, al
encontrarse sola y con un niño que criar y mantener, perdió la cordura. Era
buena madre, aunque un poco seca y poco demostrativa. Tenía ataques de ira
repentinos y malos tratos con quienes querían ayudarla.
El niño era tranquilo, muy casero; responsable y
obediente, aunque con pocas luces para la escuela. Esto era uno de los
detonantes por los cuales la madre explotaba en furia de vez en cuando y le
decía que era un “bueno para nada” y lo echaba a los gritos de la casa, diciéndole
que se vaya y no vuelva, igual que su padre lo había hecho.
Entonces el niño bajaba la cabeza, buscaba su
bicicleta en el galponcito y salía a la calle.
Hay cuatro caminos que salen del pueblo y llevan a
otros lugares: Un camino hacia el Este, que lleva al pueblo más cercano. Un
camino hacia el Oeste que termina en una estación de tren casi abandonada y un
gran monte de Eucaliptus. Y el camino de la virgencita – que no se si existe,
ya que las veces que fui a buscarla, nunca la encontré- hacia el Sur. Y el
cuarto camino, que lleva al cementerio y te lleva del pueblo también, pero con
las patas hacia adelante y para siempre.
Muchas veces el niño tomaba ese camino y pasaba la
tarde frente a la tumba de su padre haciendo tiempo mientras se le pasaba el berrinche
a su madre.
Otras veces salía de su casa y se dirigía al camino
del Este. Maldiciendo entre dientes, llegaba hasta el camino de tierra y pedaleaba
sin parar hasta el puente del ferrocarril y antes de pasar por debajo, miraba
hacia adelante y hacia atrás y pegaba la vuelta, porque ya era tarde y
anochecía.
Las veces que tomaba el camino del Oeste y llegaba
a la estación, se quedaba horas contemplando los trenes oxidados que iban hacia
las montañas, pero no subía a ninguno. Los miraba marcharse -aferrado a la
bicicleta- hasta que se los tragaba el horizonte. Entonces volvía a su casa,
cuando despuntaba la tarde, esperando la calma de su madre ofuscada.
El camino del Sur era el más temido por el niño. Porque
era largo, recto y parecía que no tenía fin. No sabía hacia donde llevaba. Solo
sabía lo de la capilla de la virgencita, pero – hasta donde él lo había
recorrido- no la había encontrado.
Por ese camino, la noche anterior al día de la
virgen, todo el pueblo iba en procesión, caminando en la oscuridad del campo,
portando velas encendidas. Cantando y rezando. Esas noches, cada año, su madre
lo arrastraba con ella en el calor sofocante de Diciembre, hasta que él se
soltaba de su mano y escapaba hacia el pueblo corriendo, esquivando creyentes - santos,
velas ardientes, viudas oscuras y niños tan asustados como el - que iban en la
corriente contraria.
Siempre recuerdo ese camino polvoriento e
interminable en el extremo lejano del pueblo.
Ahora ese camino antiguo de tierra esta asfaltado, y
ya no es lejano, ya que el pueblo es una ciudad que creció hasta su nacimiento. Ese
camino antes incierto y futuro, ahora lleva hacia la autopista. Esa autopista
que me llevo a mí y a muchos otros lejos del pueblito perdido en el medio del
campo.
Hoy cuando manejaba por el camino hacia la
autopista, volví a cruzar al “hombrecito de las raíces cortas”. Estaba parado,
montado en su bicicleta al costado del camino, como congelado en el tiempo,
mirando fijamente hacia un punto en el horizonte. Ese punto donde ahora se vislumbran
muchas luces. El mismo punto hacia donde vuelan todas las bandadas de pájaros.
Tan incierto y misterioso para él y tan conocido para mí.
Canción: POR ESO ME QUEDO - LHASA DE SELA

2 comentarios:
Siempre tan lindo... tan reales... tan vividos.
Que lindo!! Felicitaciones!!
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