lunes, 7 de abril de 2014

VIAJAR: VIDAS PARALELAS

Introducción a los "Cuentos de valijas"




Viajar…
Soy de la idea de que viajar es nacer de nuevo. Viajar da la posibilidad de dejar de ser quienes somos y pretender ser una persona nueva, gestando una nueva vida en cada tren o avión, y naciendo en cada aeropuerto o estación, en ciudades alejadas o cercanas, pero siempre paralelas.
Siempre y cada vez que vuelvo de un viaje, ronda por mi cabeza la idea de las “vidas paralelas”. Y no la idea sobrenatural de la cosa, sino la real: Ayer estaba tomando mi café en la mesa de un bar de una ciudad muy lejana, al lado de una persona que hoy está tomando su café en esa misma mesa, en esa misma ciudad, mientras yo estoy escribiendo esto sentado en el sillón de mi sala y a miles de kilómetros de distancia.
Quizás ayer,  nuestras mañanas fueron parecidas, compartiendo ese bar en esa ciudad, pero esta mañana tuvimos mañanas diferentes o quizás parecidas también pero en ciudades paralelas.
No sé si suena demasiado complejo. El tema es que siempre pienso en esto cuando extraño el lugar de donde volví de viaje, y envidio a ese hombre sentado en esa mesa lejana.
Quizás porque vivimos en la cola del mundo, rodeados de agua y en condiciones diferentes a otros países en algunos casos. Quizás porque siempre deseamos ser diferentes. Quizás porque muchas veces quisiéramos ser otros, hablar otro idioma, pensar diferente, comer otras comidas, escuchar otra música en las mañanas, tener otra religión, y definitivamente otra piel. O simplemente por curiosidad; o por querer comprobar con nuestra propia mirada que aquellas imágenes que vimos desde siempre en fotografías y películas realmente existen, y no son un engaño más de la  magia de la imagen.
Viajar nos permite mostrarnos a las nuevas personas que conocemos tal cual somos, u ocultarlo. Podemos inventar una vida, un nombre, un pasado, un presente, una personalidad y un estado de ánimo.
En un viaje podemos darnos el lujo de perder el tiempo en una mesa de café, ya que nuestra realidad se quedó congelada en nuestra ciudad de origen esperando nuestro regreso para continuar.
Quizás por eso me gusta vivir las ciudades que visito como un habitante más y no como un turista. Ese espectador fotográfico y tripulante del autobús de un “city tour”, que ve todo desde arriba y apurado, a través del ojo de una cámara, como pasando páginas de un libro de imágenes.
Quizás -sigo insistiendo en elucubrar- por eso también es que me guste coleccionar tazas de café de los lugares que visito. Seguramente cada vez que las uso siento que estoy tomando mi café en aquella mesa de New York, Londres o Paris; sentado al lado de aquel hombre que hoy se despertó en esas tierras paralelas a las mías.
Si viajar es como nacer, entonces, “volver” y “morir” serian sinónimos para algunos: para los que respiraron con otro nombre, los que caminaron con otra profesión, los que exploraron con otro pasado. Es como un ataque al corazón, una muerte súbita, un desmoronamiento de rascacielos y monumentos, de vivencias y sensaciones.
Y seria renacer, para aquellos que estuvieron todo el viaje pensando en lo que dejaron en su tierra: un amor, una vida…
Y si vamos a hablar de vidas paralelas, también podemos hablar de la separación del cuerpo y del alma. Y no la idea sobrenatural de la cosa, sino la real: La obligación del cuerpo de volver a la ciudad que habitamos y la necesidad del alma de quedarse a miles de kilómetros vagando sin sentido, iluminada por luces que no le pertenecen, cobijada por edificios que no le son propios y paisajes prestados. Perfumes, aromas, mañanas, atardeceres, montañas y rascacielos.
A veces volvemos y otras no…Nos quedamos flotando entre esos dos mundos.


Siempre, y cada vez que vuelvo de un viaje -con el cuerpo y sin el alma- me pregunto: que es lo que siente alguien, que se quedó - por elección-  toda su vida regando sus propias raíces, sin mirar siquiera la línea del horizonte, la inmensidad del cielo o simplemente el mapa de los caminos que unen las vidas paralelas.