Más allá del
gusto por el arte, la visita al museo le resultaba apasionante solo por el hecho
de atravesar sus pasillos. Esos pasillos monumentales, que desembocaban en
habitaciones más impresionantes aun.
Mientras el
sol entraba impune y sin permiso por los ventanales gigantes invadiéndolo todo,
como alguna vez entro el pueblo a los palacios a destruirlo todo reclamando la
cabeza de los reyes; Lisa se preguntó como un lugar tan grande y expuesto a
todo, pudo, puede y podrá guardar tantos secretos como habitaciones lo
componen.
Reviso el
plano del museo y se dirigió hacia el primero de los cuadros.
Lisa se
preguntó por qué no estaban juntos. Por qué evitar comparaciones si ambos
representaban a la misma persona.
Mucho había
leído sobre “la mona Lisa” y la aparición de la otra la había subyugado.
Subió las
escaleras de mármol y ahí estaba; resguardada en su caja de cristal antibalas,
del acecho de la luz, la humedad, el calor y la violencia.
Oscura y a la
vez cálida. Pintada sobre una madera frágil a la que Leonardo Da Vinci tuvo que
reforzar con capas de enlucido para darle firmeza. Tal como un padre brinda
conocimientos de la vida a su hijo para darle madurez y fuerza para vivirla.
Ahí estaba.
Con su media sonrisa, quizás temerosa de definirse. Con su velo de castidad en
la cabeza y vigilada continuamente por curadores para detectar cualquier
alteración.
Allí estaba,
oculta bajo un barniz amarillento y quebradizo que solo la aleja más del mundo,
después de viajar de Roma a París, de París a Versalles y devuelta al pueblo
después de la revolución. Sobreviviente aun a María Antonietta y al mismo
Napoleón. Tan famosa como ellos pero aún viva.
Lisa, la
imaginaba más grande, más imponente. O quizás el marco de cristal, el cordón
que la separa de la gente, y el cordón de gente que la separaba de la pintura,
hicieron que pareciese más pequeña o quizás lejana.
Alguien, en la
multitud, entre miles de conversaciones paralelas comento que se decía, que no
era la mujer de Giocondo, sino el mismo Leonardo vestido de mujer. Y que si se
limpiaban las capas de pintura podían encontrar los rasgos de él en el dibujo
original.
Lisa quedo
pasmada con la revelación y tuvo que sentarse en un banco para reponerse de lo
que había escuchado.
El guía
termino de hablar e invito a todo el grupo a pasar a otra sala del museo.
Lisa, aguardo
que se fuera el gentío. Se quedó atrás y aprovecho para mirar a la Gioconda a
los ojos.
Al acercarse
vio reflejada su propia cara en el cristal. Detrás de la coraza de vidrio, la
mujer del cuadro se reía de ella…o quizás no se reía?
Los pasillos
del Louvre son inmensos e interminables. Uno no puede creer que sean solo
pasillos que comunican salones, y al llegar a esas salas que las dimensiones
sean tan monstruosas. Lisa no podía imaginar cómo disponer muebles en ellas,
sin sentir que son insignificantes.
Por fin,
después de subir, bajar y caminar, la sala de exposición de la otra Gioconda.
La cantidad de
gente era menor. Quizás a pocos les interesaba ver una copia de la Gioconda que
podían ver hasta en una lata de dulce de batata. Pero quizás aquí estaba la
originalidad. Esta otra “Mona Lisa” no pretendía parecerse a la original como
lo haría cualquier copia. Esta, se hizo mediante el mismo proceso creativo. Un
copista tradicional solo emularía el afuera. Esta por el contrario demuestra
otra mano, trazos sobrepuestos, equivocaciones y aprendizaje. La tabla es de
una madera noble, sin maquillajes. El lenguaje es más claro, sin velos que
ocultan paisajes ni objetos. Se pueden percibir cosas que en la original solo están
sugeridas. Es fresca, joven y colorida.
Pero mirándola
bien y salvando las diferencias, se nota que es la misma persona la retratada.
Y a pesar de ser tan transparente, su sonrisa guarda el mismo enigma que la
otra. Pero… ¿Cuál de las dos seria la otra?
¿Puede una persona, ser y no ser, o simular
una copia de ella misma?
¿Puede una misma persona ser vista de manera diferente según los ojos
del que la mire?
¿Cuál es el verdadero ser de alguien?, ¿el que
se dibujó con carbón sobre la madera virgen o el que se muestra en la
superficie, después de muchas capas de pintura y barnices?
Eran muchas
incógnitas las que asaltaban a Lisa en ese momento. Muchas veces se preguntó en
su cotidianidad sobre el verdadero ser de las personas que la rodeaban y sobre
ella misma. Sobre cómo alguien puede mostrar desde afuera una realidad
aparente, mientras por dentro, el ser
intangible está fundado sobre otros aspectos muy diferentes. De cómo conviven
dualidades en un mismo cuerpo. Corazas impenetrables y fuertes que ocultan
almas débiles y asustadas. Personas dóciles y bondadosas como corderos,
cubriendo una carne de lobo traicionero.
De igual manera. Los años la habían dotado de una experiencia tal, que
luego de una observación y un par de encuentros, aquellas mascaras venecianas;
esos disfraces abigarrados; se tornaban transparentes a la vista de Lisa. De esa
forma, a pesar del dolor que le causaban esos descubrimientos, había aprendido
a no sufrir; o al menos, a sufrir menos.
Salió del museo, se puso las gafas oscuras y se dirigió hacia el río. Camino
por la orilla del Sena; solo contemplando el movimiento del agua que corre velozmente
por entre los paredones de ladrillo encaminando su curso.
Lisa leyó en su guía que hay más de 30 puentes que cruzan el río en
París, y muchos otros lo cruzan fuera de la ciudad. Cruzan del otro lado sin
entorpecer su cauce. Cruzarlos, no modifica su naturaleza; solamente nos las
muestra desde la otra orilla.
Decidió cruzar el “Pont au change”, pero a mitad de camino decidió
volver. Ya estaba haciéndose tarde y no quería caminar de noche.
Volver no es siempre grato. O por lo menos no lo fue nunca para Lisa.
Cada regreso
implica reencontrarse con una ciudad que la conoce demasiado. Volver a una rutina
de trabajo; en un trabajo que no la representa. Volver a ver caras que le son
gratas y otras que no tanto. Volver a ser y no ser ella.
“Viajar” y “volver”; dos palabras opuestas, como todo lo que da forma y
rodea su vida. Como la primavera Europea y su otoño Suramericano.
Otra vez los
vestidos sobre la cama. Sin etiquetas. Usados.” Nunca mejor usados”.
Algunos se
quedaran colgados en el ropero del hotel, por falta de espacio en la valija.
Otros irán al fondo de la maleta. Otros, no volverán a usarse jamás.
En unas horas, la valija llena de vestidos, estará dando vueltas en la
cinta del aeropuerto, esperando a ser retirada; mientras Lisa, en migraciones
de su país, alista sus documentos.
Un jean
gastado, zapatillas usadas, quizás una camisa a rayas; Lisa firmara su entrada
como “José Mario Contreras” tal como figura en su pasaporte y en la puerta de
la oficina del banco donde trabaja cada día de su vida.
Canción: MONA LISA - NAT KING COLE
Canción: MONA LISA - NAT KING COLE

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