viernes, 1 de noviembre de 2013

Otro Cuento de primavera: LA OTRA GIOCONDA (PARTE FINAL)


Más allá del gusto por el arte, la visita al museo le resultaba apasionante solo por el hecho de atravesar sus pasillos. Esos pasillos monumentales, que desembocaban en habitaciones más impresionantes aun.
Mientras el sol entraba impune y sin permiso por los ventanales gigantes invadiéndolo todo, como alguna vez entro el pueblo a los palacios a destruirlo todo reclamando la cabeza de los reyes; Lisa se preguntó como un lugar tan grande y expuesto a todo, pudo, puede y podrá guardar tantos secretos como habitaciones lo componen.
Reviso el plano del museo y se dirigió hacia el primero de los cuadros.
Lisa se preguntó por qué no estaban juntos. Por qué evitar comparaciones si ambos representaban a la misma persona.
Mucho había leído sobre “la mona Lisa” y la aparición de la otra la había subyugado.
Subió las escaleras de mármol y ahí estaba; resguardada en su caja de cristal antibalas, del acecho de la luz, la humedad, el calor y la violencia.
Oscura y a la vez cálida. Pintada sobre una madera frágil a la que Leonardo Da Vinci tuvo que reforzar con capas de enlucido para darle firmeza. Tal como un padre brinda conocimientos de la vida a su hijo para darle madurez y fuerza para vivirla.
Ahí estaba. Con su media sonrisa, quizás temerosa de definirse. Con su velo de castidad en la cabeza y vigilada continuamente por curadores para detectar cualquier alteración.
Allí estaba, oculta bajo un barniz amarillento y quebradizo que solo la aleja más del mundo, después de viajar de Roma a París, de París a Versalles y devuelta al pueblo después de la revolución. Sobreviviente aun a María Antonietta y al mismo Napoleón. Tan famosa como ellos pero aún viva.
Lisa, la imaginaba más grande, más imponente. O quizás el marco de cristal, el cordón que la separa de la gente, y el cordón de gente que la separaba de la pintura, hicieron que pareciese más pequeña o quizás lejana.
Alguien, en la multitud, entre miles de conversaciones paralelas comento que se decía, que no era la mujer de Giocondo, sino el mismo Leonardo vestido de mujer. Y que si se limpiaban las capas de pintura podían encontrar los rasgos de él en el dibujo original.
Lisa quedo pasmada con la revelación y tuvo que sentarse en un banco para reponerse de lo que había escuchado.
El guía termino de hablar e invito a todo el grupo a pasar a otra sala del museo.
Lisa, aguardo que se fuera el gentío. Se quedó atrás y aprovecho para mirar a la Gioconda a los ojos.
Al acercarse vio reflejada su propia cara en el cristal. Detrás de la coraza de vidrio, la mujer del cuadro se reía de ella…o quizás no se reía?

Los pasillos del Louvre son inmensos e interminables. Uno no puede creer que sean solo pasillos que comunican salones, y al llegar a esas salas que las dimensiones sean tan monstruosas. Lisa no podía imaginar cómo disponer muebles en ellas, sin sentir que son insignificantes.
Por fin, después de subir, bajar y caminar, la sala de exposición de la otra Gioconda.

La cantidad de gente era menor. Quizás a pocos les interesaba ver una copia de la Gioconda que podían ver hasta en una lata de dulce de batata. Pero quizás aquí estaba la originalidad. Esta otra “Mona Lisa” no pretendía parecerse a la original como lo haría cualquier copia. Esta, se hizo mediante el mismo proceso creativo. Un copista tradicional solo emularía el afuera. Esta por el contrario demuestra otra mano, trazos sobrepuestos, equivocaciones y aprendizaje. La tabla es de una madera noble, sin maquillajes. El lenguaje es más claro, sin velos que ocultan paisajes ni objetos. Se pueden percibir cosas que en la original solo están sugeridas. Es fresca, joven y colorida.
Pero mirándola bien y salvando las diferencias, se nota que es la misma persona la retratada. Y a pesar de ser tan transparente, su sonrisa guarda el mismo enigma que la otra. Pero… ¿Cuál de las dos seria la otra?
 ¿Puede una persona, ser y no ser, o simular una copia de ella misma?
        ¿Puede una misma persona ser vista de manera diferente según los ojos del que la mire?
 ¿Cuál es el verdadero ser de alguien?, ¿el que se dibujó con carbón sobre la madera virgen o el que se muestra en la superficie, después de muchas capas de pintura y barnices?

Eran muchas incógnitas las que asaltaban a Lisa en ese momento. Muchas veces se preguntó en su cotidianidad sobre el verdadero ser de las personas que la rodeaban y sobre ella misma. Sobre cómo alguien puede mostrar desde afuera una realidad aparente,  mientras por dentro, el ser intangible está fundado sobre otros aspectos muy diferentes. De cómo conviven dualidades en un mismo cuerpo. Corazas impenetrables y fuertes que ocultan almas débiles y asustadas. Personas dóciles y bondadosas como corderos, cubriendo una carne de lobo traicionero.
      De igual manera. Los años la habían dotado de una experiencia tal, que luego de una observación y un par de encuentros, aquellas mascaras venecianas; esos disfraces abigarrados; se tornaban transparentes a la vista de Lisa. De esa forma, a pesar del dolor que le causaban esos descubrimientos, había aprendido a no sufrir; o al menos, a sufrir menos.

      Salió del museo, se puso las gafas oscuras y se dirigió hacia el río. Camino por la orilla del Sena; solo contemplando el movimiento del agua que corre velozmente por entre los paredones de ladrillo encaminando su curso.
      Lisa leyó en su guía que hay más de 30 puentes que cruzan el río en París, y muchos otros lo cruzan fuera de la ciudad. Cruzan del otro lado sin entorpecer su cauce. Cruzarlos, no modifica su naturaleza; solamente nos las muestra desde la otra orilla.
      Decidió cruzar el “Pont au change”, pero a mitad de camino decidió volver. Ya estaba haciéndose tarde y no quería caminar de noche.

      Volver no es siempre grato. O por lo menos no lo fue nunca para Lisa.
Cada regreso implica reencontrarse con una ciudad que la conoce demasiado. Volver a una rutina de trabajo; en un trabajo que no la representa. Volver a ver caras que le son gratas y otras que no tanto. Volver a ser y no ser ella.
       “Viajar” y “volver”; dos palabras opuestas, como todo lo que da forma y rodea su vida. Como la primavera Europea y su otoño Suramericano.

Otra vez los vestidos sobre la cama. Sin etiquetas. Usados.” Nunca mejor usados”.
Algunos se quedaran colgados en el ropero del hotel, por falta de espacio en la valija. Otros irán al fondo de la maleta. Otros, no volverán a usarse jamás.
      En unas horas, la valija llena de vestidos, estará dando vueltas en la cinta del aeropuerto, esperando a ser retirada; mientras Lisa, en migraciones de su país, alista sus documentos.

Un jean gastado, zapatillas usadas, quizás una camisa a rayas; Lisa firmara su entrada como “José Mario Contreras” tal como figura en su pasaporte y en la puerta de la oficina del banco donde trabaja cada día de su vida.

Canción: MONA LISA - NAT KING COLE

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