Todos los
vestidos estaban sobre la cama. Nuevos. Sin uso. Cada uno con su etiqueta. Listos
para ser estrenados. Sin olor a jabón en polvo, ni a ropa secada al sol. Sin el
mas mínimo rastro de perfume u olor humano. Tan planchados como salieron de la
valija. Nuevos.
La valija -
también sobre la cama- no corría la misma suerte. Pero si, quizás, tenia la
suerte y la experiencia de haber viajado varias veces hasta dejar de ser nueva.
En el ropero
del hotel no había suficientes perchas - como suele ocurrir – así que algunas
prendas volverían a la valija o descansarían dobladas en el estante.
A Lisa le
gustaba estrenar ropa cada vez que viajaba. Como una nueva piel, para un país
nuevo a conocer. Como una piel distinta en un lugar diferente.
La idea de
visitar París, siempre fue vista por Lisa como un sueño. Pero esta vez, estaba
tan despierta como para ver que ya no lo era. París estaba allí, con solo
correr la cortina y abrir la ventana del hotel de la Rue des Rosiers. Ahí estaba,
entre los tejados, asomando triunfante, el ojo de la torre, vigilando París. Un
Paris que ya no perfumaba sus almohadas de sueños, sino al alcance de sus
manos.
Arranco la
etiqueta del vestido negro con vivos blancos que había imaginado para caminar
Les Champs Elysees, el sombrero blanco y los anteojos oscuros. Así vestida se dispuso a bajar las escaleras del
hotel, para que sus zapatos de tacón pisaran tierra firme y no sentir que era
solo un sueño más.
¿Si hablaba
francés?, ni una palabra. El botones del hotel le abrió la puerta murmurando
algo – que por supuesto Lisa no entendió- y a lo que solo respondió sonriendo y
con una inclinación de sombrero.
El aire fresco
de la mañana y el aroma a primavera en el aire la hicieron sonreír.
En su país, en
este momento el calor del verano eterno estaría empujando al otoño para que no
llegue.
¿Quién la ha
visto y quien la ve? Fresca y recién nacida, como un nuevo capullo que explota
en el árbol después de un duro invierno escondido en las oscuras ramas.
Caminando por París como si lo conociera. Descubriendo un nuevo mundo, bajo sus
zapatos y detrás de sus gafas. Envuelta en los pétalos de seda de su vestido.
Caminó por la Rue du temple rumbo a Le
Marais. Quizás no eran los zapatos apropiados para el largo trecho, o quizás
eran demasiado nuevos para tal caminata.
Así que eligió
un Petit café sobre la calle siguiente y se sentó a vivir “ La vie Française”
en una mesita de la vereda, mientras exploraba el mapa de la ciudad y planeaba
los lugares a visitar. Tantas diagonales, tantos ejes que unen monumentos, como
venas que mueven la sangre de emoción en emoción. El corazón le palpitaba cada
vez que veía algo que conocía solo en fotos.
Los buenos
mozos parisinos la saludaban con la cabeza y las señoras se quedaban mirándola.
Quizás por admiración, o solo por envidia. El mozo le dijo algo al oído, en
tanto que ella le contesto con una sonrisa y un movimiento de cabeza, que era
su nuevo idioma. Mientras pensaba cuantas veces en su vida quiso no entender lo
que le decían e imaginar lo que quisiera que le dijesen. Quizás los extrajeron
son mas amables que la gente de su país. O simplemente, no les entiende.
Un señor muy
bien puesto se acerco, hizo un ademán, separo la silla a su costado y tal como
pudo adivinar Lisa, le pidió permiso para sentarse a su lado.
Ella le
concedió el permiso con la cabeza.
Después de escuchar
unas palabras en francés, Lisa comenzó a entender algo, ya no estaba hablando
en francés sino en ingles, en un intento mas por entablar un dialogo.
A ella, algunas
palabras y frases se le escapaban, pero en su mayoría entendía lo suficiente,
según pensaba.
Por lo que
pudo entender, el “buen señor” la estaba invitando a cenar esa noche, o a pasar
por su hotel, o quizás solo a pasar la noche en su hotel. Las únicas palabras
que entendió fueron “noche” y “hotel”, lo demás lo invento. Ante la duda su
respuesta fue “no”. No estaba en sus planes relacionarse tan rápido con alguien,
tal como le pasaba en su país. O quizás, tampoco era un “buen señor”.
Pago el café y
se levantó, saludando rápidamente a su flamante pretendiente, mientras el
trataba de convencerla de que se quede, o quizás de otra cosa. Y a medida que
ella se iba alejando, el levantaba cada vez más la voz, hasta que quizás creyó
escuchar la palabra “puttana”. El señor ya no estaba hablando ingles ni
francés, sino buscando una palabra más cercana al español para que entendiera
que le estaba diciendo “puta” tal como en su país se pronunciaba.
Lisa había
aprendido que era mejor mantener la calma y la frente en alto ante determinadas
situaciones, mientras hacía oídos sordos a las palabras del hombre y caminaba
como si nada hubiese ocurrido.
Mientras
aminoraba la marcha y se olvidaba de lo sucedido, fue metiéndose una vez más en
un sueño, tal como ella solía hacer ante algún episodio desagradable. Miro
hacia un costado y las vidrieras de las tiendas le devolvían su imagen de mujer
esbelta y elegante. Se sonreía a sí misma, acomodando sus anteojos negros, o
acomodando un mechón de cabello que se escapaba del sombrero distraidamente.
Muchas veces, su sonrisa se encontraba con otras sonrisas detrás de los
escaparates. O chocaba con la mirada seria de alguna que otra asistenta de las
tiendas.
En pocos
momentos, volvió a sentir la libertad que había sido opacada. Volvió a sentirse
afortunada de estar en París, de caminar sus calles, de ser ella misma una vez
más.
La torre
Eiffel apareció de repente ante sus ojos y en un segundo Lisa estaba a
resguardo de esas fuertes piernas metálicas impresionantes. Giraba y miraba
hacia arriba poniendo en riesgo la estabilidad de sus tacones. Esa mole
gigantesca le parecía tan femenina como ella, a pesar del acero oscuro y pesado
con el que fue levantada.
“Liberte,
egalite y fraternite”, eran palabras que se le venían a la mente a cada paso.
Las repetía a
modo de recordatorio y hasta las pronunciaba rítmicamente con cada pisada de
sus zapatos.
Se sentó en un
banco bajo un árbol, para revisar el mapa y así armar un itinerario a seguir.
Después de un rato, cuando miro hacia arriba vio que el árbol era un “Platano”,el
mismo árbol que en su país le daba una alergia terrible, aquí paso
desapercibido a sus fosas nasales.
Versailles era un tanto lejos para ese día. Apuntó Montmartre, el arco
del triunfo, Les champs Elysees y por supuesto el Musée du Louvre.
Ahí es donde
iba a dirigirse. Algo le llamaba poderosamente la atención. En esas fechas eran
expuestas las dos Giocondas. La original de Miguel Ángel. La de siempre, la
oscura, la de la rara sonrisa. Y la nueva Gioconda. La descubierta en el Museo
Del Prado de España. Más joven, más fresca, mas colorida, pintada supuestamente
por algún discípulo de Miguel Ángel.
Hacia allí fue, por la Rue
de Rivolí. Caminó bordeando el palacio donde Marie Antoinette pasó los primeros
años de su presidio después de ser obligada a abandonar Versailles. Entró por
el costado y camino por la plaza seca hasta que diviso la gran pirámide de
cristal del hall, ese objeto extraño que alguna vez aterrizo sobre el patio del
museo, y que los parisinos amaban y odiaban con el mismo fervor.

1 comentario:
La descripción de sensaciones y sentimientos es tal que uno se siente parado en tiempo y forma como el personaje,excelente!!!
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