jueves, 31 de octubre de 2013

Otro Cuento de primavera: LA OTRA GIOCONDA (PARTE I)



Todos los vestidos estaban sobre la cama. Nuevos. Sin uso. Cada uno con su etiqueta. Listos para ser estrenados. Sin olor a jabón en polvo, ni a ropa secada al sol. Sin el mas mínimo rastro de perfume u olor humano. Tan planchados como salieron de la valija. Nuevos.
La valija - también sobre la cama- no corría la misma suerte. Pero si, quizás, tenia la suerte y la experiencia de haber viajado varias veces hasta dejar de ser nueva.
En el ropero del hotel no había suficientes perchas - como suele ocurrir – así que algunas prendas volverían a la valija o descansarían dobladas en el estante.
A Lisa le gustaba estrenar ropa cada vez que viajaba. Como una nueva piel, para un país nuevo a conocer. Como una piel distinta en un lugar diferente.
La idea de visitar París, siempre fue vista por Lisa como un sueño. Pero esta vez, estaba tan despierta como para ver que ya no lo era. París estaba allí, con solo correr la cortina y abrir la ventana del hotel de la Rue des Rosiers. Ahí estaba, entre los tejados, asomando triunfante, el ojo de la torre, vigilando París. Un Paris que ya no perfumaba sus almohadas de sueños, sino al alcance de sus manos.
Arranco la etiqueta del vestido negro con vivos blancos que había imaginado para caminar Les Champs Elysees, el sombrero blanco y los anteojos oscuros. Así  vestida se dispuso a bajar las escaleras del hotel, para que sus zapatos de tacón pisaran tierra firme y no sentir que era solo un sueño más.
¿Si hablaba francés?, ni una palabra. El botones del hotel le abrió la puerta murmurando algo – que por supuesto Lisa no entendió- y a lo que solo respondió sonriendo y con una inclinación de sombrero.
El aire fresco de la mañana y el aroma a primavera en el aire la hicieron sonreír.
En su país, en este momento el calor del verano eterno estaría empujando al otoño para que no llegue.

¿Quién la ha visto y quien la ve? Fresca y recién nacida, como un nuevo capullo que explota en el árbol después de un duro invierno escondido en las oscuras ramas. Caminando por París como si lo conociera. Descubriendo un nuevo mundo, bajo sus zapatos y detrás de sus gafas. Envuelta en los pétalos de seda de su vestido.
Caminó por la Rue du temple rumbo a Le Marais. Quizás no eran los zapatos apropiados para el largo trecho, o quizás eran demasiado nuevos para tal caminata.
Así que eligió un Petit café sobre la calle siguiente y se sentó a vivir “ La vie Française” en una mesita de la vereda, mientras exploraba el mapa de la ciudad y planeaba los lugares a visitar. Tantas diagonales, tantos ejes que unen monumentos, como venas que mueven la sangre de emoción en emoción. El corazón le palpitaba cada vez que veía algo que conocía solo en fotos.
Los buenos mozos parisinos la saludaban con la cabeza y las señoras se quedaban mirándola. Quizás por admiración, o solo por envidia. El mozo le dijo algo al oído, en tanto que ella le contesto con una sonrisa y un movimiento de cabeza, que era su nuevo idioma. Mientras pensaba cuantas veces en su vida quiso no entender lo que le decían e imaginar lo que quisiera que le dijesen. Quizás los extrajeron son mas amables que la gente de su país. O simplemente, no les entiende.
Un señor muy bien puesto se acerco, hizo un ademán, separo la silla a su costado y tal como pudo adivinar Lisa, le pidió permiso para sentarse a su lado.
Ella le concedió el permiso con la cabeza.
Después de escuchar unas palabras en francés, Lisa comenzó a entender algo, ya no estaba hablando en francés sino en ingles, en un intento mas por entablar un dialogo.
A ella, algunas palabras y frases se le escapaban, pero en su mayoría entendía lo suficiente, según pensaba.
Por lo que pudo entender, el “buen señor” la estaba invitando a cenar esa noche, o a pasar por su hotel, o quizás solo a pasar la noche en su hotel. Las únicas palabras que entendió fueron “noche” y “hotel”, lo demás lo invento. Ante la duda su respuesta fue “no”. No estaba en sus planes relacionarse tan rápido con alguien, tal como le pasaba en su país. O quizás, tampoco era un “buen señor”.
Pago el café y se levantó, saludando rápidamente a su flamante pretendiente, mientras el trataba de convencerla de que se quede, o quizás de otra cosa. Y a medida que ella se iba alejando, el levantaba cada vez más la voz, hasta que quizás creyó escuchar la palabra “puttana”. El señor ya no estaba hablando ingles ni francés, sino buscando una palabra más cercana al español para que entendiera que le estaba diciendo “puta” tal como en su país se pronunciaba.
Lisa había aprendido que era mejor mantener la calma y la frente en alto ante determinadas situaciones, mientras hacía oídos sordos a las palabras del hombre y caminaba como si nada hubiese ocurrido.
Mientras aminoraba la marcha y se olvidaba de lo sucedido, fue metiéndose una vez más en un sueño, tal como ella solía hacer ante algún episodio desagradable. Miro hacia un costado y las vidrieras de las tiendas le devolvían su imagen de mujer esbelta y elegante. Se sonreía a sí misma, acomodando sus anteojos negros, o acomodando un mechón de cabello que se escapaba del sombrero distraidamente. Muchas veces, su sonrisa se encontraba con otras sonrisas detrás de los escaparates. O chocaba con la mirada seria de alguna que otra asistenta de las tiendas.
En pocos momentos, volvió a sentir la libertad que había sido opacada. Volvió a sentirse afortunada de estar en París, de caminar sus calles, de ser ella misma una vez más.
La torre Eiffel apareció de repente ante sus ojos y en un segundo Lisa estaba a resguardo de esas fuertes piernas metálicas impresionantes. Giraba y miraba hacia arriba poniendo en riesgo la estabilidad de sus tacones. Esa mole gigantesca le parecía tan femenina como ella, a pesar del acero oscuro y pesado con el que fue levantada.
“Liberte, egalite y fraternite”, eran palabras que se le venían a la mente a cada paso.
Las repetía a modo de recordatorio y hasta las pronunciaba rítmicamente con cada pisada de sus zapatos.
Se sentó en un banco bajo un árbol, para revisar el mapa y así armar un itinerario a seguir. Después de un rato, cuando miro hacia arriba vio que el árbol era un “Platano”,el mismo árbol que en su país le daba una alergia terrible, aquí paso desapercibido a sus fosas nasales.
      Versailles era un tanto lejos para ese día. Apuntó Montmartre, el arco del triunfo, Les champs Elysees y por supuesto el Musée du Louvre.

Ahí es donde iba a dirigirse. Algo le llamaba poderosamente la atención. En esas fechas eran expuestas las dos Giocondas. La original de Miguel Ángel. La de siempre, la oscura, la de la rara sonrisa. Y la nueva Gioconda. La descubierta en el Museo Del Prado de España. Más joven, más fresca, mas colorida, pintada supuestamente por algún discípulo de Miguel Ángel.

     Hacia allí fue, por la Rue de Rivolí. Caminó bordeando el palacio donde Marie Antoinette pasó los primeros años de su presidio después de ser obligada a abandonar Versailles. Entró por el costado y camino por la plaza seca hasta que diviso la gran pirámide de cristal del hall, ese objeto extraño que alguna vez aterrizo sobre el patio del museo, y que los parisinos amaban y odiaban con el mismo fervor.

1 comentario:

Libelula dijo...

La descripción de sensaciones y sentimientos es tal que uno se siente parado en tiempo y forma como el personaje,excelente!!!