Este es el primer cuento que escribí Es del año 2001, lo encontré la otra tarde y pensé que debía reescribir algunas partes y subirlo, para que saliera la luz y dejara de esconderse entre mis archivos. Mas allá de sentir que le falta algo (creo que es madurez) Así que acá esta 12 años después...
De boca en boca y a lo largo de muchos años, las comadres del pueblo tejieron historias sobre La Loca de la Casa Grande. Tanto trenzaron los hechos, que se transformó en una fábula, casi una leyenda.
1912,Trancas,
Tucumán.
Nada mejor para
las vecinas de un pueblo perdido y polvoriento, que la llegada de nuevos
residentes. Y más interesante aún, si se trata de gente con una vida diferente
a las propias y tan disímil como para confundirla con la falta de cordura.
La vida de Lucía Arrieta nada de discrepante tenía, solo que
su cultura y forma de ver el mundo, estaban fuera de contexto, en un lugar,
donde hasta el sol se aburría de alumbrar.
Sus veinticinco años eran pocos, comparados con los treinta
años que le llevaba su flamante esposo Don Armando Palacios. Pero suficientes
para que las vecinas explicaran la falta de niños, deduciendo que Lucía no era
su esposa, sino su hija.
Nada de esto llegó a los oídos de Lucía Arrieta en forma
directa, puesto que desde su llegada a la Casa Grande, el pequeño mundo
exterior fue ajeno físicamente a su vida. Nunca le perteneció el pueblo, ni sus
habitantes, ni sus callecitas, ni la plaza del comercio, ni las fiestas de la
cosecha, y el carnaval. Muy al contrario del pueblo. Porque ellos la hicieron
suya, transformándola en parte de sus vidas al nombrarla cada día, en todas sus
conversaciones.
Lucía respiraba el aire de ese pueblo, solo para dar vida
a su mundo, y este no era precisamente
la casa, sino su interior. Aunque no descuidaba los quehaceres y mantenía las
salas sumamente ordenadas y decoradas con un gusto europeo fascinante. Con
grandes cortinados, muebles dorados, alfombras de pieles de animales y una
jaula con pájaros exóticos. Recorría los patios y la galería con un andar
espectral a diez centímetros del suelo, Con la altura y la gracia de una garza,
los cabellos largos del color de la madera de caoba, los ojos grandes y
oscuros, un cuello esbelto sobre hombros pequeños, y una voz que hacía vibrar
todos los cristales de la casa.
Por fortuna para ella, Don Armando Palacios, era casi una
visita en la casa. Sus ocupaciones lo tenían alejado del pueblo, a veces por
varios días. Sus vastas hectáreas sembradas de caña de azúcar, no le alcanzaban
para endulzar un carácter áspero y ceñudo. De la misma forma que todo su
dinero, nunca fue suficiente para comprar el amor de su esposa. Sus bigotes de
puntas engomadas y su vestimenta oscura contrastaban notablemente con la luz
que Lucía había creado en el interior de la Casa Grande.
Lucía Arrieta, pasaba sus horas recostada en su sillón de
sala, escuchando en el fonógrafo, sus discos de ópera; o cantando a viva voz,
mientras preparaba la comida o limpiaba los cuartos. Razón por la cual, las
vecinas que pasaban por su ventana hacia la plaza para hacer las compras,
comentaban que estaba loca, al escucharla cantar las áreas que había aprendido.
La ópera era algo totalmente desconocido y extravagante para
los habitantes de Trancas. No así para Lucía, que mientras vivió en Buenos
Aires, aprendió de memoria las historias y las letras de cada obra.
Ese era su mundo perfecto, su escape de la nueva vida que
Don Armando le brindaba. Ella cerraba los ojos y se transportaba desde el
mísero pueblito, a lejanos parajes de Escocia, con castillos a orillas de lagos
misteriosos, bosques profundos y abadías en ruinas. Solo la distraía el calor
subtropical de las horas muertas de la siesta, momento en el que se recostaba
sobre los almohadones del sillón de la sala mientras su mente iba y venía de la
realidad a la fantasía, acompañada por el vaivén de su abanico de encaje negro.
La Casa Grande había sido construida por los dueños de uno
de los primeros ingenios azucareros de Tucumán, en 1825, y poseía las
comodidades de las casas ricas de Buenos Aires, con un estilo europeo, y las
adaptaciones apropiadas para el clima de la zona.
El zaguán llevaba hacia el hall de entrada, que remataba en
una mampara de vidrios ingleses. A la derecha se encontraba el oscuro comedor,
con su mesa para veinte personas, y se
comunicaba directamente con la cocina. Sobre la izquierda la sala de estar con
cuadros de pintores barrocos - tan misteriosos e intensos como si la propia
Lucía los hubiese pintado - las arañas con caireles de cristal que pendían del
techo y completaban la imagen teatral de la composición. Sobre ese mismo ala de
la casa, se situaban los nueve dormitorios, amplios y luminosos, y el cuarto de
baño de un blanco mármol inmaculado. Todas las estancias salían a una galería
fresca, de mosaicos blancos y azulados, con sillones de ratán de la india, e
infinidad de macetones con geranios blancos, rosados y morados. El patio estaba
surcado de caminos estrechos, atravesando canteros de margaritas maltrechas y
secas que aparecía cada temporada por decisión propia, y desembocaban en un
espacio central donde se plantaba la jaula de los pájaros, tan amplia como una
habitación. En ella había desde jilgueros, canarios amarillos y naranja, loros
y cotorras verde-turquesa, hasta aves exóticas que enmascaraban con su canto y
chillidos, el fragor de las fiestas del pueblo. En el fondo, árboles frondosos
de copas espesas que servían de instrumento a los vientos para producir
diferentes melodías, y la quinta de hortalizas y el gallinero mudo y vacío.
La casa representaba todo lo que una esposa de esa época
hubiese soñado. Aunque los sueños de Lucía eran aún más grandes, y se
destacaban de los otros, de la misma forma en que la casa despuntaba entre las
demás por su altura, en un pueblo chato y escondido. Y esos sueños hacían ruido
en su cabeza, cada vez que los soñaba.
La llegada de Lucía y Don Armando al pueblito de Trancas,
fue tan fresca y estrepitosa como el aguacero que refresca los patios de
ladrillo, en las tardes de verano. Nada ocurría, hacía tiempo, y las historias
de los pueblerinos ya eran demasiado conocidas e insuficientes para alimentar
el voraz apetito de las chismosas, que pasaban de a dos frente a la Casa Grande
estirando el cuello, tratando de ver que sucedía adentro, mientras hacían las compras del día.
Y turnándose para pasar, hasta que una de ellas veía algo, por más
insignificante que fuera, y corría a la plaza a contarles a las demás.
Nunca se les escapó ni el más mínimo movimiento de cortina;
y ni hablar del día, en que Lucía, después de adaptarse a su nueva casa, como
un canario que se lo lleva a una habitación nueva, comenzó a escuchar sus
discos y a cantar ópera. - está mal de
la cabeza -decían- y cierra las ventanas para que no la veamos, porque hasta creo tiene la cara deformada-
comentaban, mientras las demás asentían con la cabeza. Tocaban a la puerta con
la excusa de vender dulces o conservas esperando ser atendidas por Lucía, y se
retiraban desilusionadas ante la negativa de la puerta cerrada.
Los niños trataban de espiar por cualquier agujero y muchas veces
se colaban hasta el patio, saltando los tapiales vecinos, provocando un
griterío entre las aves de la jaula, y salían corriendo --- cuando Lucía les
gritaba desde adentro- como si vieran un aparecido; y luego inventaban que le
habían visto colmillos, y que tenía un solo ojo, o que poseía esa voz porque
era una bruja que podía imitar las voces de todos los animales, y hasta de las
personas.
A pesar de todo aquello, la Casa Grande era como una
fortaleza para Lucía, el arcón antiguo que guardaba su persona, la jaula dorada
que protegía su vida.
Las ventanas al patio, eran su fuente de energía, el aire
fresco de la mañana. Las ventanas a la calle, de balcones bajos y altura
extrema, semejaban el agujero de un cántaro roto, que no puede taparse con la
mano, puesto que por algún resquicio el agua siempre logra escurrirse.
Y la puerta de calle con sus aldabones pesados, y su madera
oscura carcomida por el tiempo, era el límite más temido, la frontera que
separaba su universo, del monstruo enorme que representaba el pequeño pueblito.
Cada vez que Don
Armando Palacios llegaba a la casa, después de atender sus negocios en San
Miguel, tenía que buscar a Lucía por todos los cuartos, como se busca a un niño
para darle una cucharada de medicina agria, mientras emitía silbidos
entrecortados llamándola. Si la encontraba en un dormitorio, o sentada en algún
cuarto, ella fingía que dormía, y él salía sigilosamente para no despertarla,
mientras ella lo espiaba con un ojo entreabierto hasta que se cerraba la
puerta.
Horas después, ella aparecía silenciosa como un fantasma en
el lugar donde él estuviera, y le decía:
- No lo escuché llegar, ¿Hace mucho que regresó? -demostrando un interés
inexistente. Y él le contestaba: - dormías tan plácidamente, que no quise
despertarte -y en sus ojos destellaba la imagen luminosa de ella.
Durante la cena que Lucía preparaba, Don Armando le
informaba los acontecimientos políticos que sucedían en Tucumán, mientras ella
lo escuchaba en silencio, hasta que preguntaba ansiosa: -¿y qué pasa en Buenos Aires? - y él, elevaba
la voz, y le respondía de forma tajante -Buenos Aires es muy lejos -y se terminaba la
conversación.
Después de cenar, Don Armando, mientras su esposa lavaba los
trastos, fumaba su pipa en el sillón de la sala.
Lucía ocupaba mucho tiempo realizando su labor, porque sabía que el viejo iba a quedarse
dormido en cualquier momento. Entonces aprovechaba y se iba rápido a la cama.
Se desvestía, y volvía a vestirse con su camisón para deslizarse entre las
pesadas sábanas de lino blanco. Es así, que para el momento en que Don Armando
se despertaba en su sillón con la pipa caída sobre sus pantalones, y se dirigía
al cuarto, lucía ya estaba dormida. O por lo menos, eso parecía. Entonces su
marido la rozaba con los dedos por arriba de las sábanas, mientras lucía
apretaba los dientes, tratando de no temblar.
Para las vecinas, Lucía Arrieta y Don Armando Palacios no
eran una pareja perfecta. Y ese era uno de los pocos aciertos de esas lenguas
largas.
Esa tarde en que Don
Armando llegó más temprano que nunca a su casa, Lucía había tenido que cerrar
los postigones de las ventanas de calle para no escuchar las risas de las
vecinas recién levantadas de la siesta, que salían a echar agua sobre el polvo
de la calzada para refrescar el ambiente. Eran espíritus que se colaban por las
rendijas e invadían los espacios íntimos de la casa y hacían que se le pusiera
la piel como la de una gallina.
Espió por las
ventanas desde la galería del patio, para ver que sucedía, puesto que escuchaba
a su marido que entraba conversando con alguien mientras le decía: -éste es el hall, y más allá esta la cocina- Lucía
estiró el cuello entre los malvones para ver quien acompañaba a su esposo.
Alguien había logrado irrumpir en su mundo sin su consentimiento.
Don Armando atravesó la sala y salió a la galería acompañado
de una pueblerina y dijo: -Ella es la Señora Lucía- mientras Lucia trataba de
ocultar su rostro detrás de las flores.
La cara de Fabiana Rojas denotaba rasgos de descendencia
aborigen, con ese halo de tristeza que le imprimió la conquista al cambiarles a
sus dioses por uno prestado. Era un tanto gorda, y estaba vestida con los
colores de un trópico que solo estaba cerca los días de calor intenso.
- La traje para que te ayude en los quehaceres de la casa
-dijo Don Armando, esperando una sonrisa de parte de su mujer. Lucía, que no se
había movido de su escondite malva, dio
media vuelta y se metió sin contestarle en su dormitorio. Don Armando se
disculpó con Fabiana y se encaminó hacia la habitación que estaba en penumbras.
En un rincón cerca del espejo, Lucía se escondía, apretando contra su pecho el
diamante tallado, del tamaño de una bellota, que llevaba siempre adornando el
escote.

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