miércoles, 9 de octubre de 2013

EL SILENCIO (PARTE I)



Este es el primer cuento que escribí  Es del año 2001,  lo encontré la otra tarde y pensé que debía reescribir algunas partes y subirlo, para que saliera la luz y dejara de esconderse entre mis archivos. Mas allá de sentir que le falta algo (creo que es madurez) Así que acá esta 12 años después...










De boca en boca y a lo largo de muchos años, las comadres del pueblo tejieron historias sobre La Loca de la Casa Grande. Tanto trenzaron los hechos, que se transformó en una fábula, casi una leyenda.

 1912,Trancas, Tucumán.

     Nada mejor para las vecinas de un pueblo perdido y polvoriento, que la llegada de nuevos residentes. Y más interesante aún, si se trata de gente con una vida diferente a las propias y tan disímil como para confundirla con la falta de cordura.
La vida de Lucía Arrieta nada de discrepante tenía, solo que su cultura y forma de ver el mundo, estaban fuera de contexto, en un lugar, donde hasta el sol se aburría de alumbrar.
Sus veinticinco años eran pocos, comparados con los treinta años que le llevaba su flamante esposo Don Armando Palacios. Pero suficientes para que las vecinas explicaran la falta de niños, deduciendo que Lucía no era su esposa, sino su hija.
Nada de esto llegó a los oídos de Lucía Arrieta en forma directa, puesto que desde su llegada a la Casa Grande, el pequeño mundo exterior fue ajeno físicamente a su vida. Nunca le perteneció el pueblo, ni sus habitantes, ni sus callecitas, ni la plaza del comercio, ni las fiestas de la cosecha, y el carnaval. Muy al contrario del pueblo. Porque ellos la hicieron suya, transformándola en parte de sus vidas al nombrarla cada día, en todas sus conversaciones.
Lucía respiraba el aire de ese pueblo, solo para dar vida a  su mundo, y este no era precisamente la casa, sino su interior. Aunque no descuidaba los quehaceres y mantenía las salas sumamente ordenadas y decoradas con un gusto europeo fascinante. Con grandes cortinados, muebles dorados, alfombras de pieles de animales y una jaula con pájaros exóticos. Recorría los patios y la galería con un andar espectral a diez centímetros del suelo, Con la altura y la gracia de una garza, los cabellos largos del color de la madera de caoba, los ojos grandes y oscuros, un cuello esbelto sobre hombros pequeños, y una voz que hacía vibrar todos los cristales de la casa.
Por fortuna para ella, Don Armando Palacios, era casi una visita en la casa. Sus ocupaciones lo tenían alejado del pueblo, a veces por varios días. Sus vastas hectáreas sembradas de caña de azúcar, no le alcanzaban para endulzar un carácter áspero y ceñudo. De la misma forma que todo su dinero, nunca fue suficiente para comprar el amor de su esposa. Sus bigotes de puntas engomadas y su vestimenta oscura contrastaban notablemente con la luz que Lucía había creado en el interior de la Casa Grande.
Lucía Arrieta, pasaba sus horas recostada en su sillón de sala, escuchando en el fonógrafo, sus discos de ópera; o cantando a viva voz, mientras preparaba la comida o limpiaba los cuartos. Razón por la cual, las vecinas que pasaban por su ventana hacia la plaza para hacer las compras, comentaban que estaba loca, al escucharla cantar las áreas que había aprendido.
La ópera era algo totalmente desconocido y extravagante para los habitantes de Trancas. No así para Lucía, que mientras vivió en Buenos Aires, aprendió de memoria las historias y las letras de cada obra.
Ese era su mundo perfecto, su escape de la nueva vida que Don Armando le brindaba. Ella cerraba los ojos y se transportaba desde el mísero pueblito, a lejanos parajes de Escocia, con castillos a orillas de lagos misteriosos, bosques profundos y abadías en ruinas. Solo la distraía el calor subtropical de las horas muertas de la siesta, momento en el que se recostaba sobre los almohadones del sillón de la sala mientras su mente iba y venía de la realidad a la fantasía, acompañada por el vaivén de su abanico de encaje negro.

La Casa Grande había sido construida por los dueños de uno de los primeros ingenios azucareros de Tucumán, en 1825, y poseía las comodidades de las casas ricas de Buenos Aires, con un estilo europeo, y las adaptaciones apropiadas para el clima de la zona.
El zaguán llevaba hacia el hall de entrada, que remataba en una mampara de vidrios ingleses. A la derecha se encontraba el oscuro comedor, con su mesa  para veinte personas, y se comunicaba directamente con la cocina. Sobre la izquierda la sala de estar con cuadros de pintores barrocos - tan misteriosos e intensos como si la propia Lucía los hubiese pintado - las arañas con caireles de cristal que pendían del techo y completaban la imagen teatral de la composición. Sobre ese mismo ala de la casa, se situaban los nueve dormitorios, amplios y luminosos, y el cuarto de baño de un blanco mármol inmaculado. Todas las estancias salían a una galería fresca, de mosaicos blancos y azulados, con sillones de ratán de la india, e infinidad de macetones con geranios blancos, rosados y morados. El patio estaba surcado de caminos estrechos, atravesando canteros de margaritas maltrechas y secas que aparecía cada temporada por decisión propia, y desembocaban en un espacio central donde se plantaba la jaula de los pájaros, tan amplia como una habitación. En ella había desde jilgueros, canarios amarillos y naranja, loros y cotorras verde-turquesa, hasta aves exóticas que enmascaraban con su canto y chillidos, el fragor de las fiestas del pueblo. En el fondo, árboles frondosos de copas espesas que servían de instrumento a los vientos para producir diferentes melodías, y la quinta de hortalizas y el gallinero mudo y vacío.
La casa representaba todo lo que una esposa de esa época hubiese soñado. Aunque los sueños de Lucía eran aún más grandes, y se destacaban de los otros, de la misma forma en que la casa despuntaba entre las demás por su altura, en un pueblo chato y escondido. Y esos sueños hacían ruido en su cabeza, cada vez que los soñaba.

La llegada de Lucía y Don Armando al pueblito de Trancas, fue tan fresca y estrepitosa como el aguacero que refresca los patios de ladrillo, en las tardes de verano. Nada ocurría, hacía tiempo, y las historias de los pueblerinos ya eran demasiado conocidas e insuficientes para alimentar el voraz apetito de las chismosas, que pasaban de a dos frente a la Casa Grande estirando el cuello, tratando de ver que sucedía  adentro, mientras hacían las compras del día. Y turnándose para pasar, hasta que una de ellas veía algo, por más insignificante que fuera, y corría a la plaza a contarles a las demás.
Nunca se les escapó ni el más mínimo movimiento de cortina; y ni hablar del día, en que Lucía, después de adaptarse a su nueva casa, como un canario que se lo lleva a una habitación nueva, comenzó a escuchar sus discos y a cantar ópera.  - está mal de la cabeza -decían- y cierra las ventanas para que no la veamos,  porque hasta creo tiene la cara deformada- comentaban, mientras las demás asentían con la cabeza. Tocaban a la puerta con la excusa de vender dulces o conservas esperando ser atendidas por Lucía, y se retiraban desilusionadas ante la negativa de la puerta cerrada.
Los niños trataban de espiar por cualquier agujero y muchas veces se colaban hasta el patio, saltando los tapiales vecinos, provocando un griterío entre las aves de la jaula, y salían corriendo --- cuando Lucía les gritaba desde adentro- como si vieran un aparecido; y luego inventaban que le habían visto colmillos, y que tenía un solo ojo, o que poseía esa voz porque era una bruja que podía imitar las voces de todos los animales, y hasta de las personas.
A pesar de todo aquello, la Casa Grande era como una fortaleza para Lucía, el arcón antiguo que guardaba su persona, la jaula dorada que protegía su vida.
Las ventanas al patio, eran su fuente de energía, el aire fresco de la mañana. Las ventanas a la calle, de balcones bajos y altura extrema, semejaban el agujero de un cántaro roto, que no puede taparse con la mano, puesto que por algún resquicio el agua siempre logra escurrirse.
Y la puerta de calle con sus aldabones pesados, y su madera oscura carcomida por el tiempo, era el límite más temido, la frontera que separaba su universo, del monstruo enorme que representaba el pequeño pueblito.

Cada vez que  Don Armando Palacios llegaba a la casa, después de atender sus negocios en San Miguel, tenía que buscar a Lucía por todos los cuartos, como se busca a un niño para darle una cucharada de medicina agria, mientras emitía silbidos entrecortados llamándola. Si la encontraba en un dormitorio, o sentada en algún cuarto, ella fingía que dormía, y él salía sigilosamente para no despertarla, mientras ella lo espiaba con un ojo entreabierto hasta que se cerraba la puerta.
Horas después, ella aparecía silenciosa como un fantasma en el lugar donde él estuviera, y le decía:  - No lo escuché llegar, ¿Hace mucho que regresó? -demostrando un interés inexistente. Y él le contestaba: - dormías tan plácidamente, que no quise despertarte -y en sus ojos destellaba la imagen luminosa de ella.

Durante la cena que Lucía preparaba, Don Armando le informaba los acontecimientos políticos que sucedían en Tucumán, mientras ella lo escuchaba en silencio, hasta que preguntaba ansiosa:  -¿y qué pasa en Buenos Aires? - y él, elevaba la voz, y le respondía de forma tajante  -Buenos Aires es muy lejos -y se terminaba la conversación.
Después de cenar, Don Armando, mientras su esposa lavaba los trastos, fumaba su pipa en el sillón de la sala.
Lucía ocupaba mucho tiempo realizando su labor,  porque sabía que el viejo iba a quedarse dormido en cualquier momento. Entonces aprovechaba y se iba rápido a la cama. Se desvestía, y volvía a vestirse con su camisón para deslizarse entre las pesadas sábanas de lino blanco. Es así, que para el momento en que Don Armando se despertaba en su sillón con la pipa caída sobre sus pantalones, y se dirigía al cuarto, lucía ya estaba dormida. O por lo menos, eso parecía. Entonces su marido la rozaba con los dedos por arriba de las sábanas, mientras lucía apretaba los dientes, tratando de no temblar.
Para las vecinas, Lucía Arrieta y Don Armando Palacios no eran una pareja perfecta. Y ese era uno de los pocos aciertos de esas lenguas largas.


Esa  tarde en que Don Armando llegó más temprano que nunca a su casa, Lucía había tenido que cerrar los postigones de las ventanas de calle para no escuchar las risas de las vecinas recién levantadas de la siesta, que salían a echar agua sobre el polvo de la calzada para refrescar el ambiente. Eran espíritus que se colaban por las rendijas e invadían los espacios íntimos de la casa y hacían que se le pusiera la piel como la de una gallina.
     Espió por las ventanas desde la galería del patio, para ver que sucedía, puesto que escuchaba a su marido que entraba conversando con alguien mientras le decía:  -éste es el hall, y más allá esta la cocina- Lucía estiró el cuello entre los malvones para ver quien acompañaba a su esposo. Alguien había logrado irrumpir en su mundo sin su consentimiento.
Don Armando atravesó la sala y salió a la galería acompañado de una pueblerina y dijo: -Ella es la Señora Lucía- mientras Lucia trataba de ocultar su rostro detrás de las flores.
La cara de Fabiana Rojas denotaba rasgos de descendencia aborigen, con ese halo de tristeza que le imprimió la conquista al cambiarles a sus dioses por uno prestado. Era un tanto gorda, y estaba vestida con los colores de un trópico que solo estaba cerca los días de calor intenso.

- La traje para que te ayude en los quehaceres de la casa -dijo Don Armando, esperando una sonrisa de parte de su mujer. Lucía, que no se había movido de  su escondite malva, dio media vuelta y se metió sin contestarle en su dormitorio. Don Armando se disculpó con Fabiana y se encaminó hacia la habitación que estaba en penumbras. En un rincón cerca del espejo, Lucía se escondía, apretando contra su pecho el diamante tallado, del tamaño de una bellota, que llevaba siempre adornando el escote.

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