sábado, 12 de octubre de 2013

EL SILENCIO (PARTE FINAL)


A Don Armando le estaban hastiando los caprichos de su mujer. Llevaban ocho meses de casados y no habían consumado el matrimonio. Sucesivas jaquecas, mareos y malestares eran interpuestos por Lucía para evadir el escollo. Don Armando tuvo paciencia, pero estaba cansado de tocar sigilosamente a su mujer por arriba de las sabanas mientras dormía. La negativa de que Fabiana se quedara en la casa, se transformó en la nueva obstinación de Lucía, y Don Armando solo logró convencerla de que Fabiana llegara por la mañana, y volviera a su casa una vez terminados los quehaceres, pasada la tarde.
La mañana siguiente cuando Lucía se levantó, su marido había tomado el tren a San Miguel de Tucumán para asistir a una reunión previa a las elecciones del 1 de Diciembre. Recorrió la casa en camisón, como era su costumbre y encontró a Fabiana sentada en una silla de la cocina limpiando arvejas, mientras en la hornalla, una olla pesada echaba vapor que salía por la ventana, en tanto que el sol entraba haciendo dibujos en el piso. Lucía corrió a cerrar la ventana, y mirando a la fámula a los ojos, le dijo. -En esta casa, las ventanas que dan a la calle no se abren. ¿No ve que hasta el sol quiere entrar a ver qué pasa? - Fabiana, precavida por Don Armando, bajo la cabeza y le contestó con voz fuerte -si señora, lo que usted mande - y esa fue la conversación más larga de ese día.
Desde la llegada de la intrusa, Lucía parecía escuchar cada vez más fuerte el andar de los carros y los escasos automóviles, el rumor del gentío de la plaza, las carcajadas del carnaval, el grito del lechero, las risas de los niños y los ladridos del perrerío.
Nunca hablaban entre ellas, salvo que Lucia lo hiciese. Tampoco se cruzaban. Igualmente, Lucia, muchas veces se aparecía de repente en la cocina y levantaba las tapas de las ollas para ver que se cocía dentro y volvía a salir en silencio, como un fantasma hambriento. O aparecía detrás de Fabiana mientras limpiaba la sala. Acomodaba los almohadones del sillón a su gusto y desaparecía tan rápido como había entrado.
En las mañanas, Fabiana llegaba y se sentaba a tomar una taza de café. Varias veces intento que Lucia desayunara, pero siempre recibía una negativa de su parte. Después encontraba el café por la mitad y el pan mordido como si hubiesen andado las ratas por la cocina. Hasta que descubrió que preparándole el desayuno y  dejándolo en  la mesa de la galería, después de un momento, aparecía la bandeja vacía como si la hubiese husmeado un animalito asustado.
Fabiana Rojas realizaba todos los quehaceres sin molestar a su señora, que fue tomando confianza y había retomado su costumbre de cantar ópera, después de los días que le había llevado acostumbrarse a la nueva presencia en su casa.

   Finalizado el viaje, Don Armando regresó, con la idea fija de que esa noche, iba a convencer a su mujer, para que por fin consumaran el matrimonio. Después de cenar Lucía se fue a acostar y su marido le siguió con una diferencia de minutos, los suficientes como para encontrarla entrando a la cama. Una vez que apagaron la luz, Don armando se animó a tocar a su mujer antes de que se durmiera. Lucía, respondió con un reflejo negativo de su cuerpo, pero su marido le sujetó los brazos. Sintió dolor, mientras los jadeos de Don Armando poco a poco, se convertían en aplausos, se encendían las luces, y  Lucía se encontraba sobre el escenario del teatro cantando un área de una ópera de Puccini.
Cuando llegó Fabiana, encontró a Lucía iluminada por el amanecer, durmiendo en la hamaca de la galería. Estaba congelada. Entonces la llevó hasta la cocina sin que opusiera resistencia, y una vez sentada le preparó una infusión de té caliente y la tapo con una manta.
Ese día la presencia de Fabiana dejó de ser un espíritu invasor. El correr de los días hizo que las dos mujeres de tan diferentes mundos fueran entrelazando sus vidas, llegando al punto de que Lucía le pidió que se quedara por las noches.
Fabiana se preocupaba por la señora, y creía verla sufrir, mientras interpretaba sus óperas. -Señora Lucia- le dijo entonces - No me parece bueno que llore tanto con esa música que escucha, donde gritan y hablan raro.
-¿por qué no?- Le respondío Lucia.
Y Fabiana avergonzada le contesto: - Es que las vecinas del pueblo dicen que usted está loca, y yo sé que no es verdad.
- Pues, si sabes que no lo estoy, no tienes de que preocuparte", gritó Lucia. "El miedo a lo distinto denota su ignorancia, y hace que miren lo ajeno como defecto, descuidando sus propias vidas, que nada de interesante deben tener-prosiguió - si solamente hubiese aceptado aquella noche… ni este pueblo, ni esta desidia, hubiesen puesto en juego mi estado mental".
- No entiendo lo que dice- replicó Fabiana.
-Es que no dije nada, por eso no entiendes, metete en tus cosas- dijo Lucia, tratando de esconder lo que había comenzado a decir.
Con el correr de los días, Lucia, pasaba cada vez más tiempo escuchando sus discos y cantando alrededor de la jaula de las aves. Fabiana la miraba desde adentro pensando en que realmente su ama había enloquecido.
Al mediodía cuando se acercaba la hora del almuerzo, Fabiana, atraía a Lucia hacia la cocina con aromas a guiso, a carne asada y a postres, como el flautista atrajo a las ratas del cuento. Como se atrae a los niños con dulces y golosinas.
Uno de aquellos mediodías, Lucía entro en la cocina y se sentó, apretó  en su pecho el diamante que llevaba colgado y sintió como si algo empujara hacia afuera para salir por su garganta:
-Este diamante- dijo, mientras Fabiana se daba vuelta -lo recibí de regalo una noche, mientras veía una ópera en el teatro Colón. Desde chica estudié canto, y estaba preparada para ser Soprano. El diamante estaba acompañado de una carta, con una propuesta de viajar a París, para actuar en el teatro de la ópera. Pero mis padres se negaron, nunca supe la razón.
Don Armando Palacios visitaba a mi padre. Tenían negocios juntos. Al principio se reunía a solas con mi el, pero después de un tiempo la visita de negocios había pasado al salón de la casa y también participábamos mi madre y yo. No sé ni cómo ni cuándo sucedió, después de tantas visitas, un día Don Armando pidió mi mano a mis padres, y aquí estoy, casada con él.
Lucía, más distendida, prosiguió, mientras Fabiana, la escuchaba atentamente.
- Abandoné mi futuro, y solo quedaron mis sueños. Y nunca más se habló del tema de mi viaje, como si fuese algo prohibido, manteniéndolo en secreto, guardándolo muy dentro de mí, y viviendo de la fuerza interior que me dio la incertidumbre de imaginar cómo hubiese sido mi vida.
Los días siguientes Lucía se sintió aliviada, aunque una sensación de vacío le recorría el cuerpo provocándole escalofrios.

La llegada de su marido la inquietó, y vagó toda la tarde, como buscando los pedazos de su secreto por la casa, como si su esposo pudiera verlo por las habitaciones, escrito en las paredes o reflejado en los espejos.
Durante la cena, Don Armando le reprochó sus comportamientos. -Mira chiquilina maleducada - le dijo- No persistas en tus caprichos de no salir a la calle. A partir de hoy voy a obligarte a salir. Fabiana no va a venir más y tendrás que hacer tú sola las compras por los mercados, buscar tu ropa y recibir a los vendedores que tocan a la puerta. Vas a asistir conmigo a las reuniones sociales. Voy a llevarte a los viajes y a recorrer los ingenios que te pertenecen por ser mi esposa - prosiguió- eso es lo que tus padres querían, y lo que negocie con ellos para que no perdiesen todos sus bienes, y yo se los estoy brindando a cambio de tenerte".
Lucía se levantó bruscamente de la mesa arrastrando los platos y cubiertos al piso, estaba fuera de su cuerpo y se movía entre un remolino de copas y cuchillos. Llegó corriendo Fabiana, al escuchar el estruendo, y trató de ayudarla. Lucía se levantó, y mirando a los ojos a su esposo le gritó - su favor, no es mi pedido. Y mis padres deben estar seguros de haber ganado territorios, pero más seguros tienen que estar de que perdieron a su hija vendiéndola como a un animal de corral. Nada de esto es lo que yo quería. Si solo hubiese dicho que no, sería cantante de ópera en París - automáticamente, Lucía tapó su boca y maldijo.
Don Armando gritó: - Esa música te está volviendo loca, ya inventas las cosas que dices. Todo el pueblo lo comenta, y yo no quise creerlo. Lucía corrió a su habitación y puso la tranca en la puerta. Su secreto no era el único que andaba suelto por la casa, y juntos estaban derrumbando las paredes.

Cuando Lucía se levantó esa mañana, se avecinaba una gran tormenta, pero el aire no olía a tierra mojada ni a aguacero en puerta. Olía a humo. A humo asfixiante.  Salió a la galería en camisón. En medio del patio central vio como ardía su fonógrafo, y sus discos de opera hechos pedazos. 
    Corrió hacia el patio, trato de salvar sus discos, de azotar  el fuego, pero ya era demasiado tarde, todo estaba destruido. Entonces, como una ráfaga de viento,corrió hacia la jaula de los pájaros, rompió el cerrojo y abrió de par en par la reja. Los pájaros comenzaron a escapar, chocándose entre ellos para ser los primeros en huir, entre graznidos y plumas sueltas al aire. El cielo se oscureció de humo, de cenizas y de batir de alas. 
    Así fue como Lucia se declaro a si misma insana. Y corrió por las calles, siguiendo al viento que se llevaba los restos del incendio por el aire, junto a sus ilusiones. Corrió por las callejuelas de un pueblo que no conocía, mientras la gente se reía y la señalaba con el dedo. Su mundo se convertía en cenizas, y volaba por un pueblo que no lo comprendía.

    La encontraron esa noche, con la cara tiznada de comer cenizas, el camisón rasgado y sin el diamante que solía colgar de su cuello.
Nunca más habló. Su voz se fue esa mañana con los discos.
La casa ya no era la misma. Sin Fabiana. Sin la música. Sin los pájaros. Era otra.
Lucía, cada mañana al levantarse abría todas las ventanas de calle y las cerraba entrada la noche, incluso a veces las olvidaba abiertas.
En el aire reinaba el silencio.

De boca en boca y a lo largo de muchos años, las comadres del pueblo tejieron historias sobre La Muda de la Casa Grande. Tanto trenzaron los hechos, que se transformó en una fábula, casi una leyenda.
Incluso dicen que cuando Lucía Arrieta murió - ahogada en su propia tos, y entre convulsiones - de su boca salió un diamante envuelto de sangre.
El secreto estaba otra vez afuera inundando la casa, saliendo por las ventanas, desbordando los umbrales, y volando por el pueblo.

No hay comentarios: