A Don Armando le estaban hastiando los caprichos de su mujer.
Llevaban ocho meses de casados y no habían consumado el matrimonio. Sucesivas
jaquecas, mareos y malestares eran interpuestos por Lucía para evadir el
escollo. Don Armando tuvo paciencia, pero estaba cansado de tocar sigilosamente
a su mujer por arriba de las sabanas mientras dormía. La negativa de que
Fabiana se quedara en la casa, se transformó en la nueva obstinación de Lucía,
y Don Armando solo logró convencerla de que Fabiana llegara por la mañana, y
volviera a su casa una vez terminados los quehaceres, pasada la tarde.
La mañana siguiente cuando Lucía se levantó, su marido había
tomado el tren a San Miguel de Tucumán para asistir a una reunión previa a las
elecciones del 1 de Diciembre. Recorrió la casa en camisón, como era su
costumbre y encontró a Fabiana sentada en una silla de la cocina limpiando
arvejas, mientras en la hornalla, una olla pesada echaba vapor que salía por la
ventana, en tanto que el sol entraba haciendo dibujos en el piso. Lucía corrió
a cerrar la ventana, y mirando a la fámula a los ojos, le dijo. -En esta casa,
las ventanas que dan a la calle no se abren. ¿No ve que hasta el sol quiere
entrar a ver qué pasa? - Fabiana, precavida por Don Armando, bajo la cabeza y
le contestó con voz fuerte -si señora, lo que usted mande - y esa fue la
conversación más larga de ese día.
Desde la llegada de la intrusa, Lucía parecía escuchar cada
vez más fuerte el andar de los carros y los escasos automóviles, el rumor del
gentío de la plaza, las carcajadas del carnaval, el grito del lechero, las risas
de los niños y los ladridos del perrerío.
Nunca hablaban entre ellas, salvo que Lucia lo hiciese. Tampoco
se cruzaban. Igualmente, Lucia, muchas veces se aparecía de repente en la cocina
y levantaba las tapas de las ollas para ver que se cocía dentro y volvía a
salir en silencio, como un fantasma hambriento. O aparecía detrás de Fabiana
mientras limpiaba la sala. Acomodaba los almohadones del sillón a su gusto y
desaparecía tan rápido como había entrado.
En las mañanas, Fabiana llegaba y se sentaba a tomar una
taza de café. Varias veces intento que Lucia desayunara, pero siempre recibía
una negativa de su parte. Después encontraba el café por la mitad y el pan
mordido como si hubiesen andado las ratas por la cocina. Hasta que descubrió
que preparándole el desayuno y dejándolo
en la mesa de la galería, después de un
momento, aparecía la bandeja vacía como si la hubiese husmeado un animalito
asustado.
Fabiana Rojas realizaba todos los quehaceres sin molestar a
su señora, que fue tomando confianza y había retomado su costumbre de cantar
ópera, después de los días que le había llevado acostumbrarse a la nueva
presencia en su casa.
Finalizado el viaje, Don Armando regresó, con la idea fija
de que esa noche, iba a convencer a su mujer, para que por fin consumaran el
matrimonio. Después de cenar Lucía se fue a acostar y su marido le siguió con
una diferencia de minutos, los suficientes como para encontrarla entrando a la
cama. Una vez que apagaron la luz, Don armando se animó a tocar a su mujer
antes de que se durmiera. Lucía, respondió con un reflejo negativo de su
cuerpo, pero su marido le sujetó los brazos. Sintió dolor, mientras los jadeos
de Don Armando poco a poco, se convertían en aplausos, se encendían las luces,
y Lucía se encontraba sobre el escenario
del teatro cantando un área de una ópera de Puccini.
Cuando llegó Fabiana, encontró a Lucía iluminada por el
amanecer, durmiendo en la hamaca de la galería. Estaba congelada. Entonces la
llevó hasta la cocina sin que opusiera resistencia, y una vez sentada le preparó
una infusión de té caliente y la tapo con una manta.
Ese día la presencia de Fabiana dejó de ser un espíritu
invasor. El correr de los días hizo que las dos mujeres de tan diferentes
mundos fueran entrelazando sus vidas, llegando al punto de que Lucía le pidió
que se quedara por las noches.
Fabiana se preocupaba por la señora, y creía verla sufrir,
mientras interpretaba sus óperas. -Señora Lucia- le dijo entonces - No me parece bueno
que llore tanto con esa música que escucha, donde gritan y hablan raro.
-¿por qué no?- Le respondío Lucia.
Y Fabiana avergonzada le contesto: - Es que las vecinas del
pueblo dicen que usted está loca, y yo sé que no es verdad.
- Pues, si sabes que no lo estoy, no tienes de que
preocuparte", gritó Lucia. "El miedo a lo distinto denota su
ignorancia, y hace que miren lo ajeno como defecto, descuidando sus propias
vidas, que nada de interesante deben tener-prosiguió - si solamente hubiese aceptado
aquella noche… ni este pueblo, ni esta desidia, hubiesen puesto en juego mi
estado mental".
- No entiendo lo que dice- replicó Fabiana.
-Es que no dije nada, por eso no entiendes, metete en tus
cosas- dijo Lucia, tratando de esconder lo que había comenzado a decir.
Con el correr de los días, Lucia, pasaba cada vez más tiempo
escuchando sus discos y cantando alrededor de la jaula de las aves. Fabiana la
miraba desde adentro pensando en que realmente su ama había enloquecido.
Al mediodía cuando se acercaba la hora del almuerzo,
Fabiana, atraía a Lucia hacia la cocina con aromas a guiso, a carne asada y a
postres, como el flautista atrajo a las ratas del cuento. Como se atrae a los
niños con dulces y golosinas.
Uno de aquellos mediodías, Lucía entro en la cocina y se
sentó, apretó en su pecho el diamante
que llevaba colgado y sintió como si algo empujara hacia afuera para salir por
su garganta:
-Este diamante- dijo, mientras Fabiana se daba vuelta -lo
recibí de regalo una noche, mientras veía una ópera en el teatro Colón. Desde
chica estudié canto, y estaba preparada para ser Soprano. El diamante estaba
acompañado de una carta, con una propuesta de viajar a París, para actuar en el
teatro de la ópera. Pero mis padres se negaron, nunca supe la razón.
Don Armando Palacios visitaba a mi padre. Tenían negocios
juntos. Al principio se reunía a solas con mi el, pero después de un tiempo la
visita de negocios había pasado al salón de la casa y también participábamos mi
madre y yo. No sé ni cómo ni cuándo sucedió, después de tantas visitas, un día
Don Armando pidió mi mano a mis padres, y aquí estoy, casada con él.
Lucía, más distendida, prosiguió, mientras Fabiana, la
escuchaba atentamente.
- Abandoné mi futuro, y solo quedaron mis sueños. Y nunca
más se habló del tema de mi viaje, como si fuese algo prohibido, manteniéndolo
en secreto, guardándolo muy dentro de mí, y viviendo de la fuerza interior que
me dio la incertidumbre de imaginar cómo hubiese sido mi vida.
Los días siguientes Lucía se sintió aliviada, aunque una
sensación de vacío le recorría el cuerpo provocándole escalofrios.
La llegada de su marido la inquietó, y vagó toda la tarde,
como buscando los pedazos de su secreto por la casa, como si su esposo pudiera
verlo por las habitaciones, escrito en las paredes o reflejado en los espejos.
Durante la cena, Don Armando le reprochó sus comportamientos.
-Mira chiquilina maleducada - le dijo- No persistas en tus caprichos de no
salir a la calle. A partir de hoy voy a obligarte a salir. Fabiana no va a venir
más y tendrás que hacer tú sola las compras por los mercados, buscar tu ropa y
recibir a los vendedores que tocan a la puerta. Vas a asistir conmigo a las
reuniones sociales. Voy a llevarte a los viajes y a recorrer los ingenios que
te pertenecen por ser mi esposa - prosiguió- eso es lo que tus padres querían,
y lo que negocie con ellos para que no perdiesen todos sus bienes, y yo se los
estoy brindando a cambio de tenerte".
Lucía se levantó bruscamente de la mesa arrastrando los
platos y cubiertos al piso, estaba fuera de su cuerpo y se movía entre un
remolino de copas y cuchillos. Llegó corriendo Fabiana, al escuchar el
estruendo, y trató de ayudarla. Lucía se levantó, y mirando a los ojos a su
esposo le gritó - su favor, no es mi pedido. Y mis padres deben estar seguros
de haber ganado territorios, pero más seguros tienen que estar de que perdieron
a su hija vendiéndola como a un animal de corral. Nada de esto es lo que yo quería.
Si solo hubiese dicho que no, sería cantante de ópera en París - automáticamente,
Lucía tapó su boca y maldijo.
Don Armando gritó: - Esa música te está volviendo loca, ya
inventas las cosas que dices. Todo el pueblo lo comenta, y yo no quise creerlo.
Lucía corrió a su habitación y puso la tranca en la puerta. Su secreto no era
el único que andaba suelto por la casa, y juntos estaban derrumbando las
paredes.
Cuando Lucía se levantó esa mañana, se avecinaba una gran
tormenta, pero el aire no olía a tierra mojada ni a aguacero en puerta. Olía a humo.
A humo asfixiante. Salió a la galería en
camisón. En medio del patio central vio como ardía su fonógrafo, y sus
discos de opera hechos pedazos.
Corrió hacia el patio, trato de salvar sus
discos, de azotar el fuego, pero ya era
demasiado tarde, todo estaba destruido. Entonces, como una ráfaga de viento,corrió hacia la jaula de los
pájaros, rompió el cerrojo y abrió de par en par la reja. Los pájaros
comenzaron a escapar, chocándose entre ellos para ser los primeros en huir, entre graznidos y plumas sueltas al aire. El cielo se oscureció de humo, de cenizas y de batir de alas.
Así
fue como Lucia se declaro a si misma insana. Y corrió por las calles, siguiendo
al viento que se llevaba los restos del incendio por el aire, junto a sus
ilusiones. Corrió por las callejuelas de un pueblo que no conocía, mientras la
gente se reía y la señalaba con el dedo. Su mundo se convertía en cenizas, y
volaba por un pueblo que no lo comprendía.
La encontraron esa noche, con la cara tiznada de comer cenizas,
el camisón rasgado y sin el diamante que solía colgar de su cuello.
Nunca más habló. Su voz se fue esa mañana con los discos.
La casa ya no era la misma. Sin Fabiana. Sin la música. Sin
los pájaros. Era otra.
Lucía, cada mañana al levantarse abría todas las ventanas de calle y las
cerraba entrada la noche, incluso a veces las olvidaba abiertas.
En el aire reinaba el silencio.
De boca en
boca y a lo largo de muchos años, las comadres del pueblo tejieron historias
sobre La Muda de la Casa Grande. Tanto trenzaron los hechos, que se transformó
en una fábula, casi una leyenda.
Incluso
dicen que cuando Lucía Arrieta murió - ahogada en su propia tos, y entre
convulsiones - de su boca salió un diamante envuelto de sangre.
El secreto
estaba otra vez afuera inundando la casa, saliendo por las ventanas,
desbordando los umbrales, y volando por el pueblo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario