Todo sigue en su lugar, nada ha cambiado. La cocina, el comedor lleno de floreros, los sillones del living y mi habitación intacta de adolescente. Hasta la radio pasa canciones de los 80. La Higuera volvió a sacar hojas, la Parra insinúa los racimos del verano y los Rayitos de sol explotaron de Fucsia en todos los canteros del patio.
El tiempo se detuvo para la Abuela en alguna época de su vida, quizás, seguramente, cuando murió el Abuelo.
Ella esta obsesionada con el almanaque que tiene colgado al final del pasillo y marca los días de fiesta, el día en que cobra la pensión, y la visita de sus hijos, contando y re-contando los días que faltan.
El único que no tiene marca en ese almanaque soy yo, que la llamo un día antes de ir, porque mis visitas no son programadas, sino cuando tengo ganas de verla. Así ella no pasa toda la semana esperando que llegue ese día y se inventa otras excusas para hacer correr el tiempo.
Hoy no cocinó. Pidió Ravioles en el almacén de la esquina. Esto hubiese sido un sacrilegio años antes, pero ahora ella se volvió practica.
Llegada la tarde, como no tenía mucho que hacer me preguntó si quería que me hiciera Bay Biscuits para llevarme. Yo le dije que no, pero me di cuenta que era otra excusa para engañar el tiempo, entonces finalmente, le dije que si.
Ella puso manos a la obra, y como lo hizo toda mi vida, mientras cocinaba me enseñaba como se hacían. De esta manera pasaba otro secreto de su cocina a mi inventario de recetas para ser usado en los momentos en que necesité conquistar a alguien por el estomago. Aunque esta vez, viendo el resultado final, no me hubiese lucido mucho, ya que se le quemaron...Pero, pensándolo mejor, podría tomarse como un buen intento de mi parte, y un motivo mas para demostrarle a la otra persona que soy humano, y no el sujeto perfecto que termino pareciendo ante los ojos de los demás.
La casa esta llena de relojes despertador. Algunos funcionan, otros no. Otros atrasan, o adelantan. Aunque ultimamente, Ella le hace caso a su reloj biológico. Entonces se levanta a las nueve, almuerza a las once, duerme la siesta a la una de la tarde, y de noche se va a dormir cuando tiene sueño. Así mismo, vive mirando que hora es, en cada paso que da, en cada habitación en la que entra, como si el tiempo variara según la puerta que abre. Como si pasaran horas mientras camina de un cuarto a la cocina. Y diciendo a cada rato lo temprano que es. El tiempo pasa tan lento para los que esperan...
Ayer, mientras tomaba sol en una reposera del patio como cuando tenía quince años, me acordé que no le había dado cuerda al reloj de péndulo que esta colgado en la pared del comedor, como cada vez que llego, como si de mi dependiese el trascurso del tiempo en la casa de la Abuela.
Dejé lo que estaba haciendo, y fui al comedor, y ahí estaba, parado a las cinco menos cuarto de quien sabe que día. Acerqué la silla, abrí la puertita y me dispuse a darle cuerda.
La maquina tiene dos cuerdas. La de la izquierda hace que funcione. Y la de la derecha - la del corazón- hace que toque las campanas. Mi abuela siempre me dijo que le de cuerda solo al lado izquierdo, pero esta vez quise recordar las campanadas, pero ví que el mecanismo estaba trabado. Entonces recordé que mi abuelo, hace muchos años le había hecho anular las campanas, para que no le molestara a mi Mamá en las noches de desvelo. Fue ahí cuando me dí cuenta que el reloj, no solo regía la vida de la Abuela y de la casa, sino también la de todos los que alguna vez vivimos en ella.
Quizás el Abuelo, para que mi Mamá no siguiera sufriendo la pérdida de mi Papá, desconectó las campanas, pensando que así desconectaba la tristeza, sin pensar que en ese acto nos estaba engañando, haciéndonos creer que el tiempo pasa en silencio, sin marcar hitos, y así nos privó de escuchar ese sonido glorioso de campanas, que marca misas, casamientos y muertes. Recordándonos que estamos vivos, cada vez que nos enamoramos o cada vez que somos felices.
Quizás deba ir al medico - o al relojero - para hacerme revisar la cuerda del lado derecho, así de una vez por todas escucho las campanas a tiempo y no me confundo con los sonidos, que a veces son solo ruidos en una relación amorosa.
Quizás todos debamos tener en casa un reloj de péndulo, despertadores, relojes de pulsera con alarma, que nos avisen con sus sonidos que el tiempo esta pasando y que debemos vivir buscando escuchar la próxima campanada, y no quedarnos quietos esperando...
Y ahora me voy adentro...La Abuela me grita desde la cocina que vaya a tomar la leche, que son las cinco. Yo miro mi reloj y son las cuatro menos cuarto...