El cielo está
muy oscuro para ser las 10 de la mañana, parece una hora incierta; tengo miedo
de que llueva… En realidad, eso debe estar diciendo la gente. Esa que corre, o
mira con malos ojos el cielo.
A mí no me
da miedo – no sé por qué lo dije- por el contrario me encanta. Debe ser por la
costumbre de escuchar a la gente odiarla.
Quisiera saber
por qué corren; por qué manejan como si los persiguiera un monstruo, por qué se
deprimen, por qué siempre están pensando en palmeras.
No es ácido,
no es veneno, ni pintura, ni mierda. Es solo agua que cae del cielo, fresca
limpia y pura.
Desde chico
para mi “lluvia” es sinónimo de “casa”, de “mi” casa. De quedarse adentro
armando casas de “Rasti”, de dibujar paraguas y hacer barquitos de papel, de
inventar cosas con lo que había en casa con el libro “el bazar de todas las
cosas”, de faltar a la clase de gimnasia, de comer las tortas fritas de mi Abuela,
de mirar por la ventana, de escuchar música, de investigar los placares, todo a
cobijo del techo.
La gente que
ama la lluvia tiene una vida interior frondosa, una imaginación gigante, una
tranquilidad translúcida, y una seguridad plana como un remanso.
Los que la
odian, en cambio, temen el silencio, temen lo que su cerebro pueda
transmitirles en esos momentos de oscuridad, necesitan cosas que los distraigan
de sus pensamientos, que los abrumen de ruido; palmeras, maracas y arena.
Creo que una
frase que se repite desde hace años –obviamente después de la aparición del psicoanálisis-
es la que nos habla del “niño interior”. Y siento que a mí la lluvia me trae de
visita al niño. A ese niño poco sociable, acostumbrado a la tranquilidad de su
casa. El que no tenía hermanos, que no le gustaban los cumpleaños y que no sonreía
porque tenía ortodoncias horrendas y eternas; pero una vida interior creada
para estar acompañado todo el tiempo, aunque estuviese solo.
La lluvia es
bien recibida por los campos y sus sembrados, por todas la plantas que Mamá no
riega, por los autos sucios, por los perros sedientos y acalorados, por los Teros que anuncian contentos el aguacero con sus gritos, por los niños que no
quieren ir a la escuela, por los amantes de los churros rellenos de dulce de
leche, por los vidrios sucios, por las alcantarillas y sus gargantas secas.
¿Por qué
entonces deprimirse?
En días como
hoy, creo que la tranquilidad es sinónimo de “felicidad”, solo con una casa, un
perro, un sillón, un ventanal y ver llover.
Canción: HERE COMES THE RAIN AGAIN - MACY GRAY
Canción: HERE COMES THE RAIN AGAIN - MACY GRAY

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