martes, 20 de mayo de 2014

VER "YO" VER


   El cielo está muy oscuro para ser las 10 de la mañana, parece una hora incierta; tengo miedo de que llueva… En realidad, eso debe estar diciendo la gente. Esa que corre, o mira con malos ojos el cielo.
A mí no me da miedo – no sé por qué lo dije- por el contrario me encanta. Debe ser por la costumbre de escuchar a la gente odiarla.
Quisiera saber por qué corren; por qué manejan como si los persiguiera un monstruo, por qué se deprimen, por qué siempre están pensando en palmeras.
No es ácido, no es veneno, ni pintura, ni mierda. Es solo agua que cae del cielo, fresca limpia y pura.
   Desde chico para mi “lluvia” es sinónimo de “casa”, de “mi” casa. De quedarse adentro armando casas de “Rasti”, de dibujar paraguas y hacer barquitos de papel, de inventar cosas con lo que había en casa con el libro “el bazar de todas las cosas”, de faltar a la clase de gimnasia, de comer las tortas fritas de mi Abuela, de mirar por la ventana, de escuchar música, de investigar los placares, todo a cobijo del techo.
   La gente que ama la lluvia tiene una vida interior frondosa, una imaginación gigante, una tranquilidad translúcida, y una seguridad plana como un remanso.
   Los que la odian, en cambio, temen el silencio, temen lo que su cerebro pueda transmitirles en esos momentos de oscuridad, necesitan cosas que los distraigan de sus pensamientos, que los abrumen de ruido; palmeras, maracas y arena.
Creo que una frase que se repite desde hace años –obviamente después de la aparición del psicoanálisis- es la que nos habla del “niño interior”. Y siento que a mí la lluvia me trae de visita al niño. A ese niño poco sociable, acostumbrado a la tranquilidad de su casa. El que no tenía hermanos, que no le gustaban los cumpleaños y que no sonreía porque tenía ortodoncias horrendas y eternas; pero una vida interior creada para estar acompañado todo el tiempo, aunque estuviese solo.
   La lluvia es bien recibida por los campos y sus sembrados, por todas la plantas que Mamá no riega, por los autos sucios, por los perros sedientos y acalorados, por los Teros que anuncian contentos el aguacero con sus gritos, por los niños que no quieren ir a la escuela, por los amantes de los churros rellenos de dulce de leche, por los vidrios sucios, por las alcantarillas y sus gargantas secas.
¿Por qué entonces deprimirse?

En días como hoy, creo que la tranquilidad es sinónimo de “felicidad”, solo con una casa, un perro, un sillón, un ventanal y ver llover.

Canción: HERE COMES THE RAIN AGAIN - MACY GRAY

No hay comentarios: