lunes, 16 de enero de 2012

Cuento de Otoño: EL VELORIO DE LA CLEMENTINA (PARTE FINAL)



Nada en el pueblo había sido más curioso y comentado que el velorio de La Clementina. La noticia había corrido como corre el agua barrosa que baja de los campos cuando el aguacero es fuerte. Esa noche llego hasta su casa gente de pueblos vecinos que ni siquiera la conocieron para ver el espectáculo. Concurrieron muchos parientes, amigos de su marido fallecido y ex-compañeros de colegio de sus hijos. Todo el pueblo pasó esa noche por la capilla ardiente montada en la habitación del frente de la casa de la calle Independencia.
Desde afuera, todo el que viera los movimientos por las ventanas, pensaría que se trataba de una fiesta, que todo era alegría y que allí no había ningún muerto.
La Clementina brillaba como los vivos en las fiestas. Hablo con todos los asistentes. Se rió y lloro también con anécdotas y recuerdos cada vez que aparecía una vieja amiga de la juventud o alguien que decía conocerla aunque ella no lo recordara.
Cada tanto salía a la puerta de la casa y miraba hacia el final de la calle polvorienta, donde se cruza con la carretera. Por unos momentos, su mirada recorría la distancia hasta la ruta, perdiéndose en el cruce de los caminos y luego de regresar, volvía a entrar al velorio esbozando una sonrisa pintada.
Durante la madrugada se encendieron velas y se rezaron oraciones en honor de la muerta y su pacifico descanso. Las habitaciones de la casa olían a flores de muerto como si fuera un delicado perfume de primavera, mientras las hojas del otoño se acumulaban en los dinteles dormidos.
La Mañana llego arrastrada por un viento del norte. Golpeo las ventanas de la casa y empujo las hojas hacia los pies de los dormidos. Las vecinas fueron despertándose entre ellas. La Clementina que había dormitado en una silla ya se había levantado hacia rato porque sintió que llegaba la hora. Se acomodo un sombrero con velo negro sobre el cabello recogido y se apareció en la sala diciendo a los presentes: “ya es tiempo”.
Para el momento en el que llego nuevamente el funebrero, las vecinas y hasta la propia Clementina tuvieron dudas de cómo seguiría la ceremonia. ¿Como hace un muerto que no esta muerto como los demás muertos para trasladarse al cementerio?
La clementina no iba a meterse en el cajón a que la cerraran con clavos y cera que impide la entrada de alimañas, tapada por la mortaja amarillenta que envuelve el paso del tiempo y arropa las cenizas de los huesos apolillados.
Entonces decidió que ella se iba a quedar ordenando la casa mientras la gente conducía el cortejo funebre al cementerio. Y se iba a encomendar a la virgen para que la guíe en los próximos pasos a seguir después de muerta.
El funebrero y sus ayudantes taparon el cajón, lo sellaron como la costumbre manda y con ayuda de los hombres de la cuadra comenzaron a moverlo hacia la calle.
Las vecinas lloraron, y abrazaron a La Clementina, despidiéndola de su vida, y recibiendo a la muerte como se recibe el año nuevo.
Se llevaron las coronas y las flores, y en un momento la casa quedó muda y vacía.
El cortejo salio hacia el cementerio, con el cajón sobre los hombros de los hombres y el rosario de mujeres caminando atrás tomadas del brazo. El sonido de los pasos se mezcló con el polvo de la calle reseca tornándose mudo y lejano. Esa mañana no iba a llover.
La Clementina miro hacia la carretera una vez más y entro en la casa sin voltear hacia donde el cortejo llevaba su muerte.
La Clementina cerró las ventanas del frente y apago las luces que habían quedado encendidas desde la noche. Entro a la sala y allí vio que no todos se habían ido. En una silla de la cocina había un hombre sentado. Bigote engomado, sombrero y traje.
“A Usted no lo conozco” le dijo ella. Y el hombre quitándose el sombrero le dijo: “Entonces me presento: Ernesto Cuenca, trabajo en la oficina inmobiliaria. Vengo a hablar con Usted de parte del municipio del pueblo”
El hombre se levanto de su lugar y comenzó a sacar papeles de un portafolios de cuero roído por el tiempo.
“¿Y que es lo que quiere el municipio de mi? Yo no le debo ningún impuesto”. Le dijo La Clementina poniéndose seria.
“No señora, no hay ninguna deuda”, contesto el hombre. Lo que usted tiene que hacer es firmarme la donación de su casa al pueblo, ya que nadie se ha presentado a reclamarla”.
“Pero esta es mi casa y aquí vivo yo. ¡Nadie va a regalársela al municipio!”
“Mi querida Señora” replico el hombre. “Ningún muerto vive en su casa. Su lugar ahora es el cementerio del pueblo, allí donde Usted tiene su tumba. A no ser que no este muerta…
“¡Bien muerta que estoy Señor! Nada queda de lo que fui. Todo lo que siento es lo mas lejano a la vida que conocí – grito La Clementina- Ya no tengo mas que carne, huesos y recuerdos. Y eso no es estar vivo” concluyo.
“¿Lo ve usted? No hace más que darme la razón. Si Usted esta muerta no tiene por que quedarse en esta casa” sentencio el empleado inmobiliario.
La Clementina no supo que mas decir. Ya no encontraba defensa alguna.
Esto debe estar sucediendo, porque seguramente es la virgen que me esta marcando el camino – pensó ella- Este hombre debe ser un enviado del cielo disfrazado de empleado municipal.
“Firme aquí y apúrese. Así alcanza al cortejo que recién debe ir por la mitad del pueblo” le dijo el hombre animadamente.
Ella firmo con su apellido de casada, tal como acostumbraban las mujeres del pueblo aunque ya fueran viudas: Clementina María de Sánchez, mientras el papel absorbía la tinta que firmaba su renuncia a la vida. A su casa y a sus olores. A los sabores dulces y salados. A las frutas que cultivaba en su patio cada estación del año. Al amor que usaba como ingrediente secreto de sus comidas, y guardaba en su corazón en un gran frasco de la despensa.
Salio a la calle. Detrás de ella, se cerraba la puerta de su casa con una llave que ya no le pertenecía.
Volvió a mirar hacia el final de la calle, allá donde se junta con la carretera polvorienta. Ya sus hijos no vendrían. Ya no bajarían de la ruta como en las navidades, las pascuas y los cumpleaños, con el coche cargado de regalos. Ya no llegarían. El tiempo se había acabado.
Se acomodo el velo del sombrero y bajó el escalón del zaguán. Miro hacia el otro lado de la ruta. Aun podía ver la comitiva que llevaba el ataúd con sus recuerdos.
Ajusto la cinta de su zapato y bajo a la calle. La Clementina comenzó a caminar despacio hacia el cementerio, viuda de si misma, apretando el monedero y los labios, tratando de no llorar.
Dice la gente del pueblo, que el fantasma de La Clementina vaga por las calles cada día y cada noche, con su vestido ajado de luto propio. Muchos la vieron dormir sobre su propia tumba. Limpiarla y cambiarle el agua a las flores que ella mismo compra. A veces, se asoma en las ventanas de la cocina de las vecinas, cuando preparan alguna receta que solía cocinar mientras vivía. Camina descalza cuando baldean las veredas y sopla las hojas jugando a que es viento cada tarde de otoño...O quizás, no sea su fantasma…

Canción: NADA - MERCEDES SOSA

5 comentarios:

libelula dijo...

realmente impactante,cautivante,de tan real..muy triste...demasiado real.felicitaciones!

PABLOPOL dijo...

Gracias Su, me alegro de que te haya gustado.
besosss

Anónimo dijo...

Wow! Me erizó... al leer senti vivir la muerte de Clementina, fue como si me transformara en ella...

Te felicito. La compartí en mi page de FB con tu firma por supuesto. Gracias por esta historia. Eres excelente.

Anónimo dijo...

Si esta es la parte final... me gustaria leer mas... el comienzo. Gracias.

PABLOPOL dijo...

El cuento estacompleto si entras a donde dice CUENTOS DE CUATRO ESTACIONES, Gracias, saludos