martes, 2 de febrero de 2010

Cuento de Invierno: PAJAROS EN BUENOS AIRES (PARTE I)



El diamante de una estrella ha rayado el hondo cielo,
pájaro de luz que quiere escapar del universo
Y huye del enorme nido donde estaba prisionero
sin saber que lleva atada una cadena
en el cuello.
Federico Garcia Lorca


Buenos Aires es una ciudad oscura. Las veredas y calles angostas de la metrópolis olvidaron hace mucho tiempo las bondades del sol. Caminar por Avenida de Mayo un domingo de lluvia puede parecer un viaje a una ciudad de un futuro trágico, de construcciones abandonadas y sobrevivientes de un incendio, por lo sombrío de sus paredes y cúpulas ennegrecidas por el smog; Guardianes petrificados que flanquean la avenida que une al gobierno con el pueblo de una manera  obligadamente Francesa; Testigos grises de una Belle Epoque de los principios de la modernidad.
     Hay que trepar por las ventanas escalando los edificios con los ojos, para ver si el cielo aun sigue ahí, si esta azul o gris. Y los pájaros…Los pájaros, en realidad pocos he visto, pero… los que conozco son grises y oscuros como los edificios; se ocultan en los alfeizares, en los dinteles y cornisas, participes de una metamorfosis con las molduras y guardas Art Decó, asomados como gárgolas inmóviles y expectantes que realizan vuelos furtivos mimetizándose con el gris del cielo y las nubes de polución.
    Los pájaros, que aunque pocos he visto, sé muy bien - según me han contado - que visitaban a Estornino Pinto cada mañana, golpeando en el vidrio de la ventana de su departamento del segundo piso B de la calle Piedras del barrio de Monserrat, para despertarlo.
     Estornino Pinto como muchos de los habitantes de las grandes ciudades del mundo, nació y se crió en un pueblo olvidado en la polvareda del interior del país y se mudó a la ciudad de los edificios oscuros en busca de libertad. La libertad que casi inexplicablemente un pueblo no puede dar. Y digo casi, porque la explicación podría quizás llegar a encontrase en diferenciar tamaño de jaulas y cantidad de pájaros contenidos en ellas.
Estornino desde su llegada vivió en el mismo barrio, a metros a la Avenida de Mayo, dada la proximidad con el lugar donde encontró su primer y vetusto trabajo. Primero y único podríamos decir, ya que a veces resulta  muy difícil salir de la oscuridad una vez que entras en ella. Ascensores fríos, pasillos lúgubres, puertas con vidrios opacos que esconden más misterio y oscuridad. Pilas de papeles, pilas de trámites eternamente inconclusos, pilas de tazas sucias y empleados sin nombre de pila.
Cada mañana después de revivir de la muerte nocturna con un café con leche y tostadas, al salir de su casa, Estornino saludaba somnoliento y entre dientes al Sr. Espinero -portero del edificio - y se dirigía a la oficina. Su espalda se curvaba al salir a la calle, y su paso era corto y apurado, su puntualidad, extrema. Nada lo detenía. Solo frenaba su carrera cuando tenia que aminorar la marcha para socorrer a su vecina - la Señora Paloma Montera Grande - que vivía en el primer piso de su edificio y que cada semana se tiraba del balcón para suicidarse, sin lograr su cometido dada la escasa altura, obteniendo en cambio quebraduras y magullones pasajeros, además de los que le proporcionaba su marido.
Al atravesar la avenida entrelazaba su paso con el de  la gente que va a su trabajo apurada. Enorme tejido de vidas paralelas y perpendiculares. Criaturas grises con la mirada en el suelo y los hombros preparados a recibir golpes de los hombros de los demás transeúntes. Vigilados desde las alturas por la mirada inquisidora del águila de la plaza del congreso, inmóvil y rapaz. Los taxistas y sus malos humores, las bocas del subterráneo que tragan y vomitan gente, las bocinas estridentes y el humo espeso. Una gran escenografía atiborrada de elementos que preparan la escena del primer acto de la mañana en la ciudad.
Al llegar a la calle Florida, se zambullía en el río de gente que fluye sin cesar que describe Mujica Lainez en uno de sus cuentos, y desde allí, arrastrado por la corriente vertiginosa y ciega hacia el edificio donde se hallaba la oficina.
Libertad…Aunque parezca una mentira, eso era la libertad que buscaba la gente que se mudaba a una ciudad. Mezclarse entre los otros sin ser reconocido, sin importar si uno va de azul o gris, o si no lleva los zapatos de moda. Nadie sabe de tu vida, ni sabes de la vida de los demás. Y abandonar esa pequeña jaula con pocos pájaros que cantan igual que supone ser un pueblo, donde el cielo es grande y oprime, para meterse en una jaula inmensa y llena de pájaros de todos los colores y especies, que vuelan y cantan diferente. Perderse en la multitud para crecer por dentro en una jaula de libertad.
¿Quienes aprecian más la libertad que aquellos que no la tienen?, las grandes ciudades son jaulas gigantes con barrotes tan separados que todos los pájaros podrían escaparse, pero no lo hacen. ¿Quiénes anhelan más la libertad que los seres condenados al encierro, aunque sea ficticio? Siempre apreciamos lo que tenemos en el momento en que lo perdemos.

   Según dicen, Estornino Pinto vivía solo, pero los pájaros que dormían en su ventana y lo despertaban cada mañana sabían muy bien que allí había otros ocupantes.
El departamento de la calle Piedras tenía dos habitaciones. En una modesta y vetusta dormía él con sus libros, los apuntes que escribía, sus discos y los cuadros sin terminar de una juventud cada vez más lejana y borrosa. En la otra, atiborrada de objetos, colores  y recuerdos calidos - cerrado bajo dos llaves - dormía un niño. Cuando Estornino estaba triste le abría la puerta. Para recordarlo, para alimentarlo, para llorar juntos. Era su hermano y él mismo. Se cuidaban mutuamente, se apañaban y contenían, y por supuesto peleaban también.
A través de las cortinas, también se podía ver que en la casa había además una mujer. Una mujer que un día llegó con su equipaje gris, y su vestido oscuro. Se mudó con el y ya nunca lo abandonó. Ella no tenía habitación propia, ya que no dormía. Deambulaba por la casa, lo veía mientras él dormía, lo arropaba en invierno y le hacia aire en verano. Le cuidaba cuando estaba enfermo y le leía cuentos. Le acompañaba en la cocina en las noches de insomnio y preparaba el desayuno en las mañanas, mientras lo miraba a sus ojos de niño con mirada protectora.
Una mañana muy fría -después de un insomnio que hizo que se levantara más temprano- decidió desayunar en un bar en lugar de hacerlo en su casa tal como acostumbraba en su rutinario despertar. Elegir el bar no era tarea fácil, ya que Estornino buscaba un lugar donde pudiera sentirse como en su casa. Tras caminar seis o siete cuadras y estudiar desde la vereda y rechazar los bodegones que se cruzaban a su paso, encontró un lugar simple, pero amable, con grandes ventanales hacia la calle y hacia un jardín interno. Con sillones claros y lámparas de mesa.
Escogió una mesa junto a la ventana y próxima a la pared  -que desde siempre le pareció más segura - pidió el periódico, café con leche, medialunas de manteca y mermelada de frambuesas. Y mientras ojeaba el suplemento cultural en busca de nuevos libros para sus noches, se dio cuenta que desde una mesa un poco apartada lo miraba una mujer.
El corazón de Estornino dio un salto y comenzó a acelerar el andar de sus latidos, mientras hacia temblar la taza de café en su mano y comía – desordenadamente -  una medialuna, que usualmente solía comenzar a comer sacándole de a una las puntas y por ultimo comiendo el centro con mermelada.
La mujer era medianamente joven pero parecía envuelta por un halo de otro tiempo. Tenia el pelo recogido hacia arriba, llevaba unos lentes de leer de marco redondo, perlas en el cuello y estaba elegantemente vestida de blanco de cabeza a pies. Era casi…luminosa a la vista de Estornino. El termino apurado su desayuno y salio casi expulsado de su silla cuando se dio cuenta que se estaba haciendo tarde para llegar a la oficina, y mas teniendo en cuenta que se había desviado de su camino habitual. Saludo con un mínimo gesto a la mujer y salio por la puerta como se sale de abajo del agua cuando ya no queda aire.
Aceleró su paso hasta llegar a la Avenida de mayo y corrió hasta cruzarla. Desde el balcón de la habitación 704 del Hotel Castelar, le observaba el fantasma luminoso de Federico García Lorca, mientras se preguntaba  en silencio porque pasaban tan rápido los pájaros esta mañana.
continuara...

2 comentarios:

Monica dijo...

de donde es sacado este cuento? la verdad es linda historia, yo siempre cuando viajo escribo.. hace unos meses me hospede en uno de los hoteles en Manhattan New York con una amiga y me hice como un diario.. todavia lo conservo, me falta agregarle fotos..

PABLOPOL dijo...

Monica, todo lo que escribo en el blog es mio...