El diamante de una estrella ha rayado el hondo cielo,
pájaro de luz que quiere escapar del universo
Y huye del enorme nido donde estaba prisionero
sin saber que lleva atada una cadena
pájaro de luz que quiere escapar del universo
Y huye del enorme nido donde estaba prisionero
sin saber que lleva atada una cadena
en el cuello.
Federico Garcia Lorca
Buenos
Aires es una ciudad oscura. Las veredas y calles angostas de la metrópolis
olvidaron hace mucho tiempo las bondades del sol. Caminar por Avenida de Mayo
un domingo de lluvia puede parecer un viaje a una ciudad de un futuro trágico,
de construcciones abandonadas y sobrevivientes de un incendio, por lo sombrío
de sus paredes y cúpulas ennegrecidas por el smog; Guardianes petrificados que
flanquean la avenida que une al gobierno con el pueblo de una manera obligadamente Francesa; Testigos grises de
una Belle Epoque de los principios de la modernidad.
Hay que trepar por las ventanas escalando
los edificios con los ojos, para ver si el cielo aun sigue ahí, si esta azul o
gris. Y los pájaros…Los pájaros, en realidad pocos he visto, pero… los que
conozco son grises y oscuros como los edificios; se ocultan en los alfeizares,
en los dinteles y cornisas, participes de una metamorfosis con las molduras y
guardas Art Decó, asomados como gárgolas inmóviles y expectantes que realizan
vuelos furtivos mimetizándose con el gris del cielo y las nubes de polución.
Los pájaros, que aunque pocos he visto, sé
muy bien - según me han contado - que visitaban a Estornino Pinto cada mañana,
golpeando en el vidrio de la ventana de su departamento del segundo piso B de
la calle Piedras del barrio de Monserrat, para despertarlo.
Estornino Pinto como muchos de los
habitantes de las grandes ciudades del mundo, nació y se crió en un pueblo
olvidado en la polvareda del interior del país y se mudó a la ciudad de los
edificios oscuros en busca de libertad. La libertad que casi inexplicablemente
un pueblo no puede dar. Y digo casi, porque la explicación podría quizás llegar
a encontrase en diferenciar tamaño de jaulas y cantidad de pájaros contenidos
en ellas.
Estornino
desde su llegada vivió en el mismo barrio, a metros a la Avenida de Mayo, dada la
proximidad con el lugar donde encontró su primer y vetusto trabajo. Primero y
único podríamos decir, ya que a veces resulta
muy difícil salir de la oscuridad una vez que entras en ella. Ascensores
fríos, pasillos lúgubres, puertas con vidrios opacos que esconden más misterio
y oscuridad. Pilas de papeles, pilas de trámites eternamente inconclusos, pilas
de tazas sucias y empleados sin nombre de pila.
Cada
mañana después de revivir de la muerte nocturna con un café con leche y
tostadas, al salir de su casa, Estornino saludaba somnoliento y entre dientes
al Sr. Espinero -portero del edificio - y se dirigía a la oficina. Su espalda
se curvaba al salir a la calle, y su paso era corto y apurado, su puntualidad,
extrema. Nada lo detenía. Solo frenaba su carrera cuando tenia que aminorar la
marcha para socorrer a su vecina - la Señora Paloma Montera Grande - que vivía en el
primer piso de su edificio y que cada semana se tiraba del balcón para
suicidarse, sin lograr su cometido dada la escasa altura, obteniendo en cambio
quebraduras y magullones pasajeros, además de los que le proporcionaba su
marido.
Al
atravesar la avenida entrelazaba su paso con el de la gente que va a su trabajo apurada. Enorme
tejido de vidas paralelas y perpendiculares. Criaturas grises con la mirada en
el suelo y los hombros preparados a recibir golpes de los hombros de los demás
transeúntes. Vigilados desde las alturas por la mirada inquisidora del águila
de la plaza del congreso, inmóvil y rapaz. Los taxistas y sus malos humores,
las bocas del subterráneo que tragan y vomitan gente, las bocinas estridentes y
el humo espeso. Una gran escenografía atiborrada de elementos que preparan la
escena del primer acto de la mañana en la ciudad.
Al
llegar a la calle Florida, se zambullía en el río de gente que fluye sin cesar
que describe Mujica Lainez en uno de sus cuentos, y desde allí, arrastrado por
la corriente vertiginosa y ciega hacia el edificio donde se hallaba la oficina.
Libertad…Aunque
parezca una mentira, eso era la libertad que buscaba la gente que se mudaba a
una ciudad. Mezclarse entre los otros sin ser reconocido, sin importar si uno
va de azul o gris, o si no lleva los zapatos de moda. Nadie sabe de tu vida, ni
sabes de la vida de los demás. Y abandonar esa pequeña jaula con pocos pájaros
que cantan igual que supone ser un pueblo, donde el cielo es grande y oprime,
para meterse en una jaula inmensa y llena de pájaros de todos los colores y
especies, que vuelan y cantan diferente. Perderse en la multitud para crecer
por dentro en una jaula de libertad.
¿Quienes
aprecian más la libertad que aquellos que no la tienen?, las grandes ciudades
son jaulas gigantes con barrotes tan separados que todos los pájaros podrían
escaparse, pero no lo hacen. ¿Quiénes anhelan más la libertad que los seres
condenados al encierro, aunque sea ficticio? Siempre apreciamos lo que tenemos
en el momento en que lo perdemos.
Según dicen, Estornino Pinto vivía solo,
pero los pájaros que dormían en su ventana y lo despertaban cada mañana sabían
muy bien que allí había otros ocupantes.
El
departamento de la calle Piedras tenía dos habitaciones. En una modesta y
vetusta dormía él con sus libros, los apuntes que escribía, sus discos y los cuadros
sin terminar de una juventud cada vez más lejana y borrosa. En la otra,
atiborrada de objetos, colores y
recuerdos calidos - cerrado bajo dos llaves - dormía un niño. Cuando Estornino
estaba triste le abría la puerta. Para recordarlo, para alimentarlo, para
llorar juntos. Era su hermano y él mismo. Se cuidaban mutuamente, se apañaban y
contenían, y por supuesto peleaban también.
A
través de las cortinas, también se podía ver que en la casa había además una
mujer. Una mujer que un día llegó con su equipaje gris, y su vestido oscuro. Se
mudó con el y ya nunca lo abandonó. Ella no tenía habitación propia, ya que no
dormía. Deambulaba por la casa, lo veía mientras él dormía, lo arropaba en
invierno y le hacia aire en verano. Le cuidaba cuando estaba enfermo y le leía
cuentos. Le acompañaba en la cocina en las noches de insomnio y preparaba el
desayuno en las mañanas, mientras lo miraba a sus ojos de niño con mirada
protectora.
Una
mañana muy fría -después de un insomnio que hizo que se levantara más temprano-
decidió desayunar en un bar en lugar de hacerlo en su casa tal como
acostumbraba en su rutinario despertar. Elegir el bar no era tarea fácil, ya
que Estornino buscaba un lugar donde pudiera sentirse como en su casa. Tras
caminar seis o siete cuadras y estudiar desde la vereda y rechazar los
bodegones que se cruzaban a su paso, encontró un lugar simple, pero amable, con
grandes ventanales hacia la calle y hacia un jardín interno. Con sillones
claros y lámparas de mesa.
Escogió
una mesa junto a la ventana y próxima a la pared -que desde siempre le pareció más segura -
pidió el periódico, café con leche, medialunas de manteca y mermelada de
frambuesas. Y mientras ojeaba el suplemento cultural en busca de nuevos libros
para sus noches, se dio cuenta que desde una mesa un poco apartada lo miraba
una mujer.
El
corazón de Estornino dio un salto y comenzó a acelerar el andar de sus latidos,
mientras hacia temblar la taza de café en su mano y comía – desordenadamente - una medialuna, que usualmente solía comenzar a
comer sacándole de a una las puntas y por ultimo comiendo el centro con
mermelada.
La
mujer era medianamente joven pero parecía envuelta por un halo de otro tiempo.
Tenia el pelo recogido hacia arriba, llevaba unos lentes de leer de marco
redondo, perlas en el cuello y estaba elegantemente vestida de blanco de cabeza
a pies. Era casi…luminosa a la vista de Estornino. El termino apurado su
desayuno y salio casi expulsado de su silla cuando se dio cuenta que se estaba
haciendo tarde para llegar a la oficina, y mas teniendo en cuenta que se había
desviado de su camino habitual. Saludo con un mínimo gesto a la mujer y salio
por la puerta como se sale de abajo del agua cuando ya no queda aire.
Aceleró su paso
hasta llegar a la Avenida
de mayo y corrió hasta cruzarla. Desde el balcón de la habitación 704 del Hotel
Castelar, le observaba el fantasma luminoso de Federico García Lorca, mientras
se preguntaba en silencio porque pasaban
tan rápido los pájaros esta mañana.
continuara...

2 comentarios:
de donde es sacado este cuento? la verdad es linda historia, yo siempre cuando viajo escribo.. hace unos meses me hospede en uno de los hoteles en Manhattan New York con una amiga y me hice como un diario.. todavia lo conservo, me falta agregarle fotos..
Monica, todo lo que escribo en el blog es mio...
Publicar un comentario