jueves, 12 de enero de 2012

Cuento de Otoño: EL VELORIO DE LA CLEMENTINA (PARTE II)



La Clementina era clienta de la Cochería Fúnebre desde siempre. Ella velo en su casa a su padre antes de cumplir los cien años y a su madre a los noventa y siete. A uno de sus cuñados. A su yerno y finalmente a su marido. Y en esta ocasión no podía hacer menos. Ella decía que “los muertos propios se velaban en casa”.
El funebrero la recibió muy amablemente y anoto cada uno de sus pedidos, tan aturdido por la decisión y la rapidez de las palabras de La Clementina, que no encontró espacio para ninguna pregunta.
Las flores serian Claveles rojos y Crisantemos Blancos. La banda morada de la corona llevaría una inscripción alusiva al amor de los hijos y el marido. Debía enviar además, una crucecita de claveles también rojos a nombre de los nietos.
El velorio comenzaría al atardecer, así las vecinas tendrían tiempo de terminar sus quehaceres diarios, cambiarse y peinarse, y tendrían toda la noche para llorar y rezar “el rosario” tranquilas y sin ningún apuro. El entierro se llevaría a cabo por la mañana, y seria muy bueno que lloviese en ese momento. Y aunque eso escapaba al trabajo que le competía al Funebrero, el tomo nota sin dudarlo.
La Clementina eligió un cajón de madera oscura que combinara con los pisos de la habitación de adelante y cuando el funebrero le pregunto las medidas, ella le contesto: “Las medidas tómemelas a mí que para eso me tiene aquí”.
El funebrero le tomo las medidas un poco confundido e hizo la cuenta final.
La Clementina pago cada peso de la compra y se dirigió a la puerta, se dio vuelta y le dijo: “A las cinco entonces”. El dueño de la cochería asintió con la cabeza y mirándola por debajo de sus anteojos le pregunto: “¿Ha muerto una de sus cuñadas?”. Y la Clementina, casi en la vereda le contesto: “No, no, la muerta soy yo”. Cerró la puerta y cruzo la calle. El mediodía se torno oscuro y pesado, los aguaciles practicaban vuelos rasantes cerca del piso, momentos antes del último chaparrón que el otoño le permitió al verano que se iba.
El reloj de péndulo del comedor estaba por dar las cinco campanadas. La lluvia había cesado. La clementina había barrido las hojas aplastadas y mojadas de la vereda. Había ido hasta el Boulevard a buscar flores de “Aromito” para los jarrones y las pocas flores tiernas del “laurel de adorno” del patio que se salvaron del chaparrón. En la mesa de la cocina se secaba el Glasé de la torta de nuez y olía a café recién hecho.
Con rapidez y experiencia comenzó a llevar las sillas de toda la casa a la sala y a la habitación del frente donde estaría la capilla ardiente.
Sillas altas, bajas, de madera lustrada, pintadas, tapizadas, de paja, con almohadones, sanas o desvencijadas. Sillas de la habitación, de la sala, del comedor, de la cocina, del patio. Sillas propias y muchas veces prestadas por las vecinas.
Todas se reúnen una al lado de la otra, pegadas a las paredes, para que ocupen poco lugar y dejen espacio para la gente que se queda parada. Sillas donde se sentó la familia a comer. Donde se velo por la salud de algún enfermo. Las sillas prestadas para las navidades numerosas, sillas que se sacaban a la vereda para ver los coches pasar, o a la galería del patio para tomar fresco en las noches de calor sofocante, y hasta para dormitar una siesta corta en el sopor de la tarde.
Cuando acomodamos sillas una junto a otra, nunca sabemos con certeza si es para una fiesta o para un velorio, y para el caso daba igual.
Mientras La Clementina se ponía el vestido nuevo y se rociaba “Roby” en el pelo, una muchedumbre se agolpaba en silencio en la puerta de su casa.
El funebrero hizo correr la noticia en las horas muertas de la siesta. “La Clementina pensaba suicidarse o había enloquecido”
Al sonar la última campanada irrumpió el funebrero y sus ayudantes portando el cajón, las flores, los grandes candelabros de metal pesado y las patas impresionantes que sostenían el cajón de hasta un muerto pasado de kilos.
La gran cruz iluminada presidio la habitación. Frente a ella, el cajón cerrado flanqueado a ambos lados por dos coronas y sillas y mas sillas alrededor de la capilla ardiente.
Cuando después de terminar la escenografía del velorio de La Clementina -detrás del funebrero- salio uno de sus empleados a colocar la urna en forma de bóveda en la puerta de la casa - donde los asistentes firman las condolencias en pequeñas tarjetas blancas para dejar a los familiares- irrumpieron las vecinas que entraron como una masa oscura y con olor a naftalina de sus trajes guardados para el luto, peleándose por ocupar los mejores lugares junto al cajón, o junto a la mesa de café, o a la ventana para poder tomar aire entre llanto y llanto. Hasta algunas guardaban lugares para otras que llegarían mas tarde, poniendo el monedero o la mantilla sobre la silla contigua.
Pasado el cuarto de las seis de la tarde llegaron las cuñadas de La Clementina. Ernesta, la solterona, con su pierna mas corta – había quedado casi invalida después de caer en el piso encerado en un baile de alta alcurnia - Imelda, adornada con sus pulseras y collares de plástico coloreado y el maquillaje de un payaso de feria – novia eterna de alguien con el que nunca se había casado, porque el estaba casado con otra - e Hilda con la bolsa de los mandados que usaba como cartera y nunca soltaba- dueña de una casa donde no vivía por miedo al fantasma del marido muerto - casi peladas, casi ridículas, casi tres brujas que apartaron a las vecinas para que les dieran lugar para sentarse pegadas al cajón de madera oscura que La Clementina había combinado con la madera del piso, mientras el niño de una de las vecinas decía “otra que viene a la fiesta” con cada nueva concurrente al velatorio.
Como es tradición una de las mujeres invito a todos los concurrentes a rezar el rosario. Las vecinas sacaron sus rosarios del monedero y se aprestaron al rezo. La mujer mas vieja de la cuadra con voz de lamento empezó la oración, seguida de la contestación de todas las mujeres tal como el ritual de la religión católica manda.
Entonces, se abrió la puerta de la cocina. Apareció la Clementina con su vestido negro, recién peinada, con una sonrisa en la cara y una bandeja con limonada y caramelos.
Primero, el zumbido de las voces de las mujeres se quebró bruscamente dando espacio a un silencio profundo que invadió la estancia sin permiso alguno, congelando las miradas y las bocas de los presentes. Seguida y rápidamente, hubo gritos, llantos, desmayos y huidas por doquier. Un terrible desparramo de sillas y floreros derramados en el piso.
Inmutable, La Clementina siguió sonriendo y sirviendo a los valientes que quedaron, el refresco y los dulces que traía en la bandeja.
Los que rodeaban el cajón quedaron aferrados a sus sillas, tratando de no perder los lugares que habían podido obtener en la puja al entrar en el velorio, pasara lo que pasara de allí en adelante.
La Clementina acomodo la sala y siguió como si nada hubiese pasado. Nadie le pidió explicaciones y tampoco pensaba darlas. ¿De que huían todos? ¿De la muerte o de la locura?
Las que rompieron el silencio fueron las cuñadas. No pudieron mantenerse calladas mucho tiempo. Así que Ernesta –la tullida- abrió el fuego disparándole la primera pregunta: ¿Y como es esto de que estas muerta, si aquí te vemos vivita y coleando?
La Clementina, se rió y contesto: Estoy muerta porque lo he sentido. ¿Tú has estado muerta alguna vez como para decirme lo contrario?
Las hermanas se miraron mientras elucubraban la próxima pregunta: ¿Donde has visto tú en tantos velorios a los que fuiste, que la muerta este sentada junto a los vivos conversando en pleno velorio? – dijo Hilda- “A ver. Demuéstranos que estas muerta” replico.
Esto es un capricho tuyo, como lo fueron siempre – dijo Imelda mientras trataba de acomodar los aros de pedrería barata que le estaban lastimando las orejas- Ahora no esta mas nuestro querido hermano para que lo hagas rabiar. ¿O acaso esperabas que con esta fiestita fueran a aparecer tus hijos que nunca vienen a verte?
La clementina evadió la pregunta y les dijo-señalándolas con el dedo- que les iba a demostrar que ella estaba bien muerta, si era lo que ellas querían.
Entonces, bajando la voz e impostando lo que iba a relatar como algo misterioso comenzó:
Fíjate Imelda. Anoche, después de sentirme morir, me visito tu finado novio. Si, si. El mismo Armando de los bigotes engominados y oscuros. Me dijo que su mujer sabia que habías sido tu la que le corto con una tijera todos los vestidos que estaban en el ropero, aquella noche en que pensaron que se habían colado ladrones en la casa.
“También estaba tu difunto marido, Hilda, prosiguió. Me dijo que estaba harto de que fueras cada mañana y cada tarde de tu vida para abrir y cerrar las ventanas de la casa en la que vivían para que se ventile y que seria mejor que tires todos esos cachivaches que acumulaste y la limpies porque el no puede moverse en la oscuridad de la noche sin golpearse las rodillas con tus mugres. Y que por mas que busques y rebusques, el dinero que había guardado ya es moneda vieja, que ya no te servirá para nada cuando lo encuentres”.
“Finalmente su querido padre que vino acompañado de mi querida suegra me dijo, Ernesta. Que siempre fuiste una presumida, que por eso nunca te casaste, ya que ningún candidato te bastaba. Y que tu caída no fue en ningún baile paquete como le has dicho a todos, sino lustrando el piso de la sala.
“Y si les queda alguna duda, vayan pensando durante la noche mas preguntas, que en la mañana para la hora del entierro estaré más que muerta para responderlas”, terminó diciendo triunfal con el juicio al que fue sometida.
“Y ahora que siga el velorio, que aquí hay una muerta a la que velar”, dijo La Clementina y siguió sirviendo café y torta de nuez hecha por sus propias manos de muerta.
CONTINUARA...

1 comentario:

libelula dijo...

imposible dejar de leer!!espero el proximo