miércoles, 11 de enero de 2012

Cuento de Otoño: EL VELORIO DE LA CLEMENTINA (PARTE I)



La Clementina, vivía en el pueblo desde que la estación del ferrocarril puso su primer riel para fundarlo, junto con la plaza y la iglesia.
Su marido la había traído del campo como se trae un cordero o un par de gallinas pagando algunas monedas, con el aroma de los tomates rojos recién cosechados en la piel y el sabor dulce de las mandarinas en la boca.
A ella poco le importaba si lo amaba o no. Tenía que casarse e irse a vivir al pueblo para escapar de la dura vida del campo y dejar de ser un peso para una familia de siete hermanos que vivían en una pequeña casita, apretados como los granos del maíz en la mazorca.
Tuvo cuatro hijos, que uno a uno fueron marchándose a la gran ciudad a medida que le crecían las alas. Luego, vivió los siguientes cuarenta y siete años con su marido, hasta que a el también se lo llevo el viento de la mañana.
La Clementina transitaba sus años viendo pasar por su patio los cambios de cada estación, y se ocupaba con una actividad diferente en cada una de ellas:
En los inviernos tejía suéteres y coloridas bufandas, almohadones y cubrecamas. Comía Mandarinas de la planta y guardaba las cáscaras para alimentar a las gallinas.
En las primaveras hacia revivir su jardín de Calas, Rayitos de sol, margaritas, Sombrillas de la virgen y Junquillos - flores que componían el ramo que llevaba desde siempre al cementerio - a la vez que preparaba la tierra y los plantines de su huerta.
En verano regaba descalza los ladrillos del patio para refrescarlo mientras cuidaba las frutas de sus árboles: las ciruelas remolacha, los duraznos fortuna, los higos y las uvas blancas y chinche que se abrazaban entre si en los Parrales del patio.
Y los otoños los pasaba recogiendo las hojas caídas de los árboles y cocinando dulces para las tartas y pastelitos del invierno.
Su casa, todos los años era pintada de blanco a la cal por un pintor del pueblo, mientras ella misma pintaba los marcos, las puertas y ventanas siempre de un color diferente al año anterior.
Día por medio le ponía flores a la foto de su marido muerto en un pequeño altar domestico que había armado en la mesa de luz de su pieza – donde también le encendía una vela - y cada quince días lo visitaba en el cementerio.
La Clementina era una experta cocinera, que gracias a haber dedicado su vida a ser ama de casa había perfeccionado y reinventado miles de recetas de su madre, de sus orígenes y del libro de cocina de Doña Lola “El arte de la mesa”, única bibliografía que consultaba. Así una tarta de zapallitos con queso se transformaba en un pastel de zapallitos con huevo porque ella alteraba los ingredientes y los procesos hasta desdibujar la receta original, solo por el hecho de no seguir las reglas porque según ella “cocinaba mejor que la del libro”.
Canelones, Tallarines, Ravioles de verdura, Pollo al horno con Romero, Papas y Zapallo, Polenta con chorizo, la Torta Pascualina, la torta de Nuez y la invertida de Manzanas, las bombas de crema y la Ensaimada, sin olvidar los pucheros de los Lunes y viernes – días dedicados a lavar toda la ropa de la semana y a limpiar la casa – ya que era una comida que según ella “se hacia sola”.
Cada receta era el deleite de sus parientes y su familia. Hasta que ya no quedo familia a quien cocinar. Así fue como las actividades programadas perdieron importancia, y con una sopita ella se arreglaba.
Fue entonces, por esa época - una tarde en la que el sol atravesaba las cortinas amarillas de la sala, iluminando los almohadones tejidos del sillón y en las cocinas de las vecinas, las frutas del verano se transformaban en los dulces del Otoño - cuando La Clementina comenzó a sentirse un tanto extraña.
Mientras barría las hojas de la vereda, noto una flojera en las piernas. Sitio un gran vacío, como si todos los grillos del patio la hubieran comido por dentro. Y un frío extraño la recorrió desde la cabeza a los pies, como si el fantasma del viento del otoño se hubiese metido de repente en su cuerpo.
Termino su tarea, dejo la escoba en el zaguán y mientras se lavaba las manos en la pileta del baño se miro al espejo. Observo el interior de sus ojos, movió la cabeza hacia la derecha y hacia la izquierda, mirándose la cara con ayuda de los espejos móviles del botiquín blanco recién terminado de pintar.
Apago la luz y salio al patio. Los helechos que crecen entre los ladrillos de la pared se mecían en una danza suave. La brisa estaba tornándose fresca y los últimos barriletes de la tarde luchaban contra ella mientras comenzaban a volver a las manos de los niños en el Parquecito Ferroviario cercano. A lo lejos, el clamor de un camioncito con sus altoparlantes anunciaba la llegada de un circo herrumbrado y pobre.
A la mañana siguiente La Clementina se levanto cuando cantaban los gallos desde los fondos de las casas vecinas y los de más allá, pasándose el uno al otro la noticia del nuevo día, antes de salir el sol.
Tomo su mate cocido con pan y manteca mientras escribía tarjetas y nombres en sobres blancos. Abrió todas las ventanas y fue a darle de comer a las gallinas, mientras el sol iba metiendo de a poco los dedos amarillos entre las plantas enredadas de zapallo.
A las ocho y treinta en punto salio de su casa rumbo al centro del pueblo, vestida con su mejor Baton y los ruleros atados debajo del pañuelo de seda a lunares, como cuando se preparaban las señoras, antes de una salida importante. O tan solo para ver desde una silla en la vereda los coches pasar.
Paso por la oficina de correos y telégrafos y mas tarde entro en el almacén. Compro café, caramelos de miel, de menta y de limón, galletitas secas y limonada. Paso por la tienda y se eligió el mejor vestido negro que pago con monedas y billetes que sacaba de a bollos de la cartera y de los bolsillos, mientras sonreía y saludaba a las vecinas y gente conocida que encontraba a su paso. “¡Adiós Clementina!” - le decían- que buena moza esta hoy.
Cerca del mediodía, antes de la hora del almuerzo, finalmente paso por la Cochería. Tenía que terminar rápido con sus mandados ya que las Chicharras desde los árboles aturdían con sus chirridos pidiendo agua y las bandadas de Teros pasaban gritando y anunciando el aguacero que se avecinaba.
CONTINUARA...

2 comentarios:

libelula dijo...

jurame que va a tener final feliz.....

PABLOPOL dijo...

ayyyyyyy no puedo prometerte eso!!! besossssssssss