viernes, 17 de abril de 2009

EL DIA EN QUE SE VACIO EL RIO (PARTE II)


Un hedor fuerte y diferente había invadido el aire. Olor a flores muertas, a barro podrido, a recuerdos revisitados, a pasado y pescado muerto.
Allí seguían erguidos e inmóviles los barcos anclados, hundidos en el lodazal, sostenidos por el suelo que los apresaba desde el día en que cayeron en el olvido y el desuso. Pero eso no era todo, en realidad no era nada nuevo. Anita comenzó a adivinar entre el barro objetos casi enterrados. Trato de entender y a la vez abarcar con su mirada el lecho develado del Río Ancho. Todo un pasado se hallaba clavado allí en el barro, enredado entre algas y peces boqueando.
Anita Paredes corrió hacia la plaza del mercado – todos debían saberlo – perdió su sombrero y la obsesión por encontrar a su marido fugado, gritando por las callejuelas – el río se ha ido! El río se ha ido!. Los vecinos abrían las ventanas, salían a los portales, a ver a la loca que anunciaba el hecho increíble. Corrieron detrás de ella hasta que llegó a la plaza y mientras se subía a una pila de cajones trató de explicar lo ocurrido.
En poco menos de una hora, todo el pueblo de Río Ancho abandonó su siesta, sus obligaciones diarias y sus casas y estaba asomado a la baranda del río que ya no estaba.

Nadie podía creer lo que veía. El lecho del río parecía un gran desarmadero industrial, un campo después de la batalla con sus ruinas y muertos.
Allí estaba el último tren que pasó por el pueblo, aquella noche lejana, repleto de cereal, animales y coches comedor de lujo con damas con sombreros emplumados y caballeros de galera y bigote engomado, que estaban de paso en viaje a la gran ciudad y de los cuales no se supo nada hasta el momento. Y por los que se habían tejido un centenar de historias, incluyendo la creencia de que en algunas noches, cuando todo el pueblo dormía, se escuchaba el golpeteo del tren al pasar por las vías, aunque nadie pudo verlo jamás.
Allí estaban también, todas las bicicletas del pueblo, que habían desaparecido mágicamente una tarde durante la siesta mientras todos dormían, de manos de alguien que aprovecho la soledad de esa hora fantasmal para cometer su fechoría, o broma, según como se lo mire.
Estaban enredados entre algas y peces muertos, el amante de Josefina Mercante, la dueña de la mercería, y su coche último modelo. Aquel mismo amante que solía visitarla desde hacía más de 5 años, cuando su marido salía de viaje por el exterior, y que no había regresado nunca más a verla, creando en ella el habito de salir a la puerta de su negocio y mirar hacia uno y otro lado de la calle principal cada media hora esperando a su enamorado secreto.
Podía verse también, al caballo del tendero, que se fue una tarde, quizás escapando de los malos tratos que le proporcionaba su amo, llevándose por delante la mayor parte de los puestos del mercado, haciendo volar por los aires, carros, toldos, frutas , verduras y canastas con las señoras que hacían las compras incluidas.
Llegó corriendo también, el capellán, porque alguien le avisó que veía entre el lodo, herrumbrada y oscura, la campana de su iglesia. Campana que nunca fue reemplazada por falta de fondos, ya que todos los domingos alguien se robaba las limosnas al final de la misa de la tarde.

Todos querían encontrar sus pertenencias materiales o afectivas, y se asomaban a la baranda para ver mejor, muchos caían o bajaban y removían entre el lodo buscando resolver sus historia pasadas. Todo el pueblo estaba allí. Y al cabo de dos horas ya se habían instalado en la orilla los carros de helados, los puestos de naranjada y la vendedora de tortas fritas con su canasta. Mucha gente comenzó a gritar o llorar, de acuerdo a lo que descubrían en el lodazal negro.
CONTINUARA...

1 comentario:

Anónimo dijo...

Buenisimo.. que vision mas real que me hice de la gente encontrando sus recuerdos en el lodo... triste, melancolico...

Espero con ganas la otra parte!

Mar