lunes, 13 de abril de 2009

Cuento de Verano: EL DIA EN QUE SE VACIO EL RIO (PARTE I)


El Río Ancho surcaba el pueblo como una gran herida. Una herida oscura, turbia y marrón, que un buen día trajo el progreso, y un mal día también se lo llevó, de la mano de gobiernos que nunca entendieron el significado de dicha palabra y de un ferrocarril fantasma, que dejó aislado al pueblo después de su último tren.
Río de barcos descoloridos, herrumbrados y anclados eternamente, partes de un paisaje inmóvil que alguna vez tuvo vida. Con recuerdos del olor a cereal y primavera en el aire. El pueblo, que no tenía nombre propio, sino el propio nombre del río, olía en cambio a herrumbre y olvido desde que un calor tropical se había instalado en el paraje, como si se sintiera a gusto azotando las casas con su sol poderoso y dueño. En Río Ancho ya no había estaciones diferenciadas, sino un largo y eterno verano.

Las callejuelas que bajaban tímidas hacia el río, conducían a un caserío bajo, sin aspiraciones, habitado por gente simple que solo se veía durante la mañana en el momento de hacer las compras, y desaparecía - cuando el sol clavaba de punta sus rayos en la plaza del mercado a las doce del mediodía - para hacer la comida y luego caer presos del embrujo fatal de las horas de la siesta, para aparecer luego, tímidamente, entre los chirridos de las bisagras de puertas y ventanas que se abrían, para salir a tomar el fresco aparente en las veredas con sus sillas y hamacas.

Ya nada importante sucedía en Río Ancho, más que la misa del domingo, alguna celebración pagana, o la llegada de algún barco que había equivocado su rumbo y por algunas horas se convertía en la novedad del momento, que generaba algunas ventas en los comercios de la plaza, y algunos amores pasajero quizás, hasta que partía buscando su rumbo cierto para nunca regresar.
Hasta la tarde de un día, en las hora de la siesta, en que Anita Paredes ‘‘la que no dormía’’ fue la única espectadora del suceso que despertó al pueblo de su eterno sopor veraniego.

Las nubes espesas y blancas jugaban a ser negras sombras en el agua, en su afán eterno de pretender tapar el sol. El río pasaba silencioso, como si no quisiese molestar a los paganos mientras celebraban el rito sagrado de la siesta. A lo lejos se divisaban las columnas de humo del otro lado del río, subiendo al cielo como espíritus delgados y oscuros. Allí estaban los gigantes anclados y secos, las torres olvidadas del puerto, los perros durmiendo bajo las copas raleadas de los arboles, y la soledad, esa soledad inmensa que abrazaba al pueblo en esas horas.
Anita, apoyada en la baranda caliente de la orilla, sostenía su sombrero de junco como si el viento fuera a volarselo. Tenía la mirada fija en un punto alejado del horizonte, allí donde la tierra es cielo, el cielo es nube, las nubes arboledas y las arboledas vuelven a confundirse con la tierra y el cielo una y otra vez. Llevaba el vestido de flores naranja y amarillo que solía usar, los pies descalzos y pequeños, y la blancura en la piel que la caracterizaba.
Anita Paredes no dormía desde la noche en que su marido salió de su casa rumbo al río, y desapareció como si la noche se lo hubiese tragado. Hacía años que vagaba por las calles del pueblo buscándolo en cada rincón, en cada casa, en cada sitio donde pudiese estar oculto. Anita estaba en todas partes, hurgando entre las hojas, caminando por los caminos, y cuando la gente se la encontraba le preguntaban, “ Anita que andas haciendo?” y ella respondía siempre con la misma frase, “se ha ido, y nunca ha vuelto”. Anita le temía a la oscuridad, por lo tanto nunca cerraba los ojos, razón también por la cual amaba la luz, los amaneceres y los reflejos del sol en el agua.
En esa tarde de Junio, las aguas del río que pasaban calmas y sedosas comenzaron de repente a apurar su paso. Eran líneas rectas que mareaban de solo verlas. Líneas eléctricas que arrastraban Los camalotes y los desechos que flotaban navegando a toda velocidad y se tornaban casi imperceptibles a la vista. Los chapones de las barcazas chirriaban como si los estuvieran rasguñando grandes pezuñas de metal, y el aire comenzaba a oler raro.

Anita volvió a la realidad su mirada perdida en el horizonte y en sus pensamientos, y vio como rápidamente el agua pasaba y bajaba el nivel del río en forma dramática. Tan rápido y vertiginosamente, que toda el agua corrió y desapareció en el punto imaginario donde moría la perspectiva, dejando el lecho a la vista, desnudo, barroso y oscuro.

CONTINUARA...

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Pablo!!
Como lo cortaste asi, me quede con ganas de saber mas sobre Ana!!
Quiero seguir leyendo, me encantaaaaaaa!
Espero con ansias la segunda parte!!

Mar

Pajarito dijo...

segunda parte! segunda parte! :D