jueves, 5 de junio de 2008

HISTORIA DE TIAS, ABUELAS Y HELECHOS




Cañada de Gómez, diciembre de 2004

Viajar a Cañada es como fumar Marihuana o tomar alcohol, porque exacerba los estados de ánimo. Si estoy feliz, más feliz me pone y si estoy triste, más me deprimo. Debe ser porque la Casa de la Abuela guarda tantos recuerdos que dejé cuando me fuí a vivir a Rosario, que cuando se juntan los que quedaron con los que me llevé se potencian.
Por suerte esta vez recibí la llamada en el momento preciso, que hizo que mi ánimo cambiara y viajara con una sonrisa a pasar los cinco días que me había autocondenado en "la ciénaga".
La casa estaba llena de tierra, los rincones con revoques caídos, las paredes con las pinturas descascaradas y los techos poblados de arañas de todos los tamaños con sus respectivas telas, suficientes como para ovillar una gran madeja y tejer bufandas para todo un batallón. Las cortinas no estaban colgadas en las ventanas, las sillas patas arriba sobre la mesa del comedor y otro tanto en la cocina, y las puertas abiertas de par en par. La limpieza anual de verano había comenzado.
La tía de Buenos Aires llegó, se sacó la corona y se disfrazó de mucama -algo que siempre le puso los pelos de punta- apareció con un balde con agua y el trapo y palo de piso, los pelos enrulados por la humedad y un vestido con flores bien de “entre-casa” (palabra usual en los pueblos) y la abuela desde su sillón de castigo, con las piernas levantadas sobre una silla, haciendo reposo después de una de sus habituales visitas al suelo, dirigiendo la situación como un sargento: "...¿dónde van?, ¿Qué van a hacer con eso?, ¿Qué están haciendo?, ¡No me cambien todo de lugar!. Tan acostumbrada a trabajar, cada vez que le pasa algo que se lo impide se vuelve loca.
Por suerte esta vez no me tocó la tarea de darle cuerda al reloj de pared del comedor, puesto que cada vez que lo pongo en marcha me parece que el tiempo en la casa de la abuela no pasa hasta que voy a empujarlo, quizás por eso allí todavía me tratan como si fuera un nene.
Todo sigue en su lugar, los gatos de goma sobre la TV, los jarrones con flores artificiales, las estatuitas de cerámica pintada, el cactus embalsamado en una bocha de acrílico, la capillita de plástico de la virgen de Luján, el Cucú de Villa Carlos Paz en miniatura, el souvenir de los cincuenta años de casado de quien sabe que pariente y el lobo marino de la rambla sobre un caracol. Un gran altar Kitch a punto de ser sacudido a plumerazos para quitarle la tierra de los años que va acumulándose con el tiempo para crear una capa que mantiene intactos los recuerdos.
En este viaje me tocó la pieza del frente, algo que me ayudó bastante a ver todo desde otra posición, puesto que tengo pocos recuerdos allí, ya que al principio era la pieza de los abuelos y luego la de Mamá y mía, aunque yo era muy chico y solo recuerdo la noche de carnaval en la que me fuí a dormir temprano para no ir al corso y mis primos me fueron a despertar para que los acompañara, sin lograr despegarme de la cama, puesto que los disfrazados me daban miedo. Desde allí la mayoría de los recuerdos están atrapados en la pieza del medio, donde dormí hasta los diecisiete años. Una habitación que vio cambiar los juguetes por los posters de Madonna, el miedo a la oscuridad en las noches en que los abuelos salían a jugar al Chin-chon, los Anteojitos y Billiken, los discos de Carola, Abba y los Parchís, y lo más importante, cuando bajaron los techos cambiando las chapas por el hormigón, quitándome el placer de escuchar el concierto que daba la lluvia en cada tormenta, transformándose en el sonido más lindo que recuerdo para irme a dormir en las noches y mi actual preferencia por los días de lluvia.
Me pasé los días comiendo y durmiendo, como si hubiese vuelto de la guerra. Arreglando el jardín de la abuela y trasladando algunas plantas al patio del costado para que no tenga excusas para andar cayéndose por ahí. Juntando las bandejitas de plástico donde la abuela le da de comer a un gato destartalado que anda por los techos, para que no se vuelen por todos lados como si fuesen los fardos que ruedan en las películas del oeste. Tomando el té a las cinco como si fuéramos todos ingleses, y haciendo cosas de la casa, todo sucio, despeinado, con la peor ropa, sin importarme nada, hasta que llegaba la hora de dormir.
Un punto y aparte, se merece la noche en la casa de la abuela. Para empezar, ella misma traba las puertas con un hierro, cuelga una silla del picaporte y pone sobre ella una chapa, así si "los muchachos que saltan los tapiales" intentan abrir la puerta, se cae la silla, se cae la chapa… y nos da un ataque al corazón a todos por el susto.
Después que se apagan las luces salen los fantasmas de sus habitaciones, la tía se acuesta temprano a leer mientras da bostezos que parecen lamentos y que hacen que te tapes la cabeza con la sábana. La abuela que grita de su pieza: "¿están golpeando el portón?". Y más tarde se cruzan en la oscuridad de la noche cual almas en pena de camisones blancos, una para ir al baño a cada rato y la otra a comer o fumar, y cuando se encuentran hablan a los gritos -porque las dos están sordas- sin importarles la hora. Demás esta decir, que la primera noche no pude pegar un ojo...pero después me acostumbré a convivir con los aparecidos que rondan la casa. Por suerte no vi ninguna de las luces que visitan a la abuela en su habitación, según lo que ella cuenta, que dice, le dijeron que son los espíritus de los muertos. Ella me contó que el abuelo antes de morir le dijo que si ella se volvía a casar él iba a venir en las noches a agarrarla de los pies...yo prefiero pensar, que viene a protegerla.
La llegada del Tío y María -su novia- puso una lentejuela más para este vestido carnavalesco y dos jugadores más para la confusión de nombres que se hace la abuela cuando quiere llamar a alguien, pasando por todos los nombres de la familia: "Bibi - Carlos - Pablo", o "Mirta - Nancy - hasta llegar a María".
La mañana de Navidad les pregunté si habían dormido con la luz encendida, puesto que toda la noche había entrado un haz de luz por las rendijas de mi puerta. Y me sorprendieron con otra lentejuela: María, que le tiene miedo a las arañas, cucarachas, y demás bichos, se trajo una vela que encendió en el piso, debajo de su cama, porque dice que no se acercan las alimañas cuando ven la luz... el broche de oro -en este caso tan Kitch, "de plástico dorado"- lo puso el tío que con sus cincuenta años de soltero me pidió que inventáramos un ardid para decir en la mesa que María y él pensaban en juntarse, como para que se den por enteradas los dos sargentos de la casa. Trabajo que me resultó difícil, puesto que la tía hizo todo lo posible por cambiar del tema y quedó como un dialogo de locos entre él y yo, mientras ella decía, se nubló de nuevo, viste que lindo encendedor, o ¿mamá querés mas postre?, para que la vieja pierda el hilo y no entienda la conversación. Después de que se fueron, no se habló del tema, pero seguro que la tía está guardando sus rayos y relámpagos para la próxima tormenta.
¿Tormenta, dije?, esa misma noche comenzó a llover y no paró por dos días...ahí si que la casa se convirtió en una verdadera "ciénaga". La abuela, la tía y yo empantanados en esa casa sin poder siquiera abrir la puerta del patio porque inmediatamente teníamos que sacar el agua que entraba a raudales con el secador de piso...y la abuela que con cada trueno decía: "¡Apaguen ese televisor que se va a quemar!". Y la tía que no sabía que más hacer con su tiempo, porque no podía ni lavar ropa, ni baldear la casa, decía: "¡justo tiene que llover, con todo lo que me queda por hacer!"... las dos parecían maniáticas y locas, como las tías. La tía Ema que se creía una Reina y se quedó soltera para siempre, la tía Herminia que guardó sus recuerdos bajo llave y se fue de su casa para vivir como una pordiosera y la última tía, Iris, que espero toda su vida a su novio, que le regalaba pieles y joyas, aun después de muerto y terminó loca en un geriátrico.
A pesar de todo este cambalache yo fuí predispuesto a pasarla bien, así que me llené los ojos de imágenes simples, que de haber llevado una cámara las hubiese guardado, aunque igual las llevo en el rígido de mi cerebro: El gato apoyado contra la puerta del galpón para no mojarse con la lluvia. Una escoba vieja y un rastrillo oxidado apoyados en un rincón del patio donde crece una Parra guacha. El agua corriendo por el techo de chapa, pasando por el caño de zinc hasta el tanque que guarda el agua de lluvia que se usa los días de calor para regar las plantas. Las violetas que nacen entre los lacitos de amor. Y los helechos que nacen entre los ladrillos del tapial, que si uno los saca y los planta en una maceta se mueren, como suicidándose por haberlos condenado a una vida de maceta, sin la libertad de las raíces al aire, esa misma libertad que encuentran cada vez que hacen semillas, se vuelan, caen y nacen donde quieren, en una pared, en el piso de ladrillos, entre los escombros o detrás de una chapa...
Debe ser por eso que la abuela no quiere irse a vivir a un geriátrico... "porque los helechos en las macetas se mueren".

La abuela falleció en Marzo de 2008, después de vivir dos años en un geriátrico…

4 comentarios:

Pajarito dijo...

Este relato debe ir directo al encuadernado...en fasciculos coleccionables y editado en dos idiomas minimo!
Tambièn lo podemos llevar al tiatro!! opa!! xq no al cine??

aleja_mj dijo...

Que a esta historia se le sumen muchas mas, y ahi si que hacemos una verdadera historia de vida, una que jamas deje de admirar, por el alor y la enteresa conque la llevaste adelante.
Te quiero mucho.

PABLOPOL dijo...

Ay Aleja, me vas a hacer llorar, gracias por lo que me decís. Tambien quiero agradecerte todos los momentos que vivimos juntos, como nos reíamos, que bueno fue.
pero viste, a veces las vidas cambian mucho y nos tenemos que alejar...siempre me costaron cortar los cordones umbilicales que fabricamos. que bueno que volviste!
un besote
te quiero mucho too!

Anónimo dijo...

Apoyo la moción de que estos escritos deberín llevarse a la pantalla grande...En Italia está Fellini, en Suecia Bergman y en España Almodovar...
Por q no tener un genio cineasta salido de nuestro propio "mundo"?